Relato con fondo emocional de verdad y esperanza

Saori (magnífica y solvente Sakura Ando) es la madre de del niño-púber de 11 años, Minato (Soya Kurokawa, asombroso actor infantil). La madre piensa que hay algo que no marcha bien cuando observa que su hijo tiene un comportamiento extraño y no habitual en él. No tarda en descubrir que un foco de responsabilidad en todo ello está en la escuela, por lo cual que no tarda en dejar momentáneamente su trabajo como planchadora y presentarse en el colegio pidiendo y exigiendo explicaciones, para saber qué está sucediendo con su hijo.
La historia se va desarrollando a través de los ojos de la madre, el profesor, el niño y otros personajes. La verdad, al menos parcialmente, va saliendo a la luz poco a poco. Esto, como más de un crítico ha apuntado con razón, recuerda al filme de Akira Kurosawa, Rashomon (1950), donde varios personajes discuten sobre el juicio a un bandido, acusado de asesinato y violación. Versiones diferentes que intentan recomponer un difícil rompecabezas. Es decir, el problema ha de ser resuelto por un método de observaciones y valoraciones multipersonales, indagar los sentimientos, las actitudes y los comportamientos de los diversos protagonistas, analizar la situación como un todo, del que cada uno no es sino una parte.
Esta cinta va igualmente en pos de alguna forma de verdad mediando variados personajes, para lo cual el cineasta japonés Hirokazu Kore-eda acude a una estructura narrativa a lo Rashomon. Se va aproximando a los mismos sucesos, por medio de varios puntos de vista. En esta interrelación de pareceres y visiones sobresale la mirada de la madre del niño. Madre soltera y viuda, aturdida y nerviosa por lo que observa en el muchacho. Según ella, hay un profesor que estaría detrás del problema de su vástago, sin olvidar la importante mirada de este, que es el centro de este emotivo e intrigante rompecabezas.
«La segmentación de una misma historia en varios puntos de vista que acaban dando una visión completa del conjunto al encajar todas las piezas que han quedado libres en los relatos parciales que la integran conforma un mecanismo sugerente que atrapa nuestra atención» (Verdejo).
Es de destacar la banda sonora, que consta de material nuevo y antiguo del fallecido Ryuichi Sakamoto, que aporta una intensidad adicional a la obra, sus estridentes y tristes acordes de piano se incorporan a menudo de manera contradictoria a una escena de aparente drama o tensión, lo que implica que el significado de esta escena aún no ha sido revelado; fotografía intencionadamente oscura de Ryûto Kondô; y el peso de un importante reparto con actores y actrices sensacionales como Soya Kurokawa, Hiragi Hinata, Sakura Ando, Eita, Mitsuki Takahata, Akihiro Kakuta, Shido Nakumura o Yûko Tanaka.
Desarrollo de la trama
Desde 2018, cuando Kore-eda ganó la Palma de Oro por Un asunto de familia, esta es la primera película que ha hecho en su Japón natal. Además, tomó la decisión de dirigir el guion de otra persona, algo que no sucedía desde 1995 con Mabarosi, lo cual apunta a cómo el cineasta tiene aún ganas y está motivado para salir de las posiciones cómodas de confort. Además, el magnífico libreto del escritor Yuji Sakamoto, le ha evocado en la parte inicial de la película, un tono de oscuridad diferente y más inquietante del que ha mantenido en otras obras suyas.
Película que parece invitarnos a presumir lo peor, a hacer pronósticos nada halagüeños, colocándonos en una situación incómoda como espectadores, trayéndonos incluso el sudor a las manos o alguna extrasístole perdida. Muestra nuestros puntos ciegos, hasta que la historia finalmente regrese para llenar los espacios en blanco.
Comienza el relato con un incendio provocado en un edificio de un pueblo japonés sin nombre a orillas de un lago. La identidad del pirómano es sustancial entre otros misterios, de un entramado que se sustenta en preguntas sin respuesta. El edificio alberga un dudoso bar de chicas, y corre el rumor, poco edificante, de que el maestro Sr. Hori (muy bien Eita Nagayama), era uno de los clientes. La madre ha escuchado esta historia, lo cual la predispone a pensar mal del hombre.
Su hijo Minato regresa a casa de la escuela diciendo que el Sr. Hori lo ha humillado con el singular insulto de «cerebro de cerdo»». Igual, se insinúa que el sospechoso principal fuera Minato, este escolar ceñudo y de cabello revuelto que trae a su madre dislocada.
Minato comienza a quejarse de acoso y repite frases crípticas que ha escuchado en la escuela y que parecen querer decir que ha sido agredido físicamente por un maestro, el Sr. Hori. También hay pedidos del hijo para tener mayor privacidad, algo normal a su edad. Lo cual provoca un aumento de angustia en su atribulada madre que no comprende, una nerviosidad que se dispara hasta afectar a su vida y a su estabilidad afectiva.

