La legión del águila (2)

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Western de romanos

la-legion-del-aguila-0Aquel espectador que se arrellane en la butaca del cine para contemplar una representación más surgida del revival de cine de aventuras, sub-sección peplum, en la estela de Gladiator o de Troya, quedará inicialmente defraudado, pues sus expectativas de espectacularidad no se verán colmadas, en tanto en cuanto la publicitada adscripción genérica al cine de romanos de La legión del águila actúa como un mero reclamo comercial, como un envoltorio que suscita y alienta el renovado y paradójico interés del público actual por toda una corriente cinematográfica que utiliza el imaginario asociado a la civilización romana como escenario de resucitadas aventuras ancestrales, siguiendo el precepto clásico horaciano de enseñar deleitando.

La extinción del latín y de la cultura clásica en el sistema educativo han originado toda una industria cultural que se ha apropiado de los vestigios cultos para insuflarle una renovación bizarra y adulterada, en la que la lengua latina, en su vertiente eclesiástica o patrística, se ha convertido en la lengua del Mal (El código Da Vinci), mientras que la eficacia militar de las legiones romanas nutren los guiones de los más variados juegos digitales.

Frente a esta tendencia mayoritaria y bastarda, el director Kevin MacDonald ha optado por una retórica de tono menor, próxima a cierto naturalismo en la representación, en aras de que la verosimilitud y la veracidad histórica no entren en colisión, sino que se respeten mutuamente. En cierto sentido, la película es deudora del modelo de representación documental que tan bien ha sabido explotar la BBC para llevar a cabo documentales ficcionalizados, dramatizados, sobre los hitos más famosos de la extensa y productiva historia romana.

Así pues, hay un componente televisivo docto y serio que, al mismo tiempo que controla férreamente los excesos por los que podría despeñarse la historia, también impide que cuando ésta alza el vuelo de la ficción narrativa per se, cuando se  independiza de lo real histórico para desenvolverse en lo diegético intrínseco, no culmine los elementos que ha pergeñado, conformándose con delinear unos esbozos que no alcanzan, desgraciadamente, los perfiles de la plenitud.

Y es que en el origen del guión late, ni más ni menos, un impulso conradiano, deudor de El corazón de las tinieblas. Más allá de la novela de Rosemary Sutcliff El águila de la novena legión (1954), que sirve de base al guión, los indicios que apuntan a Conrad son bastante nítidos, pues al fin y al cabo, el inicio de la incursión en el horror del relato de Conrad proviene de un diálogo en el que se pone de manifiesto el temor que debió embargar a la primera expedición de las tropas romanas, Támesis arriba, en un espacio inexplorado e inhóspito. Diálogo extrapolable a cualquier acción de conquista (y expolio) posteriores.

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En cierto modo, después de un extenso prólogo en el que se nos ofrecen las duras condiciones en que se desenvuelve la vida cotidiana en un campamento fronterizo romano en Britania, prólogo que el director utiliza para ofrecer toda la iconografía asociada a la representación de lo romano: los uniformes, las caligae (botas), el emplazamiento del castra (campamento) y toda su ingeniería defensiva; la formación y el combate de la testudo (tortuga), los emblemas y estandartes… después de esta introducción en la que el personaje protagonista, el nuevo comandante de dicho campamento, Marco Flavio Águila, se debe ganar, y se gana, el respeto de sus escépticos y cansados hombres, curtidos en la lucha, sometidos al asedio de las tribus salvajes que los rodean y acechan constantemente; planteamiento que sirve para dibujar, sin ningún énfasis ni subrayado, la herida interior que corroe al personaje protagonista: la restitución de su mancillado honor familiar, pues nos encontramos ante el hijo del comandante cuya legión, la novena, desapareció del mapa veinte años antes; un personaje, Marco, con profundos valores morales, religioso, compendio de la virtud romana, basada en el servicio al Estado, a la Patria, a su país; una virtud profundamente ascética, austera, comprometida con una concepción del honor que transciende lo individual para ser depositaria de lo colectivo.

Tras este prólogo, decíamos, la película se remansa, al tiempo que sufre algunas arritmias. Aquella austeridad subrayada se propaga al mecanismo de representación fílmico, a la retórica de tono menor que antes hemos señalado.

