Noir violento para el debut de Patel como director

En sucesivos flashbacks a lo largo de la película podemos reconstruir la vida de nuestro protagonista Kid. Vive en un pueblo de la India con su madre, la bella Neela, que lo ama, lo educa y le lee cuentos de Hanuman, el señor de los monos, un dios del hinduismo que se adora en todas las castas y todas las sectas.
Baba Shakti, un cruel gurú de la cercana ciudad de Yatana, envía a Rana Singh, un corrupto jefe de policía, para echar a los aldeanos y quedarse con sus tierras. Mientras el pueblo es arrasado, Neela esconde a Kid en la parte alta de su modesta casa. Rana encuentra a Neela, la viola y la mata, mientras Kid es testigo de su muerte. El incendio del pueblo le dejará las manos con graves cicatrices.
Después, un relato bien contado
Lo que viene luego es ejemplo de una manera ejemplar de contar una historia donde hay de todo: amor, odio, luchas, persecuciones, desigualdad social, etc.
Cuando han pasado unos años, Kid es un joven que vive en Yatana, en barrios bajos, donde hay tráfico de droga, luchas amañadas, prostitución, extorsión y opresión por parte de los mafiosos y grupos de poder. Él se gana la vida en un club clandestino de boxeo llamado Tiger’s Temple, usando una careta de mono, que recibe pasivamente los golpes del luchador de turno, a cambio de un poco de dinero para subsistir: le pagan por perder.
En ese encuadre de sociedad tóxica, insolidaria, avariciosa, corrupta y falta de valores morales y espirituales, Kid busca ascender escalones e infiltrarse en las altas esferas políticas para vengar a su madre. También es su deseo defender a las clases más desfavorecidas, a los marginados sociales.
O sea, Kid desea vengarse de Baba, que sigue su ascenso en seguidores y en influencia política, y del policía asesino Rana. Ambos suelen frecuentar Kings, un burdel de élite dirigido por Queenie Kapoor, mujer peligrosa que consigue prostitutas jóvenes y estupefacientes a clientes ricos, con mano dura.
Para infiltrarse en Kings, a Kid le dan la billetera que le han robado a Queenie, y pide audiencia con la señora para devolvérsela. Con sus más y sus menos, a cambio, la madame le un trabajo en la cocina. Kid adopta el alias Bobby, tomado de un producto de limpieza, y se hace amigo de Alphonso, un gánster que trabaja para Queenie.
Kid le cuenta a Alphonso su oficio de luchador y le ayuda a ganar una apuesta importante a cambio de lo cual logra un ascenso a camarero, así tiene acceso al piso VIP, por donde anda al maligno Rana.
Entre las prostitutas del lugar hay una guapa joven, Sita, quien aconseja a Kid que deje ese trabajo en ese lugar tan desaconsejable. Pero Kid no sólo no deja el trabajo, sino que compra un revólver y con la ayuda de un perro introduce el arma en el local, sorteando la seguridad.
También añade lejía a la cocaína de Rana para hacerle frente en el baño y dispararle, pero su intención es frustrada y se ve obligado a salir del edificio. Acaba huyendo en el triciclo eléctrico turbo de Alphonso. Pero Kid choca y es arrestado, y por su pericia acaba escapando de la cárcel.
Kid, corriendo toda suerte de peligros en su huida recibe un disparo de la policía y acaba cayendo a un lago, del cual es rescatado por Alpha, el guardián de un templo local de Ardhanarishvara, cuya comunidad está siendo atacada por el movimiento político de Baba.
Cuando Kid se va reponiendo, Alpha le induce, mediante una experiencia alucinógena, a enfrentar el trauma de la muerte de su madre, y le anima a entrenarse en el arte del combate, seriamente…

