Aprendices de brujo

Pierre Coffin retoma la saga de los Minions después de que seis películas y decenas de cortometrajes hayan contribuido a convertirlos en un pequeño icono cultural del siglo XXI, y tras subarrendar a Kyle Balda –colaborador habitual en las películas de Gru– su segunda entrega como protagonistas absolutos.
Y es que lo que ha sucedido desde que irrumpieron en el imaginario colectivo con Gru, mi villano favorito, y como ya profeticé en mi primera crónica allá por 2010, es que los esbirros amarillos han acabado por obtener desde un punto de vista cinematográfico no solo la independencia, sino aún la preeminencia sobre su amo y señor Gru.
Tal ha sido el impacto de este tan caótico como aguerrido grupo, que no es extraño verlos solos o en compañía de otros en los carnavales y las más populares fiestas de disfraces, prodigándose los cosplayers en los festivales cinematográficos o protagonizando campañas publicitarias para marcas alimentarias o compañías de internet –una muy divertida cuenta la historia de los avances tecnológicos que nos llevaron a la red de redes– e incluso para instituciones internacionales como la OMS.
La película que nos ocupa retoma un poco el espíritu que guió la primera entrega del spin off dirigido por Coffin, rememorando la incesante –por lo fallida en cada ocasión– búsqueda de los Minions de villanos a los que servir. Coffin mezcla en el primer acto de esta última entrega las referencias culturales con el humor extemporáneo: cíclopes que tras pisar una pieza de Lego provocan un caos que les conducen a una catástrofe autolítica, momias que descubren que sus vendas sirven para algo más prosaico que hacer de sudario, o magos que no llegan a comprender que un gran poder no se puede combinar con una gran irresponsabilidad.
Porque los Minions –en concreto el fantasioso James– se apoderan de su grimorio antes de, como siempre, liquidarlo accidentalmente, accediendo a fuerzas que desconocen y que originarán el caos que da sentido a toda la película.
Y tras esta epopeya histórica, llega por fin la servidumbre que constituye el leitmotiv de la película: la que se rinde a los codiciosos amos de Hollywood interpretados por los hermanos Frank y Elwood Bright en una probable e irónica referencia a los hermanos Warner, dueños de la productora rival de Universal, matriz de Illumination que patrocina la saga.
Coffin aprovecha esta circunstancia para rendir homenaje a la historia del cine no solo desde la propia temática del filme, puesto que parece inspirada –con no pocas descontextualizaciones– en la época dorada de Hollywood, sino también desde los guiños que aparecen recurrentemente en pantalla. Un servidor ha captado tributos a Douglas Fairbanks, y también a Méliès, Buster Keaton, Harold Lloyd, Chaplin, George Lucas y al Brad Pitt de Amor a quemarropa.
En el apartado fílmico hay guiños a Los pájaros, Ciudadano Kane, Casablanca, El halcón maltés, La momia, Tiburón, Ultimátum a la tierra, El bueno el feo y el malo, Star Wars, La dama y el vagabundo, E.T., Matrix, y por supuesto, de modo transversal y como idea-fuerza, a El aprendiz de brujo, de Disney.
El tercer acto recupera el protagonismo del grimorio heredado por los Minions tras la defunción de su anterior dueño, centrándose en la invocación a una especie de Cthulhu de todo a cien, que se convierte en supuesto aliado para llegar a rodar una película sobre monstruos que James anhela realizar. Ni que decir tiene que la cosa no sale bien, aunque más allá de eso, Coffin aprovecha para hacer un nuevo guiño al cine dentro del cine que alcanza su clímax en la escena final y que por supuesto no desvelaremos.

Minions & Monsters no es un prodigio cinematográfico ni una cinta que alcance la originalidad de su primera entrega; algunos de sus chistes son muy básicos, fundamentalmente basados en el slapstick, y otros apenas se sustentan en la ternura gamberra que suscitan los protagonistas, ejecutores a veces de las más disparatadas ocurrencias.
Es cierto también que alguna de las tramas –como la de Dort, el robot que homenajea al Gort de Ultimátum a la Tierra– no acaban de cuajar, pero en conjunto la película ha retomado la importancia de la continuidad narrativa que se perdió en la segunda entrega, y es un producto que entretiene, aunque sea solo por ver cómo se engarzan perfectamente en el desarrollo de la historia todas y cada una de las referencias cinematográficas que aparecen.
Un humor blanco –o, mejor dicho, amarillo– que además de divertir, ilumina. Un homenaje al cine que quizá pueda animar a los más jóvenes a descubrir algunos clásicos sepultados por la escombrera en que se han convertido últimamente las plataformas.
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Escribe Ángel Vallejo | Fotos Illumination Spain