Hay unos tensos momentos en los que la madre lleva a su hijo en coche de vuelta a casa mientras le dice que ella lo único que desea es verlo en el camino de que pueda arreglárselas por su cuenta, emprender su propio recorrido y construir su propia familia (la madre como matriz organizadora —directiva— del psiquismo y la identidad del hijo: ojo). Cuando escucha esto, Minato intenta tirarse del auto en marcha, lo cual obliga a una rápida y peligrosa maniobra de Saori, que debe llevar al muchacho herido al hospital.
En ese y otros pasajes parece que nos vamos a adentrar en una película de terror en toda regla. El miedo de una madre a perder a su hijo por fuerzas que escapan a su control. Kore-eda, cambiando su tono habitual, nos va poniendo delante el crescendo de un perverso de miedo cotidiano. Mención especial merece la secuencia en la que Saori va a la escuela para reunirse con la directora, Fushimi (una magnífica Yuko Tanaka), mujer en estado casi catatónico que acaba de perder a un nieto en un accidente.
Esta escena apunta la angustia, el miedo sin objeto preciso fehaciente, más bien con elementos desconocidos jugando en el mundo emocional, fantasmal, de Saori y del público, que no aciertan a entender bien qué sucede.
A todo esto, el profesor Hori, desordenado y con una sonrisa vaga parece que no tiene relaciones con personas, es un sujeto extraño que imparte sus clases con vestimenta deportiva, lo cual, a los ojos de la madre hace más preocupante el estado de cosas. En la escuela la reacción es que Hori golpeó al joven accidentalmente («Aprenderemos de nuestro error»).
Hay la sensación de entrar en un mundo extraño que se ensancha cada vez más. Y el detalle sorprendente desvelado por el maestro de que Minato no está siendo acosado, sino que él es quien acosa e intimida a su compañero de clase, el lindo Eri (Hiiragi Hinata: furtivo, conflictivo, tierno). Pero ambos son amigos, unos niños que han construido un mundo de fantasía en el bosque, donde se encuentran y juegan en un viejo vagón de ferrocarril abandonado.
Entonces la película vuelve al principio y representa el mismo período de tiempo desde la perspectiva de Hori, un recurso de estructura que se repetirá de varias maneras en el metraje. Pero los cambios de un punto de vista a otro no son rotundos. Esta obra no está tan claramente dividida entre sus personajes como en Rashomon. Tampoco Kore-eda parece interesado en la objetividad de los hechos, aunque cada ciclo va complicando lo que el espectador sabe al brindarnos más información. Y más, a medida que el creciente temor de Saori da paso a una manera más ambigua pero palmaria de malestar social, el enfoque hace gala de algunas lagunas y elementos de difícil comprensión.

Desde luego el profesor, el Sr. Hori, no es tan cruel como suponía Saori. De hecho, ocurre que muchos de los personajes más odiosos del filme son redimidos por variables adicionales que los reconvierten en mejores personas de lo que habría podido pensarse ad initio, salvados por un contexto adicional.
La única excepción importante está relacionada con el rumor más atroz de la historia, que se desplegará de una manera conmovedora y que está al servicio de una revelación obvia y tierna, verdad que se insinúa en todo momento, pero su confirmación final es tan poderosa como para recategorizar toda la película a su alrededor, un territorio delicado y sensible de afectos clandestinos.
Monster claramente da en qué pensar, y su confusa cronología no siempre es adecuada para dejar espacio a todo lo que la película intenta exponer. La estructura desestabilizadora del guion tiende a suavizar el impacto de las historias que no te dejan saber de qué se trata realmente hasta sus últimos minutos.
La actuación de Ando alcanza su punto máximo con una exhibición estremecedora de silencioso horror paternal al final del ciclo inicial de la película, y sus frecuentes ausencias del metraje son tan pronunciadas, que parece que Kore-eda ha olvidado algo en el camino.
También aprovecha la película su extraña cronología en formas poderosamente inesperadas. Un zapato perdido adquiere una capa adicional de significado cada vez que alguien se lo prueba; el sonido de un trombón errabundo en la sala de música de la escuela resuena con una nueva resonancia después de saber de quién proviene.
El universo siempre sigue expandiéndose, explica un personaje, y el tiempo se revertirá una vez que todo finalmente se rompa. Quizá entonces, sugiere Kore-eda, la «incorrección» que la gente usa para explicar lo que no comprende en los demás y en ellos mismos, también se revierta, e incluso los personajes incomprendidos en el corazón de esta inusitada película, renacerán como las personas que siempre fueron.

