Película social y el mal de la burocracia

Película dirigida por Delphine Deloget con un dinamismo, ritmo y emoción que atrapa. Estamos ante un melodrama familiar francés actual, intenso y desgarrador, que aborda la lucha de una sufrida y sufriente madre soltera por recuperar la custodia de su hijo, tras un desafortunado accidente doméstico y la intervención de la «autoridad».
Esta ópera prima de la directora francesa es más que meritoria y lo es igualmente la sensacional actriz Virginie Efira, cuyo trabajo en esta obra ha sido ampliamente elogiado por su profundidad y emotividad como heroína de la historia. El resto del elenco contribuye a la fuerza de la cinta.
La historia
Sylvie (Efira) es una mujer con dos hijos, el adolescente Jean-Jacques y un nene de ocho años de nombre Sofiane. Una noche, mientras ella trabaja, Sofiane, el más pequeño, sufre un accidente doméstico con la freidora de casa.
Aunque su hermano mayor acierta a llevarlo al Hospital, el hecho llama la atención de los servicios sociales, lo cual dará comienzo al duro acoso de los tales sevicios y a una larga batalla de Sylvie para no separarse de su hijo, pues la administración social y de justicia cuestiona la capacidad de la protagonista para cuidar de su familia.
El conflicto principal de la trama gira en torno a la lucha de Sylvie por recuperar a su hijo menor de la custodia estatal, enfrentándose a un sistema burocrático implacable. Pero Sylvie, valiente, está decidida a librar la batalla contra la maquinaria administrativa que se le ha venido encima plan buldócer implacable.
En este drama de madre con dificultades y sus vástagos se renueva la vigencia de las problemáticas relacionadas con este género de cine social. Los conflictos giran en torno a una mujer y a su capacidad para la maternidad, la crianza y el cuidado de la prole (la paternidad es muy someramente abordada en la película).
Lo que sabemos es que Sylvie trabaja duro en un bar de copas para sostener a la familia y debe por ello ausentarse del hogar para trabajar hasta altas horas. Con el devenir de la historia la veremos esforzarse por limpiar su vida, su imagen y su hogar, para volver a estar con los suyos.
La película tiene varias subtramas, como la de la carrera musical de Jean-Jacques como trompetista de una orquesta estudiantil o las relaciones de Sylvie con sus muy opuestos hermanos, el descarriado y siempre colgado Hervé (Arieh Worthalter) y el mucho más sensato y responsable Alain (Mathieu Demy), o la participación de la protagonista en un grupo de autoayuda, todo lo cual le otorga mayor densidad y matices al relato.
Dirección y guion
Deloget ha sido reconocida por su dirección sensible y precisa. Su habilidad para crear una atmósfera auténtica y emocionalmente resonante es el punto fuerte de la película. La dirección artística y la fotografía de Guillaume Schiffman complementan la visión de Deloget, capturando la esencia de las luchas cotidianas con un toque visualmente atractivo.
El guion, escrito por la directora en colaboración con Pierre Chosson y Julia Kowalski, tiene la capacidad de abordar temas complejos como la burocracia estatal y la custodia infantil, con sensibilidad y realismo. La narrativa es clara y bien estructurada, evitando clichés y ofreciendo una perspectiva fresca y humana.
Hay preguntas comunes a este tipo de obras que hablan sobre cómo ha de ser una buena madre y, por lo tanto, qué es ser mala madre. Si es preferible crecer cerca de la familia o hacerlo en un ambiente ordenado y estable; o qué es mejor, si recibir cariño o tener cubiertas todas las necesidades materiales; e incluso, la pregunta sobre las razones y motivos por los cuales elige una mujer ser madre.
Es sabido por la psicología y el psicoanálisis que no existe la madre perfecta. Freud, cuando una señora le preguntó cómo debía hacer para criar a su hijo, le respondió: «haga lo que haga, va a estar mal». De igual modo, el psicoanalista y pediatra Donald W. Winnicott refería el término de «madre suficientemente buena», para indicar que la madre «Buena» con mayúsculas no existe.
Aborda igualmente el filme el papel de los padres en el momento de transición a la adultez, y la dificultad que representa encontrarse en una situación en la que uno de los hijos, en la peli es el mayor, requiere de una especial atención. Pues, aunque Jean-Jacques sea capaz de valerse por sí mismo, sigue necesitando la presencia de su madre, su apoyo, su contención y su validación (incluso si su madre no es una virtuosa): un apoyo incondicional para transitar el paso a la adultez.

