Cosas que se pueden hacer en un baño
Tras cinco años desde sus últimos trabajos, Bienvenido a casa y La silla de Fernando para la televisión, David Trueba regresa a la pantalla grande con esta obra intimista e independiente.
Fue presentada en el Festival de cine de San Sebastián el pasado año. Allí fue bastante aplaudida por la crítica, pero ahora no está obteniendo buenos números en taquilla. En Madrid sólo la han pasado en tres salas, así que puedo imaginar la presencia que tendrá en el resto de comunidades. Es una pena, porque siempre nos quejamos de la falta de originalidad y sencillez y cuando tenemos una buena propuesta ante nuestros ojos no sabemos valorarla, quizás por falta de marketing y prejuicios.
Al igual que en Antes del amanecer o Antes del atardecer de Richard Linklater, donde la importancia de seguir el diálogo con atención es infinita, Trueba juega aquí a lo mismo, mirando al pasado desde el presente, como hizo en Soldados de Salamina, despojándose de todo a su alrededor que entorpezca la atención del espectador a la palabra.
La trama es sencilla. El destino cruza a Miguel (José Sacristán) y Ángela (María Valverde) en distinto momento de su vida. Él, articulista famoso con el mismo número de admiradores que de perseguidores, está ya ha vuelta de todo. Ha vivido la época de Franco, la transición y el inicio de la que decían sería la nueva España. Ahora su actitud es derrotista o realista, según se mire. Tiene un humor mordaz y satírico tanto escribiendo como hablando que le da una imagen de cascarrabias inteligente.
Ella es dulce, guapa, tranquila pero atrevida, estudia primero de periodismo. Encarna la ilusiones de todos aquellos que se meten a una carrera por vocación y no por obligación. Su actitud es positiva y está dispuesta a cambiar el mundo con sus escritos.
El encargo de un trabajo para la facultad es lo que une a estos dos personajes a primera vista tan distantes. Miguel queda prendado de la joven belleza de Ángela y decide llamarla para un segundo encuentro en una cafetería. Es justo en este momento de su vida donde conocemos a ambos personajes. Los dos protagonistas absolutos del filme. Es esta una película de personajes más que nunca, para Trueba lo de menos es la trama. Su interés va en mostrar una realidad, una época, unos sentimientos, unos miedos, desde dos puntos de vista tan diferentes. Miguel y Ángela continúan la charla del café en la casa Luis, un amigo de Miguel, artista de profesión, que en esos momentos se encuentra de viaje.
Son estas primeras escenas del filme las que llevan al espectador a un encontronazo de sentimientos. La interesante charla en el café sobre periodismo con un tanto de humor nos va enamorando de ellos, pero el camino que va tomando la trama al verles subir por las escaleras, entrar al piso y lo que va surgiendo después, resultará por momentos rechazable, por momentos surrealista, por momentos simpático, por momentos cosas del cine, por momentos misterioso, por momentos predecible, para muchos.
Si el público está dispuesto a pactar con sus prejuicios, dando poca importancia a la absurda situación a la que llegan (encerrados desnudos en un baño) y a la diferencia de edad, otorgando una oportunidad a la riqueza e interés de los diálogos, estos sentimientos encontrados se transformarán en uno sólo; satisfacción por haber gastado su tiempo viendo este filme, que finalmente resulta ser más interesante de lo que puede aparentar.

Hablar sin parar
Como ya he dicho, sin lugar a dudas, la fuerza de Madrid, 1987 reside el buen guión de Trueba, repleto de diálogos hilarantes, entretenidos, bien enlazados, desde los que se tocan numerosos temas como el periodismo, la literatura, el cine, la política, la fugacidad de la vida, la familia, el matrimonio, la muerte…
Madrid, 1987 es de esos títulos que no te importaría volver a ver porque al salir del cine la información te supera. Es en ese momento cuando desearías haber entrado con una libreta en mano para apuntar, que aunque algunas cosas se saben es bonito recordarlas y traerlas al presente. Por poner algunos ejemplos, me parece muy acertada la comparación del estilo con una carabina que acompaña a dos enamorados sin dejarles moverse. Miguel que comparte profesión con Ángela por momentos hace de “maestrillo con su propio librillo” y da unas cuantas clases magistrales a la joven. Hablando de la búsqueda insaciable de todo periodista por su estilo termina diciendo: “Cuando el jarrón está hecho, hay que romperlo”.
Al hilo de esto del estilo, pienso que Trueba pone mucho de él en este filme. Él también estudió periodismo, es más, el también estudiaba primero de periodismo en 1987 como Ángela, el también fue columnista y él también intenta salirse de su propio estilo. Quizás por eso muchos piensen que con este trabajo ha vuelto a sus orígenes de La buena vida, que durante años dejó de lado.
Pero volviendo a los temas y diálogos, es muy interesante también la comparación de la pareja, del matrimonio, con un refugio. Viene a decir Miguel que la pareja es alguien que sabe de ti y no lo utiliza para sacarle partido, alguien en quien siempre encuentras refugio cuando las vida se pone difícil.
Hablan de la familia, él conoció en su día a su hermana mayor, participaba en obras de teatro, dedican un rato de su encierro a recordarla aprovechando para hablar un poco de sus relaciones familiares. Hablan de sexo, de cómo con el tiempo se van agotando las ganas por todo, pero el deseo por otro cuerpo es lo que perdura, de cómo damos demasiada importancia al cuerpo, al sexo… Hablan de cine, de cómo ver la realidad es lo que más llega al espectador, lo que más emociona. Esto puede interpretarse como una sutil defensa del cine español en su más pura esencia. Hablan de la importancia de que los personajes coman en las películas… ¡era como escuchar a los profesores de cine de la facultad!
Y podría seguir con una larga lista de frases e ideas interesantes que sacamos de su conversación, pero no se trata aquí de desvelarlo todo.
Como ya he dicho antes, a Trueba además de los diálogos le interesan los estados y sentimientos por los que pasan ambos protagonistas. Fuera de lo que sintieran antes de conocerse, los pone ante una situación extrema, agobiante y los muestra pasando por diferentes fases. Recorremos junto a ellos los estados por los que pasan ambos: tedio, sueño, impotencia, ganas de gritar, ira, ingenio.
Apuesta Trueba por lo crucial, que es buscar el equilibrio entre ambos para hacer llevadera esa situación, reflejo de otras tantas extremas por las que se pasa en la vida. Siempre hay una de las dos partes que debe tirar de la otra, debe sacarle una sonrisa e impedir que la desesperación pueda con ambas.

