Buscavidas perdedores
Escribe Carlos Losada
Basada en las siempre humanas, sutiles, tragicómicas, a veces increíbles, historias de Juan Carlos Onetti, lo que nos pretende contar el recién llegado al largo Álvaro Brechner, joven uruguayo afincado en España hace ya diez años, es la dificultad de aprender a vivir cuando no nos sustentan más que sueños, más o menos rotos, y una épica trasnochada, que se basa en el engaño sentimental y en la credulidad de nuestros semejantes.
No hay más que juntar a un estafador grandilocuente, como lo son todos, pero con un corazoncito que necesita que le quieran, con un hombre de fuerte físico, ya venido a menos, entre otras cosas por la soledad y el alcohol, para que el espectáculo, aún trucado, esté servido y sea capaz de entretener. Si a esto unimos el paisaje de pueblos pequeños, perdidos casi siempre cerca de la jungla latinoamericana, y unos personajes agrupados en torno al pasado-presente, el alcohol y los juegos de naipes, la historia puede depararnos sorpresa.
Y esta sorpresa se lleva a cabo por medio de una mujer que necesita casarse y exige a los estafadores que no hagan trampas. Todo se conjuga en un clima de calma, y al mismo tiempo de cierta soterrada tensión por saber a dónde son capaces de llegar sus protagonistas.
Envueltos en el rito cotidiano de engañar, aún a sabiendas de que no les creen, los acontecimientos siguen el curso sinuoso de una jugada de cartas, empeñados en burlarse los jugadores unos de otros, pero con el aliciente de lograr la jugada maestra que les librará de la bancarrota y les hará libres.
La trampa es creérselo. Y eso es justamente lo que ocurre, para entretenimiento de los espectadores y comprensión por unos personajes solitarios y perdedores, aunque Gary Piquer le hace creer a Antonella Costa que su corazón se siente reconfortado por haber ayudado a un semejante. Y con eso, la pareja de buscavidas tiende a su final y la idea de presentarnos sus andanzas se nos antoja un ensayo sobre las posibles causas de la amistad y de los condicionantes de la vida, desde la melodía de Lili Marlene, que acuna mentes, hasta la descripción de un paisaje que termina por hacérsenos familiar.
Lástima que Álvaro Brechner no mantenga todo el tiempo el mismo pulso para la narración y que algunas perspectivas del personaje que incorpora Jouko Ahola, el forzudo en horas bajas, aún potente, Jacob van Oppen, queden como en la sombra, aunque váyase a saber si no lo ha hecho con esa intención.
Película sencilla, y hasta cordial, revela interés por el cine y su naturaleza: contar una historia en imágenes.
