NADAR (3)

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Título original: Nedar
País, año: España, 2008
Dirección: Carla Subirana
Producción: Xavier Atance
Guión: Carla Subirana
Fotografía: Carles Gusi
Música: Ricardo Santander
Montaje: Manel Barriere Figueroa
Intérpretes: Documental
Duración: 90 minutos
Distribuidora: Barton Films
Estreno: 7 noviembre 2008
Página web:   

Buscar en el olvido
Escribe Daniela T. Montoya

Se percibe en el desarrollo de Nadar (Nedar, 2008) un laborioso proceso de elaboración. Seguramente partía, como un documental más, casi como una experimentación que se limitaba a testimoniar una existencia cercana a quien lo dirige. Pero es esta proximidad la que marca la diferencia en la ópera prima de Carla Subirana, directora y guionista de Nadar, pero también protagonista colateral.

En busca de un héroe

nadar2.jpgCarla empieza a tirar de la madeja queriendo saber quién era su abuelo. Fusilado durante la Guerra Civil, su abuela Eleonor durante toda su vida se ha negado a hablar del tema, y su madre nunca ha querido saber de su padre. Ante estas perspectivas descorazonadoras, Carla se tira a la piscina y empieza a buscar entre los archivos municipales. El nombre del abuelo figura entre los listados de fusilados de los que informaba la prensa de la época. Revisando periódicos anteriores, se llega a un descubrimiento ilusionante, el apodo con que era conocido: El Arróniz.

Prosiguen las crónicas diarias relatando las acciones de El Arróniz. Ladrón de unas pocas tiendas de comestibles, fue condenado a morir fusilado. ¿El abuelo era un vulgar atracador o un idealista? Pero no todos los ladronzuelos salían en los periódicos ni, mucho menos, se narraban sus desventuras. Se acrecientan las dudas de Carla, por lo que recurre a testimonios de expertos en el tema. Por un lado, armeros y veteranos tiradores, quienes aseguran que el tipo de pistola utilizada por El Arróniz no era un arma propia de ladrones. Por otra parte, Joaquim Jordà, quien se sobresalta ante la obviedad. Apostillaban las crónicas que El Arróniz era el cabecilla de una pandilla que hacía “atracos con fines sociales”. ¿Hacen falta más aclaraciones? Obviamente, como afirma Jordà en la entrevista recogida en Nadar, los periodistas se debían referir a ellos como “ladrones”, porque la autoridad impuesta tras el golpe de estado no permitía reconocer la existencia de grupos de resistencia.

Así, las primeras pesquisas confirman el perfil heroico del abuelo de Carla, pero sigue existiendo un vacío en la representación del hombre que queda oculto tras el apodo de El Arróniz. La directora introduce, en la investigación documental de Nadar, fragmentos ficticios que completan el retrato silenciado sobre su abuelo. Son reconstrucciones que aluden a la iconología del cine negro de los años 50. En blanco y negro, con gabardina y sombrero, Carla imagina a su abuelo fumando en la penumbra. O cuando iba a recoger a Eleonor a los cines Alexandra, en donde ella fue taquillera. En ambos casos, se trata de un hombre misterioso, con cierto aire seductor, pero al que nunca veremos su rostro. Continúa, pues, siendo un retrato incompleto.

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Reconstruir la familia

Es ético, en el documental, incluir aquellos pasos titubeantes que pueden haber dado lugar a un traspiés en el fluir de la investigación. Seguramente este sea el caso de la entrevista que mantiene Carla con Abel Paz, referente histórico del movimiento revolucionario durante la Guerra Civil y la postguerra. La finalidad era intentar ponerse en la piel de su abuelo, concretamente sacando a flote aquel espíritu de lucha que les impulsaba a pelear contra el franquismo. Pero eso es algo que no se puede describir. Sin embargo, el hecho de preguntarlo constata la idealización que cala en la memoria. De la mano de Carla, su madre, quien nunca preguntó por su progenitor, es conducida ante una columna de piedra en la que está inscrito el nombre de su padre. Ni siquiera recordaba el nombre completo. Pero ahora, tras leerlo en una pilastra, incluida en un conjunto dedicado a la memoria de los caídos durante la guerra, la figura paterna olvidada entra a formar parte de la historia familiar.

nadar1.jpgCiñéndonos a la investigación de Nadar, tampoco fue demasiado acertado elegir como informante a la hermana de Eleonor. Pero, a pesar de su negativa a hablar de cosas que Eleonor ha enterrado en su memoria, el viaje hasta el pueblo montañés de Monrrós supuso el (re)encuentro con el resto de la familia Subirana. Primos y tíos que apenas se reconocen. Unos, Carla y su madre, urbanitas desde que su abuela emigró a la capital catalana; otros, ganaderos, viven en y del mundo rural.

Es una familia tan real, por la vinculación sanguínea, como fantasmagórica, por la ausencia de contacto durante décadas. Comparten apellidos, un mismo origen, unos mismos antepasados y, sin embargo, las reuniones familiares que Carla recuerda es con otras madres solteras, divorciadas o viudas con las que los Subirana de Barcelona celebraban las fiestas navideñas.

Con el viaje a Monrrós, se cuestiona la filiación como vínculo familiar. Pero, a medida que avanzan las pesquisas sobre el matrimonio apalabrado entre Eleonor y El Arróniz, entra totalmente en crisis cualquier noción convencional de los lazos familiares. Sin que éste se llegase a formalizar, consta en los archivos municipales un matrimonio anterior por parte de él. Quizás eran sus líos de faldas los que afligieron a Eleonor como para llegar a evitar hablar de él. Quizás fue el hecho de haber mantenido una relación con un fusilado lo que obligó a ser precavidos y no mentarle.

El tiempo y la memoria

nadar3.jpgSólo después de muchos años, una vez superada la dictadura, la viuda de Arróniz pudo reclamar una pensión por su marido fallecido. A partir de esta demanda, Carla encontró una filiación no-legalizada con su abuelo: Dolores, la hermana del ladrón que atracaba “con fines sociales”. Es otro nudo más que Nadar descubre en las ramificaciones de la familia Subirana. Un nuevo vínculo, irreconocible por la falta de contacto, pero próximo hasta el punto de que por fin permite poner rostro al abuelo. Es decir, cumplimentar un vacío en la historia de su familia.

Es hora, pues, de desmontar el decorado en el que Carla situaba la figura idealizada de El Arróniz. La directora de Nadar ha superado las dificultades que se ha ido encontrando en su particular recuperación de la memoria histórica, a saber, la rápida evolución de la enfermedad de Alzheimer que han ido heredando su abuela y su madre, y el silencio impuesto por el contexto sociopolítico.

El premio: una foto descolorida. 

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