Retratar una época
Siguiendo fiel a sus principios de centrarse en estos aspectos, este director despoja de toda distracción a su obra. Tan sólo tres ambientes para esta historia sencilla: el café, el salón de la casa y el cuarto de baño. No necesita música. Dice Trueba en boca de Miguel que “la música en las películas es como las señales de tráfico, advierte qué debemos sentir en cada momento”.
Una vez más cumple en su filme lo que dice su personaje. No quiere que haya ningún envoltorio y por eso prescinde también de la ropa y de un ambiente recargado, así lo expuso en una entrevista para Alfa Filmes: “Quería hacer época pero sin cosmética. De ahí el cuarto de baño, de ahí el desnudo. Quería que fuera la forma de ser, sus ambiciones y sus derrotas, sus miedos y sus méritos, lo que contara a los personajes, no todo lo de alrededor”.
Y es que el principal objetivos de éste es precisamente ese, hacer una película de época: “Tenía que hacer esta película, aunque ahora fuera inoportuno hacer una película de época sin decorados, una película de largos diálogos sin género ni acciones adrenalínicas, una película de personajes que sostienen intereses intelectuales y culturales”. Por esto Miguel encarna la España llena de cambios, de transición, mientras que Ángela es el espejo del principio de una nueva etapa, de justo la etapa democrática en la que nos encontramos ahora. “En realidad la película habla de lo que somos hoy, termina proponiendo un mañana para el personaje de María, el mañana de entonces, que es el hoy de ahora, con todos los problemas, la confusión, las carencias que arrastramos, 25 años después. Bueno, esto suena un poco grandilocuente. Yo sólo quería hacer una película, claro” –explica en dicha entrevista.
Y se moja, ¡vaya sí se moja! No es este de los que se queda en la superficie, sino que desde sus personajes nos muestra algunos de los motivos por lo que cree hemos llegado al punto en que nos encontramos ahora: tras la muerte de Franco y la transición este país ya piensa que lo ha conseguido todo, ya no habrá grandes sucesos de interés, ahora la gente ya no se preocupa por luchar, sólo se preocupa por ganar dinero, viene a decir más o menos Miguel en determinados momentos del filme.
Todo un lujo para el espectador que asistirá maravillado al retrato del punto de partida, al recuerdo del dónde venimos junto a Miguel y al donde vamos de la mano de Ángela.

Y todo lo demás
Claro que un buen guión con excelentes personajes difícilmente cala en el público si no hay detrás un par de actores que den la talla. El añorado José Sacristán y la delicada Maria Valverde lo hacen con creces.
La elección de José es todo un acierto pues encaja perfectamente en ese Madrid de 1987 y en esa incontinencia verbal y ese aspecto a camino entre la añoranza, la desesperanza, la sabiduría y el deseo sexual inagotable que lo describe. Y María Valverde, tan linda como siempre, dulce como ella sabe hacerlo, está perfecta superando su vergüenza y pudor ante la cámara y demostrando que vale para el cine tanto como para la televisión, con un papel al hilo del que hizo en La flaqueza del bolchevique, representando la frescura, fuerza y positividad de la juventud y levantando la cabeza bien en alta, en pro de que no todos los jóvenes vuelven la cabeza para preocuparse sólo de beber alcohol y ver la televisión.
Por último, apuntar que técnicamente es bella. No sólo por las veces en que se disfruta del cuerpo desnudo de María Valverde, ya que lo hace con bastante insinuación más que con grosería; sino que además es admirable: con diferentes planos de una misma habitación exprime al máximo las posibilidades que da un baño. Los protagonistas se van acomodando en los diferentes rincones en busca del descanso para la vista del espectador y el suyo propio.
Cosas que se pueden hacer en un baño, o lo que es igual, Madrid, 1987 es un buen retrato de época a través de dos personajes encerrados en una situación extrema pero provistos de suficiente ingenio para sobrellevarla y hacer pasar un interesante, diferente, original y entretenido rato a todo aquel que no se escandalice con el sexo que salva la diferencia de edad y el surrealismo buñueliano.
Escribe Eva Cortés