Aclarando hilos argumentales
Los personajes que van completando un melodrama enrevesado, múltiples caminos narrativos. Temáticas que constantemente afloran en un relato que golpea a sus personajes de manera inclemente: el machismo de una cultura que educa a los niños para ser «hombres», el miedo de las instituciones a que se cuestione su reputación, la desconfianza de los padres hacia la comunidad educativa, y también el alcoholismo, el maltrato infantil, la difusión de bulos en las redes sociales. Hay más, incluyendo secretos que buscan sorprender en cada cambio de punto de vista.
Lo más intrincado y difícil es que, en su afán por referir el sufrimiento de sus personajes, la película se desliza por la pendiente de lo siniestro. Por ejemplo, la sensación en algunos momentos de que alguno de sus personajes se pueda haber suicidado.
Y vamos siendo partícipes de cómo algunos de los protagonistas en la historia van tachando de «monstruos» a unos niños apesadumbrados, a una madre confundida, a un profesor apocado, a una directora de escuela hermética o a toda una comunidad abocada a la paranoia y la incomunicación. A todos ellos les toca expiar los pecados de una sociedad sumida en un pozo moral sin fondo.

Otras reflexiones, ley Campoamor
Así pues, filme centrado en una personalidad que varía según el lado del prisma que la contemple (Ley Campoamor). Kore-eda repasa el retrato de un niño apesadumbrado y deprimido, que en cada punto de vista tiene una motivación distinta para justificar sus acciones.
Obra que exalta temas universales, como la amistad, la homofobia, el amor materno, los malos tratos paternofiliales o el autodescubrimiento y el proceso identitario y psicosexual propio de la adolescencia.
Ello arrastra todo esto a buen término, aunque se use como excusa para hacer una crítica a este mundo: hablar sobre el bullying, criticar el sistema escolar (japonés, pero en general) y denunciar el amarillismo que la prensa necesita para mantener el interés del público: culpables sin pruebas, delitos sin juicio, verdades a medias que nadie se ocupa de investigar.
Kore-eda presenta los diferentes elementos de la historia y coloca las piezas de este ajedrez en forma tridimensional. Inicialmente solo tenemos un niño abrumado por sus conflictos y su profesor, del cual dice que le agrede y que le dice que tiene el cerebro de un cerdo. Pero como juega en el terreno del misterio, cada pieza que se descubre modifica la estructura de lo que creíamos hasta ese punto. Desvelar el misterio, la duda de un final que parece puede decepcionar, a no ser que haya un epílogo sorprendente.
Kore-eda continúa más allá, con una trama que va poco a poco, no queriendo dejar ir a sus personajes, cuando la película empieza a mutar en otro género, con lo cual sufre atascos por el camino.

Pero hasta llegar ahí, el gran director nipón se ha alejado de su típica familia, para hablar de la complejidad de los sentimientos que se confunden en el corazón del joven-niño, hasta que finalmente este se sincera, saliendo renovado de una experiencia transformadora, sin ese rasgo que se ha atribuido a sí mismo (sin merecerlo): el de monstruo.
Los monstruos de esta película no están en el interior de sus niños protagonistas, sino en cuanto les rodea: una infancia abusiva hacia quienes no se adaptan servilmente, una presión social que nadie se salga de lo convenido, embrollo mediático absurdo, incapacidad sintonizar y la tendencia de hacer complejo lo que es sencillo. El mundo monstruoso de la película son las madres protectoras, los profesores genuflexos que imploran estúpidamente perdón con ese lacónico y burocrático proceder japonés que nada alivia, o la directora que calla porque hablar resultaría peor. Todos ellos creen que son monstruos, pero la maldad no habita en ellos conscientemente. Por eso, esta historia es sobre niños incomprendidos a merced de un mundo adulto reaccionario y podríamos decir, cobarde.
Resulta conmovedor ir viendo tras las sucesivas claves y pistas —a veces falsas, otras no—, cómo emergen y se combinan las piezas de esta historia fracturada, para revelar y concluir una totalidad con momentos de iluminación conmovedores, verdades poligonales y misterios también, como en la vida misma.
Pues en último término estamos ante una cinta que se enfrenta al statu quo, película llena de belleza y humanismo, también de dolor y drama; con personajes bellos e imperfectos que buscan el camino correcto sin conseguirlo. El encomiable propósito de abordar la delicada y dolorosa separación entre el mundo infantil y el adulto, y la dificultad de comunicación entre ambos.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Vértigo films