Algunos aspectos técnicos
Dirige esta cinta Dev Patel, el actor británico de ascendencia india y grandes y profundos ojos oscuros, al que ya conocimos en Slumdog millionaire (2008), un intérprete que suele aportar paz, sosiego e inteligencia a sus personajes y que ahora ha decidido dar el salto a la dirección con evidente fortuna.
Monkey man es la ópera prima Dev Patel como director. También escribió el guion junto a Paul Angunawela y John Collee, adaptando una historia suya. Pero también es protagonista e incluso se atreve con la producción. Patel es una fuerza a tener en cuenta, no solo como intérprete dramático, también como una estrella ágil y musculada de pelis de acción, y como alguien con habilidad detrás de la cámara.
El reparto es muy bueno y equilibrado con actores y actrices como un Patel, sensacional en el papel principal; Sharlto Copley es Tiger, el presentador de las luchas amañadas; Pitobash Tripathy es Alphonso, el mafiosete del triciclo atómico; Vipin Sharma, es el buen sacerdote Alpha; Sikander Kher es el pérfido policía y criminal Rana; Sobhita Dhuliwala, como la bella Sita, mujer de la vida que da consejos a Kid; Ashwini Khalsekar es la maligna Queenie Kapoor; Adthi Kalkunte interpreta a la bellísima y malograda Sita, la madre; Makrand Deshpande, es el pérfido y astuto Baba Shakti o Brahim Achabbakehe, como King Kobra. A lo cual hay que añadir y resaltar un equipo en la sombra de especialistas en escenas de acción y lucha, sin los cuales esta cinta no tendría la vistosidad de que hace gala en ese tipo de escenas.
Magnífica la música de Volker Bertelman, una banda sonora deliciosamente anacrónica, que inyecta un tono de humor negro en la violencia que se desarrolla y que se une para hacer una magnífica partitura, como para no querer que la peli termine. Sensacional la fotografía de Sharone Meir, textura en la imagen y mucho movimiento de cámara para este largo noir sanguinolento que no da prácticamente respiro.

Luchas y violencia espectacular sin fin
Kid, al principio, no es ninguna figura mítica, más bien, inspirándose en la leyenda de Hanuman, sus días pasan recibiendo palizas en un club de lucha clandestino, con su máscara de mono, junto a su jefe baboso y cínico interpretado por Copley, quien cada noche jalea a una multitud que vitorea y hace apuestas.
Si bien el principio es de derrota, Kid tiene otros planes para la dura vida que le ha tocado. A través de los logros tras devolver la cartera a la peligrosa dama que rige el puticlub, la película se desliza y corta rítmicamente e incorpora a toda una red de apoyo que va a ayudar a Kid para que acceda a la sociedad india de élite, y encontrar a los personajes de su pasado que le atormentan, a los que anhela matar.
En este punto se pueden ver en sucesivos flashbacks, imágenes terribles que persiguen a Kid. Nuestro personaje es portador, no sólo de cicatrices físicas en las manos quemadas, también cicatrices emocionales de dolor e ira; son imágenes de brutalidad que están grabadas en su mente, cuya dureza podemos visionar en la pantalla.
Aunque es una película de acción, también es un estudio del personaje, de un hombre que ha quedado destrozado y está tratando de reconstruirse para hallar justicia en un mundo en el que ese es un valor escaso.
Pero no es sólo él; hay toda una subclase oprimida atacada por sus creencias religiosas y explotada para que los ricos se hagan más ricos y los menesterosos continúen en su posición de casta pauperizada.
La efectividad de esta película se debe en gran medida al hecho de Kid no triunfa de forma inmediata sobre los malhechores. Al contrario, cuando intenta llevar a cabo su plan por vez primera, tras una brutal, apoteósica y llamativa pelea, nuestro Kid queda abatido y apenas logra que sobrevivir.
En este punto hay que subrayar que la película cuenta con un equipo estelar de especialistas para el doblaje de episodios físicos. Cada movimiento, desde que un personaje es lanzado por el aire hasta que hace cualquier remolino imaginable, golpes secos, cuchilladas o disparos y batallas más aéreas que de suelo firme, son perfectamente ejecutadas y son sabiamente coreografiadas a la perfección.
Más allá de la buena forma física evidente de Patel, estas escenas, que son bastantes y sucesivas e inteligentemente montadas, están protagonizadas por especialistas. Por la naturaleza de estas peleas, a veces casi multitudinarias, han requerido la presencia de gente preparada en este tipo de contiendas: judocas, karatekas, boxeadores o trapecistas, pues para el caso tanto da, la cosa es que en la peli vemos unas luchas espectaculares.

