Un cine muy «familiar» de Netflix

Con amplio despliegue promocional en redes sociales y en la propia cadena, el 6 de marzo llegaba a Netflix Máquina de guerra (War Machine, 2026), de Patrick Hughes, protagonizada por Alan Ritchson, Esai Morales y Dennis Quaid. Apenas dos semanas después acumula «oficialmente» 39 millones de visionados y es, con diferencia, la película más vista este año no solo en España, sino en toda Hispanoamérica.
¿Qué tiene de especial este título para lograr un éxito tan desmesurado?
Básicamente, que es un título producido por la propia Netflix y que responde al patrón que ha ido creando su productora en los últimos años, algo que podríamos llamar el «subgénero Netflix», por lo que resulta muy familiar al espectador que acude a ver una película «en casa y de la casa».
¿En qué consiste ese (sub)género Netflix?
En crear títulos de coste mediano que recuerdan a otras películas anteriores que tuvieron éxito en los cines y, posteriormente, en la propia cadena de televisión.
Estos títulos no han de parecerse solo a una película de éxito, sino que la fórmula es mezclar material procedente de varios filmes anteriores, incluso de diferentes géneros, para que el espectador sea capaz de reconocer varios títulos y eso le haga sentirse hasta cierto punto complacido.
Es una especie de «premio» al socio fiel que, desde el sofá, descubre citas, ideas, escenas y otros materiales diversos, lo que le hace sentirse todo un «cinéfilo», un auténtico espectador de culto capaz de descubrir las citas ocultas y de adelantarse a lo que va a suceder… siempre tomando como referencia los títulos que copia esta «peli nueva».
¿Netflix ofrece algo nuevo?
En realidad, no. El expolio de títulos —más grandes, más famosos, más costosos— ha sido habitual siempre en el cine. España e Italia fueron especialistas en reducir multitud de ideas del western a un cóctel que se llamó spaghetti western y que durante dos décadas inundó nuestro país de rodajes, caballos, indios, especialistas… con Almería a la cabeza.
Y la fórmula se ha repetido prácticamente en todos los países del mundo con todo tipo de géneros, probablemente los más emblemáticos (terror, bélico, western) han sido los más copiados a lo largo del siglo XX.
Pero estamos en el XXI. Sí, el de la globalización. Y ese concepto se aplica a todo.
Incluso a la hora de hacer cine que se venda por igual en todas partes del mundo al mismo tiempo. Así que la cuestión es hacerlo más deprisa y con un sentido global. Que sean títulos reconocibles en todas partes.
Un cine «familiar»
No hablamos de películas hechas para todos los públicos, otro tema del que habría que hablar y que ha convertido Netflix y otras empresas en canales para públicos de todas las edades. Hablamos de cine que nos resulte reconocible, nuestro, familiar…
Para conseguirlo solo hay que ser un espectador habitual o tener a mano cualquier guía que nos indique cuáles fueron las mejores escenas, las ideas más acertadas, los éxitos más reconocibles en cualquier género… y luego, a mezclarlos.
Se trata de preparar un menú degustación con una serie de propuestas bien condimentadas y ya conocidas por el público.

Como ejemplo vamos a jugar a reconocer cuáles son los ingredientes de Máquina de guerra, un título aparentemente bélico que también juega con la ciencia ficción y cuyo éxito desde luego no se debe a su originalidad o capacidad de sorpresa.
Un prólogo bélico nos presenta al protagonista, su hermano y un pequeño ejercicio bélico en Afganistán. Bueno, pequeño en comparación con lo que viene, para los que viven la pesadilla inicial es un paseo por el infierno. Estamos en los años 80 y Afganistán era la guerra del momento.
Una escena dura, cruel, efectista y con un toque de humor que perfectamente podría haber firmado el Tarantino de Malditos bastardos. Además, prepara la motivación de nuestro protagonista: como su hermano, él de mayor quiere ser un auténtico Ranger.
Damos un salto en el tiempo y ya tenemos a nuestro protagonista Alan Ritchson (famoso por la serie de televisión Reacher y con un aspecto que recuerda al Schwarzenegger de sus comienzos, también en su limitada capacidad interpretativa) cumpliendo su objetivo en la vida: entrar en los Rangers.
Porque la peli rezuma ese sabor ochentero donde —Reagan mediante— el cine bélico de Hollywood era un elogio al músculo, al macho man, al superhéroe con uniforme… No es por tanto casualidad que ese cine vuelva a triunfar ahora, con Trump a los mandos de la Casa Blanca… y con la guerra «real» presidiendo nuestros informativos cada día.
Nuestro protagonista tiene la misma capacidad para la guerra como incapacidad para comunicar sentimientos, pero eso es lo de menos, aquí lo que importa es matar al enemigo y, de paso, salvar unos cuantos de los buenos. Sí, Rambo asoma en el horizonte… y Sylvester Stallone, también.
Entrar en los Rangers supone un repaso acelerado a La chaqueta metálica (ni Kubrick se salva en esta parrillada), con escenas idénticas, pero con una venta del producto opuesta. Recordemos, Kubrick criticaba el ejército; aquí, los Rangers son lo más de lo más.
El entrenamiento acaba con un ejercicio final digno de la mítica El sargento de hierro, de Clint Eastwood. Como veis, el repaso al cine bélico del último tercio del siglo pasado es sistemático. Pero, eso sí, sustituyendo los momentos críticos por un exaltamiento continuo de la camaradería, el buen rollo entre soldados y su indiscutible capacidad de sufrimiento.
Y aquí es cuando la película comienza a cambiar de género.