Estado y burocracia
Lo que iba a ser una situación transitoria en que una trabajadora social y su equipo toman cartas en el asunto, comienza a complicarse con una tupida red administrativo-judicial, pues acaban llevándose al pequeño Sofiane a un hogar de acogida. Lo que provoca que Sylvie entre en un estado de desesperación, por lo que acaba actuando de una manera que el «sistema» no tolera. Como que todo lo que haga una madre por su hijo no alcanza, pero, sobre todo, lo que es visto muy mal es la sobreactuación y la lucha a pecho descubierto.
Presente está el capítulo del rol que cumple el Estado en aras de garantizar el bienestar del niño, y el punto en el cual la burocracia del sistema tiende a la deshumanización y a la frialdad. De cómo crea una tupida red de normas y deberes prácticamente insalvables e imposibles de cumplir.
La cosa deviene situación imposible a causa de la máquina infernal, en palabras de Jean Cocteau, del Estado y la burocracia creada para el sometimiento y la despersonalización de los ciudadanos. De tanto ir y venir la madre a los servicios sociales, al juez o consultar a su abogada, Sylvie cree enloquecer; ella anhela tener a su pequeño, y evitar por todos los medios que lo envíen fuera de su hogar.
El viejo y reivindicativo Loach dijo una vez: «No rendirse es importante, porque la lucha sigue. Y la gente tiende a rendirse cuando se hace vieja». Pues bien, viendo y mirando atentamente esta cinta observo que hay una vuelta de tuerca más en lo que a crítica social y política contra el Estado se refiere, pues construye Deloget una cinta transparente y cruda sin más lecturas que el golpe en la mandíbula proveniente de este espacio cruel a veces de los servicios sociales, un sistema más kafkiano que el propio Franz Kafka, en los años de austeridad.
Deloget moldea con una mirada buena, pero sin caer en facilismos ni demagogias, un universo lleno de contradicciones. Ella, madre cuyo marido ha muerto, realmente quiere a sus hijos, pero a veces se ve obligada a adoptar los peores y más incorrectos comportamientos para llevar adelante la batalla contra un sistema judicial, hipócrita e incluso injusto.
La película, en fin, es un retrato gélido y muy cercano a la realidad de las relaciones administrativas de un ciudadano «débil» y un sistema que, aunque busque aparentemente el bienestar social, tiene pliegues aberrantes y escasa cintura para alisarlos.
Acabará la madre, el hijo mayor, su hermano y cuantos la rodean unidos ante la adversidad para luchar juntos como equipo, aunando sus fuerzas para lanzar un grito de protesta audible y claro. Porque si algo queda demostrado con esta película, es que la unión del pueblo llano, de la gente de a pie, es la única manera de hacerse oír ante las injusticias. Aunque la consecuencia es que tanto la madre como sus hijos y amistades se verán envueltos en una breña de aberrantes acciones administrativas, de las cuales es difícil escapar, salvo huyendo.

Los personajes y reparto
La obra construye personajes ricos y complejos. Si bien la capacidad para la maternidad de Sylvie es el objeto de escrutinio principal, en realidad no hay en la película ningún adulto que tenga su vida resuelta y todos son mirados con agudeza e incluso comprensión.
Virginie Efira da muestra de su inconmensurable maleabilidad, es el corazón de la película. Hacía tiempo que no veía una actriz francesa tan potente, expresiva y creíble. Un auténtico torbellino de fuerza y credibilidad frente a la cámara; prácticamente ella sola se echa la película sobre sus hombros sosteniendo con fuerza y eficiencia un filme intenso y conmovedor. Efira ha sido aclamada por este trabajo como madre desesperada pero resiliente, capaz de transmitir una amplia gama de emociones de manera terminante y creíble.
Los roles secundarios, especialmente aquellos que corresponden a los demás miembros de la familia, interpretados por Félix Lefebvre (el hijo adolescente), increíble por su emotividad y resolución el niño Alexis Tonetti; amén de Arieh Worthalter y Mathieu Demy, que están igualmente más que mejor, muy bien perfilados los personajes en el libreto y muy bien interpretados, delineando un ambiente denso y verosímil.
La película lleva un ritmo acorde con lo narrado y logra construir tanto momentos cotidianos sociales, como otros de gran intimidad. La lente capta la vulnerabilidad de Sylvie, las idas y venidas entre la esperanza y la desesperanza, su voluntad, su cansancio, su enojo, su hartazgo.
Cerrando
Melodrama social correcto y bienintencionado que remite al cine de los hermanos Dardenne, pero sobre todo al de Ken Loach. Está construido e interpretado con indudable prestancia, pericia y solidez, con una mirada que evita ser unidireccional y cierta elipsis que nos despega de la obviedad y el subrayado.
Pero al mismo tiempo es una de esas historias sobre pequeñas solidaridades y grandes estigmatizaciones que se vienen trabajando hace ya tiempo. Quizás la presencia de una actriz de renombre como Virginie Efira y el hecho de que se trate de la ópera prima de una mujer expliquen su selección para una competencia oficial de Cannes como es Un Certain Regard.
Sobre el final de la película Sylvie dice: «Cuando vas demasiado lejos no te queda a dónde ir”. La pregunta latente es: cuando no hay nada que perder, ¿cuánto de lejos es demasiado si se trata de un hijo?
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Divisa Red