Cámara y especialistas perfectamente sincronizados, incluyendo la desesperación de Kid mientras intenta salir sano y salvo del primer embate. No hay que olvidar en esta fase la secuencia de la persecución emociónate y divertida en toda su duración, que incluye escenas alucinantes con esa especie de triciclo motorizado, turbo incluido, con laberínticas calles por medio, frenadas, derrapes espectaculares y otras gracias del tráfico rodado indio, a grandes velocidades.
En el medio de la cinta hay una pequeña pausa, mientras Kid se recupera de sus heridas. Sirve este tramo de descanso y de reflexión para el personaje, sus adláteres y qué hará posteriormente.
En esa pausa están las escenas de su viaje iniciático para solucionar interiormente la muerte de su madre en forma tan atroz como cargada de tensión dramática, incluso cuando su joven madre, haciendo uso de su cuchillo escondido en la espalda, en un súbito giro, de un rápido y certero tajo, amputa parte de la oreja a su violador y asesino Rana.
Recuerdos en flashbacks que van y vienen, la pesadilla que puede empezar a elaborar inducida su psique con un tóxico que le administra el sacerdote Alpha. Y la resolución del joven a entrenarse duramente con toda suerte de ejercicios, flexiones, musculaciones y tácticas de lucha como nunca había hecho antes… lo que me ha recordado la película Noche de Paz, de John Woo.
Un Patel que se va convirtiendo en un hombre ágil y musculado, con un carácter carismático y decidido, ahora sí, a utilizar su saber físico y espiritual para poner un punto a su plan de venganza. Se ve que Patel se ha pegado una buena paliza para rodar estas escenas. Y lo hace con elegancia.
En ese proceso hay superación, esfuerzo, mucha oscuridad, con el flashback ininterrumpido de tantos recuerdos tormentosos, imágenes crueles e incluso silvestres que parece carecen de un propósito poético. Patel no rehúye la agonía y luego encuentra destellos de alegría mientras se prepara para la batalla final de la película.
Esta batalla será apoteósica y es quizá esta parte final la que hace que, tras una parte media del filme un tanto calma, remonte el vuelo para de nuevo entrar de lleno en golpes, disparos, apuñalamientos, cabriolas y piruetas furiosas y certeras.
Hay pues la sensación de que la película derrocha convicción y alma, gracias a la pasión que Patel pone en ella, tanto detrás como delante de la cámara, todo lo cual es recogido en coreografías de lucha salvaje, durante las que la cámara resopla, suda y se agita con la misma furia que el héroe exhibe al arrancar ojos, agujerear gargantas y destrozar rostros a mordiscos, y que documentan la explosiva transformación de Patel en rutilante estrella del cine de acción.

Caer en el misticismo
Hay desde mi modo de ver un reparo: el empeño con el que el filme pretende envolverse de significados teístas, altos vuelos místicos y profundidad teñida de una espiritualidad grave y ascendente.
También, además de hacernos segregar adrenalina, pretende también ser una denuncia en firme de la corrupción sistémica en India. El sombrío estudio psicológico de un hombre dañado por un trauma de infancia se convierte en una llamada a la acción para hacer justicia y reparar las ignominias infligidas a los oprimidos del mundo.
Alrededor de todo esto Patel nos presenta un conjunto de simbolismos religiosos y alusiones al folklore hindú. Pero esto sólo lo consigue en parte, a ratos. No siempre esta simbología mística y teocrática es bien traída.
Serían deseables, a decir verdad, más debuts en el género de la acción como el de Dev Patel con esta obra. El actor que nos ha encandilado en manera sucesiva en la oscarizada Slumdog Millionaire (2008), Lion (2016) y Hotel Bombay (2018), se convierte en un cineasta polivalente y lo consigue todo: escribe una historia, la dirige, la protagoniza y la produce. ¡No va más!
Y todo le sale bien, como he intentado explicar, pues funciona como una película de venganza en la que el personaje va creciendo y madurando hasta convertirse en un guerrero mortífero. Ha tenido que recorrer un camino iniciático, para transformarse interiormente, soportar adversidades, superar el dolor y alcanzar su objetivo.
Tiene, eso sí, una bajada de ritmo a mitad de metraje por un exceso de flashbacks, una sobreabundancia de cierto misticismo y, en fin, algunas repeticiones ociosas. Todo esto ajustado y con los pertinentes recortes, habría quedado una obra redonda. Así y todo, el resultado es muy satisfactorio.
Hay folklore, crítica y denuncia social, violencia extrema muy vistosa y algunos elementos de humor. Patel ha derrochado talento. Además, se ha dejado la piel. Merece el éxito y la taquilla.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Diamond Films