Un asteroide del que hemos sabido por los informativos televisivos ha debido venir con malas intenciones, porque pronto aparece un depredador en la jungla donde nuestro pequeño grupo de soldados está a punto de graduarse como Ranger. El extraterrestre no sabe con quién se la juega.
Naturalmente, la cita al Depredador, de John McTiernan, no es casual. Hablamos de seres de otro mundo que, literalmente, vienen a la Tierra a cazar y su víctima favorita es el ser humano (no hay constancia en el filme de ataques a animales, solo soldaditos). Se comporta como el original, con un láser que recorre el paisaje y, cuando descubre enemigos, lanza sus rayos infalibles.
Bueno casi infalibles. Los Rangers se van salvando como pueden. No todos, claro. Los compañeros de viaje están ahí para morir dignamente. Si no, sería todo muy aburrido.
Y en plena batalla descubrimos que un depredador es algo muy superado por el cine —y por las series que hemos visto en pantalla grande—, así que mejor una combinación del cine de acción de McTiernan con el del denostado Michael Bay.
Y nuestro depredador se transforma, literalmente, en un Transformers. Ya tenemos la máquina de matar del título… aunque en realidad la película debería titularse Máquinas de guerra porque frente a él se encuentra nuestro aspirante a Ranger, ejemplo perfecto de héroe capaz de sufrir lo que no está escrito —en la línea del Rocky y el Rambo del citado Stallone— y logrará salir adelante.
Resuelto el enfrentamiento con un resultado que nos resulta muy familiar… hay epílogo, claro. Porque la película se atreve con todo… y curiosamente eso la acerca más a nuestra realidad cotidiana: ¿el mundo entero en guerra y los Rangers vienen a salvarnos?
El epílogo nos asegura que el depredador transformista no venía solo. ¿Recordáis el asteroide que pasó cerca de la Tierra? (sí como en Armageddon, también de Michael Bay, pero es una cita puntual, solo para adictos). Pues no trajo uno, trajo muchos y los fue diseminando por todo el planeta. Es una auténtica invasión extraterrestre.
Es el momento Independence Day, el colofón de los seres humanos luchando contra los invasores, con el mismísimo presidente de los Estados Unidos a la cabeza. Aquí, quizá por la premura, no se han atrevido a poner a Donald Trump pilotando los aviones que acudan a salvar el mundo… pero demos tiempo a una segunda parte y ya veremos.

¿Tan bien funciona este tipo de cine?
La respuesta, a raíz de los datos que facilita Netflix, no ofrece dudas: un éxito asegurado. Con segunda parte seguramente ya cocinándose —es decir, buscando ideas que mezclar en el nuevo menú… perdón, guion—. Cuestión de tiempo.
Lo peor de todo es que es un cine bien cocinado. El espectador asiste complacido a un espectáculo de acción, gore, sangre y patriotismo que se devora con facilidad.
Su director, el australiano Patrick Hughes, se mueve por un territorio conocido. Tras su debut en la tierra de los canguros y multitud de spots publicitarios, fue contratado por el mismísimo Sylvester Stallone para Los mercenarios 3, ya sabéis esa saga del siglo XXI que intenta mantener vivo el espíritu del cine bélico ochentero… con todas sus viejas glorias del cine de acción como protagonistas.
Después, Hughes ha dirigido acción, comedia y secuelas, como certifican El otro guardaespaldas (una parodia muy floja del original de Lawrence Kasdan), El otro guardaespaldas 2 (sin comentarios) y El hombre de Toronto…
Hasta desembocar en Netflix y liderar lo que promete ser una nueva franquicia de cine muy familiar para paladares atraídos por el sofá y títulos de fácil consumo… aunque en su interior guarde mensajes sobre las guerras actuales y quiénes son los buenos y los malos en cada batalla.
¡Solo falta el spot final pidiendo que nos alistemos en los Rangers!
Escribe Mr. Kaplan | Fotos Netflix