Marco está orgulloso de su condición de soldado romano, pues se sabe portador de un valor civilizatorio superior, emblema de la Pax Romana.

Con la inclusión del personaje de Esca, un esclavo que su tío le regala para que se ocupe del maltrecho comandante, herido en una batalla librada para rescatar a una patrulla de sus legionarios, capturada por la horda salvaje que los rodea, la película muda de género, dando pie a una especie de road-movie, a un periplo viajero que Marco y su esclavo Esca deben compartir. Su viaje es el viaje al horror conradiano, al corazón de las tinieblas. Su Kurtz particular, la recuperación del emblema de la novena legión: el águila del título, recuperación que debe restañar tanto la herida interior del personaje, como su restitución externa: el honor familiar debe ser lavado de la mancha que lo ha ensuciado.

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Aquí, cuando Esca y Marco cabalgan juntos, se hace más patente los mimbres del western que han sobrevolado la historia desde su inicio. El viaje externo se convertirá en un viaje interior, en el que los papeles de amo-esclavo se intercambiarán no sólo física, sino espiritualmente: la interdependencia y la necesidad les obligarán a reconocer la otredad, ya que ambos comparten las consecuencias de la desaparición, de la derrota y destrucción de la novena legión: indirectamente los dos estuvieron representados en esa batalla por sus respectivos progenitores.

Al otro lado del muro de Adriano, de ese dique de contención de los irreductibles aborígenes britanos, en las tierras altas, hay todo un mundo cuya representación fílmica se asocia al imaginario de los indígenas norteamericanos: las tribus escocesas podían ser una prolongación de cualquier tribu india del oeste.

Pero en este territorio aparentemente salvaje también subyace una civilización, un modus vivendi diferente al romano imperialista, pero con su propio estadio cultural. El director se regodea en su recreación, con un ánimo didáctico antropológico, a la par que con la finalidad de dotarlo de estatus ontológico, de reivindicar su existencia y sus derechos frente a la virtus dominante romana. Su estadio primitivo adquiere reconocimiento, aunque, obviamente, no pueda ser equiparado al estadio civilizador.

Lo que en un principio podía haber sido el epítome del mal, del horror, al modo de El guerrero número 13, deviene en admisión de la diferencia, en una pugna por la supervivencia frente al romano invasor, que reconoce en su contrincante lo humano enemigo, no sólo lo salvaje bestial.

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Recuperado el emblema de la legión, restañadas las heridas interiores de los dos protagonistas, afianzado su mutuo respeto y labrada su amistad, sólo resta devolver el estandarte al poder político, cuyos resortes, al modo fordiano, discurren divergentemente, cuando no en contradicción, al honor de los soldados.

Una lástima que el director no haya cuidado más el desarrollo dramático de los personajes, hilvanando esas nimiedades, esos aspectos aparentemente secundarios que convierten a una película en una gran película. Que haya descuidado y forzado ciertas situaciones (la presentación de Esca, su salvación en el anfiteatro por Marco; la huida precipitada del campamento de los salvajes Foscos; las analepsis con sus recuerdos de infancia…).

Queda claro que hay una búsqueda de valores, de sostener cierta moral y honor contra viento y marea, honrando nuestra tradición, a nuestros mayores, a pesar de los obstáculos sociales, de las trabas de una sociedad en descomposición. Fragmentos del periplo de Marco y Esca recuerdan, salvando las distancias, al periplo de Mattie, en Valor de ley de los Coen.

Pero el águila de Kevin MacDonald no consigue alcanzar el cielo de los Coen, aunque al menos intenta remontar ese vuelo, que para los tiempos que corren ya es mucho. El análisis de la relación entre los protagonistas, su filía, queda para los especialistas de los estudios culturales. En toda la película sólo salen las mujeres en dos secuencias. No hacen falta más.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 Título  La legión del águila
 Título original  The eagle
 Director  Kevin MacDonald
 País y año  USA, Reino Unido, 2011
 Duración  114 minutos
 Guión  Jeremy Brock
 Fotografía  Anthony Dod Mantle
 Música  Atli Örvarsson
 Distribución  Universal Pictures International Spain
 Intérpretes  Channing Tatum, Jamie Bell, Donald Sutherland, Mark Strong, Denis O’Hare, Tahar Rahim
 Fecha estreno  08/04/2011
 Página web  http://www.lalegiondelaguila.es/