Marisol, llámame Pepa (4)

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Alejarse de los focos para vivir

«Desde mi libertad,
soy fuerte porque soy volcán…»
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(Ana Belén)

Blanca Torres ha dirigido un excepcional documental: Marisol, llámame Pepa. Se trata de una obra digna y valiente que se acerca sin moralismos y sin pedantería a una artista que pasó de niña prodigio de la dictadura franquista —en su falso período de apertura— a abanderar, ya en la edad adulta, las reivindicaciones comunistas en la Transición democrática.

La hora y media de metraje adquiere una cohesión notable por la variedad de testimonios, diferentes en perspectiva ideológica, edad y oficio, que hablan sobre Pepa Flores, en un tiempo conocida como Marisol, y que dan cuenta asimismo de las distintas etapas existenciales de la protagonista del trabajo fílmico de Torres, que también firma el guion. Así, conocemos cómo vieron y valoraron a Marisol: Cristina Almeida, Fernando Méndez Leite, Esperanza Aguirre, Elvira Lindo, César Lucas, Amaia, Vicky Flores, Nativel Preciado, Marta Sanz, Enrique Cerezo y Luis García Gil, entre otros.

Además de la polifonía de intervenciones, el documental alberga otro enorme acierto: empezar y acabar por la gala de los Premios Goya de febrero de 2020, en Málaga, donde se concedió un Goya a la trayectoria artística de Marisol, y donde la premiada no quiso aparecer. Ese distanciamiento de los focos no fue puntual. Pepa Flores se alejó de las cámaras hace casi cuarenta años, en 1985, y desde entonces no ha estado presente en ningún rodaje, ni ha dado ninguna entrevista, ni ha participado en ningún evento masivo.

Quizá el propio documental de Torres nos ayude a intuir las posibles razones por las que la famosa actriz quiso romper con cualquier tipo de fama. Que Marisol, llámame Pepa se inicie y termine con la ausencia de Marisol de la gala de los Goya de 2020 enfatiza la fuerza ética de una mujer que, cansada de desengaños de todo tipo y de una vigilancia absoluta de los medios de comunicación —mejor sería decir la prensa sensacionalista—, decide apartarse de un mundo donde acaso ella nunca sintió que tuviese las riendas de su vida.

Sin tanta trascendencia en la obra de Torres es el recurso de la voz en off, a partir de declaraciones de la propia artista a periódicos, revistas y televisiones. Esta voz en off  no logra alcanzar la potencia que tienen las imágenes de las primeras películas de Marisol, bajo las órdenes de Luis Lucia Mingarro, a principios de los 60, donde hábilmente el franquismo utilizó la sencillez y la simpatía de la niña en filmes como Un rayo de sol, Ha llegado un ángel o Tómbola, para intentar ofrecer una imagen distorsionada de lo que en realidad pasaba en España, y es que en los 60 se seguía matando —a Julián Grimau lo matan en 1963—, encarcelando, torturando y persiguiendo, como se siguió persiguiendo, torturando, encarcelando y matando hasta que falleció Franco, en noviembre de 1975, y en los primeros años después de la muerte del dictador.

Acaso uno de los momentos cumbre del documental se encuentre en la boda de Marisol con Carlos Goyanes, en 1969, donde apreciamos una tristeza inmensa en los ojos de la artista. Ahí, sin necesidad de la voz en off o de testimonios, podemos apreciar que Marisol fue durante más de una década, desde que fue descubierta en 1959 por el productor Manuel Goyanes, una niña a la que se privó de su niñez, de su natural libertad, para ser considerada una fuente de riqueza económica por un universo de adultos interesados.

El trabajo fílmico de Torres nos muestra que las sonrisas y los bailes de la niña Marisol en las películas que protagonizaba escondían una realidad durísima, cerrada, para la pequeña, cuyos únicos horizontes eran los muros de la casa de los Goyanes. Del naufragio matrimonial con uno de los hijos del productor, surgió una nueva Marisol, más próxima a la que luego sería Pepa Flores.

Marisol se separa en 1975, año clave en la historia de España, y los aires de libertad y de vida de muchos españoles son compartidos por Marisol, que empezará a mediados de los 70 su idilio con uno de los artistas más geniales de la época, el bailaor Antonio Gades, una de las figuras culturales del pujante PCE. Gades influirá decisivamente en el compromiso político de Marisol, que abrazará en la segunda mitad de la década setentera y en la primera mitad de la ochentera las reivindicaciones comunistas.

Porque cabe preguntarse si Marisol-Pepa Flores no fue únicamente utilizada por la dictadura franquista, sino también por el movimiento comunista.

Ambos protagonizaron una de las películas más hermosas —bella y auténtica en su dureza— del cine español: Los días del pasado (1977), de Mario Camus. Marisol nos entregó una interpretación inolvidable de la bondadosa maestra, ayudante de los maquis. Asimismo, creo que el documental pierde quizá una oportunidad al no buscar la conexión entre la ruptura con Gades, el desengaño con los ideales marxistas y el alejamiento de las cámaras de Marisol.

Porque cabe preguntarse si Marisol-Pepa Flores no fue únicamente utilizada por la dictadura franquista, sino también por el movimiento comunista de tendencia estalinista: que Fidel Castro fuese el padrino de su boda con Gades, en 1982, tuvo mucho de maniobra propagandista. Ay, las malditas ideologías…

La mujer que, a mediados de los 80, después de rodar Caso cerrado (1985), de Juan Caño, se alejó de los focos por una serie de desengaños personales, informativos y políticos, buscaba armonía y libertad. Puso por delante la ética a la fama. En el silencio y la distancia, fue creciendo su mito. Marisol, llámame Pepa, el documental de Blanca Torres, sin grandilocuencia y con autenticidad, nos revela algunas de sus claves existenciales.

«El viento había cubierto de hojas la memoria».
(Clara Janés)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Sarao Films