Maigret y la muerte del embajador (3)

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Interesante y psicológica entrega con Maigret

Cuando era muy joven, durante una temporada me aficioné a la novela policíaca. Tenía a disposición las novelas de Agatha Christie y algunas de Georges Simenon. Empecé por la Christie, novelas estupendas que hacían prevalecer el enigma y la deducción (estilo whodunit), en la que una especie de rompecabezas es su característica principal de interés, lo cual invita al lector a resolver un puzle, con tramas espectaculares, ello de la mano de su detective estrella Hercules Poirot.

Pero cuando descubrí a Simenon, a su personaje Maigret, enseguida me di cuenta de que este alzaprimaba la novela psicológica y el ambiente, el crimen es una excusa para explorar el alma humana, los ángulos oscuros, las miserias sociales y el contexto. Esto era más de mi gusto y más acorde a mis preferencias en las ciencias sociales y psicológicas.

Desde entonces, ya ciñéndonos al cine, he visionado películas tanto de Agatha Christie (Muerte en el Nilo, 2022, de Kenneth Branagh; o Asesinato en el Orient Exprés, 2017, también de Branagh) como de Simenon: Maigret, 2022, de P. Leconte; o El comisario Maigret, 1958, de Jean Delannoy.

Introducción

Al inicio el comisario Maigret es convocado a toda prisa al Quai d’Orsay, acude con el comandante Janvier. Allí está Mademoiselle Larrieu muy traumada y en shock. Ha descubierto el cuerpo acribillado a balazos de Monsieur Berthier-Lagès, renombrado exembajador al cual ha servido fielmente 46 años.

En el apartamento de la víctima, Maigret y Janvier encuentran cientos de cartas, de una correspondencia romántica que el diplomático mantuvo durante cincuenta años con la princesa de Vuynes, claramente el amor de su vida.

Maigret descubre que Berthier-Lagèshabía mantenido esa relación amorosa durante décadas con la princesa de Vuynes, cuyo esposo, por una extraña coincidencia, acaba de fallecer. Al enfrentarse a miembros de ambas familias y al sospechoso silencio de la doncella del diplomático, Maigret se verá envuelto en una serie de sorpresas y enredos.

Una entrega interesante

Un lustro después del Maigret encarnado por Depardieu, para Patrice Leconte, llega ahora una versión mucho más ligera y estilosa del comisario creado por Simenon, bajo la pluma afilada y la mirada tierna de Pascal Bonitzer; encarnado el detective por un sembrado Denis Podalydès, que interpreta a Maigret con genuina sutileza, una versión ligera del comisario en su larga historia, con una actuación introspectiva. 

En esta entrega, Bonitzertraslada la acción de la novela Maigret y los ancianos (1960) a principios del siglo XXI, una modernidad que, por poco, pero escapa a la telefonía «inteligente» y la parafernalia cibernética, lo cual se agradece.

La elección puede parecer sorprendente, pero tiene sentido pues permite una investigación basada en la observación, las conversaciones y los silencios. Nada de celulares intrusivos, ni IA, ni tecnologías milagrosas.

Aquí, todo se basa en rostros, vacilaciones y palabras no dichas. Volver a una forma de novela policíaca clásica, atemporal, centrada en las relaciones humanas en lugar de giros argumentales espectaculares. Algo que ocurre leyendo a Simenon, donde la atmósfera y el desarrollo de los personajes priman sobre todo lo demás.

Tiene una puesta en escena clásica, o, más bien, sobria y elegante. Brilla por su clase y por cierta gracia, que nos sitúa muy cerca de la estupenda El cuadro robado (2024), también de Bonitzer, en la observación y análisis de un microcosmos conservador privilegiado, casi atemporal y parisino, sobre el mercado del arte. El despiadado mundo de la burguesía agonizante del 7º distrito parisino.

El encuadre es limpio, los interiores elegantes y los decorados muy elaborados

Entrando en tema

La película dura exactamente una hora y veinte minutos. Se ha cometido un crimen en el seno de una sociedad refinada, aparentemente ajena a casi todo, empezando por la propia época: los años 2000 se filman como si fuera o pareciera un extraño eco de los años 50.

El encuadre es limpio, los interiores elegantes y los decorados muy elaborados. El París del distrito 7: mansiones privadas, galerías silenciosas, todo es una postal de la fría clase alta. Una burguesía aristocrática aferrada a sus códigos y tradiciones aparece como un mundo en decadencia. Anclados como un noray de amarre inconmovible a sus certezas morales y religiosas.

Este mundo congelado se ve repentinamente movido por conmociones que lo sumergen en una realidad a la que nunca pensó pertenecer. Es una virtud de Simenon convertir al inspector en el nexo entre universos aparentemente irreconciliables.

Hay, pues, un rechazo a la modernidad ostentosa que resulta atractivo. Le otorga a la película una identidad clara. Película pulida y meticulosa, coherente en sus intenciones.

La maquinaria narrativa impone entonces su sórdido ritmo bañado en una luz cálida y fantástica (buena fotografía de Pierre Milon). Vemos a la secretaria, la señorita Larrieux (interpretada con precisión por Anne Álvaro, como mujer algo desquiciada), dejando que el velo de las certezas flote en un aire cada vez más enrarecido, incómodo y no exento de hostilidad.

El filme de Bonitzer es de intriga detectivesca seria, no hay ni un solo disparo, ningún momento de acción, suspense, riesgo, amenaza física o peligro. Sólo investigación, interrogatorios, pistas, claves, sospechas y sospechosos.

Hay escenas cuyo interés radica en ver al comisario de Simenon y su mujer pidiendo en un restaurante unos caracoles (él) y unas vieiras (ella), dejando por un rato al lado la identidad del asesino.

Muchas escenas giran en torno a interrogatorios donde todo depende de cómo los personajes hablen o guarden silencio

Excelente adaptación de Simenon

En la obra muchas escenas giran en torno a interrogatorios donde todo depende de cómo los personajes hablen o guarden silencio: muy simenoniano. Esto crea una atmósfera única, casi de suspense. La tensión se mantiene gran parte de la película. La intriga cobra un mayor impulso al final, cuando la narrativa se vuelve más sólida. 

A primera vista, esta enésima adaptación de Simenon podría parecer, en el peor de los casos, anticuada; si no peculiar. «No me gustan los ritmos falsos», declara un personaje nada más empezar. Maigret (con un Denis Podalydès encantador y muy adecuado al personaje), responderá en otro punto de la cinta: «Tengo mi propio ritmo», que es una manera de afirmar su poder y que la película es él, y no los detectives americanos o así.

Simenon, maestro de la técnica, componía frases cuya aparente neutralidad se veía desmentida por su atención al detalle y la precisión de la observación, el desliz visual aparentemente descuidado por objetos, enseres o detalles que no en vano están en el lugar preciso; ello con un encender y apagar su famosa pipa, sin dejar de anticiparse a lo que viene, guiado por su intuición.

En fin, que este comisario no intenta impresionar. Escucha, observa, deja que sus interlocutores profundicen en sus propias contradicciones, lo que refleja una visión íntima del personaje. Detective psicoanalítico.

La inteligencia como acción

Pascal Bonitzer está muy inteligente y en perfecta armonía con Simenon. Hace de la elipsis una garantía de pureza estilística; las palabras son los únicos músculos de una acción oculta por lo que se dice y lo que se calla.

Una vacilación, un fugaz lapsus de concentración, el timbre de la puerta, el color de un lienzo, esa carta sin abrir… todos estos elementos resuenan en el espacio confinado al que el director le ha tomado la medida psicológica.

Pues, aunque Maigret, como toda mente que trabaja a marchas forzadas, parezca estar estancado, se mueve con rapidez. Muy rápido, de hecho. Es como suele decirse en psicología, el pensamiento como acción internalizada, cavilar igual que se acciona o uno se mueve.

Todo en la película es sobrio, elegante, pausado, clásico

Reparto

Todo en la película es sobrio, elegante, pausado, clásico. Y las interpretaciones, brillantes, de un reparto muy eficiente.

Además de un excelente Podalydès, cuyo Maigret acepta no comprenderlo todo de inmediato, Anne Álvaro, en el papel de doncella del embajador, aporta un matiz muy sugerente. Su interpretación precisa da profundidad a un personaje que podría haber quedado en un segundo plano.

El resto del elenco, en su mayoría proveniente del teatro, contribuye a esta impresión de riqueza verbal. Las escenas están bien interpretadas y las intenciones son claras. Nada resulta forzado. Artistas como Manuel Guillot, Irène Jacob, Dominique Reymond, Micha Lescot, Olivier Rabourdin, Laurent Poitrenaux o Julia Faure.

Película de género, una adaptación aceptable, respaldada por un reparto sólido y diálogos bien elaborados, sin grandes alardes externos, que sí internos y de corte «psi», que tiene el principal valor de recuperar de nuevo al icónico personaje, para placer de quienes gustamos de Simenon.

Jean Delannoy, criticado de clasicismo, con Michel Audiard en los diálogos, Paul Misraki en la música y Louis Page en la fotografía, logró una de las mejores adaptaciones cinematográficas de Maigret, recreando la asfixiante atmósfera de un París oprimido, tanto por el calor del verano como por el peso de los años 50. Una delicia de principio a fin.

Película recomendable que nada tiene que ver con los detectives americanos, por suerte.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Adso Films