Hilarante desparramo desde el cielo
Basado en un episodio acaecido en 1985 en el Bosque Nacional Chattahooche-Oconee, ubicado en Georgia, Oso vicioso rescata el asunto de un oso intoxicado con parte de los más de 100 kg de cocaína procedentes de un avión accidentado. El aparato era pilotado por un expolicía devenido traficante, quien arrojó varios kilos de la droga antes de lanzarse al vacío. El avión fue colocado en piloto automático mientras Andrew Thornton tomaba la decisión de saltar, el paracaídas no respondió, el narco falleció. También el oso encontrará la muerte luego de consumir gran parte de la cocaína desparramada en el terreno.
Elizabeth Banks toma la idea y se asocia a Weta, compañía especializada en efectos especiales fundada por Peter Jackson, con sólidos antecedentes en producciones como El señor de losanillos (Peter Jackson, 2001) y Avatar (James Cameron, 2009), entre otras.
Utilizando un traje de licra negro, guantes negros y un casco con hocico de silicona, Allan Henry se metió en la piel del oso malayo, para luego trasladarse a los estudios de Weta en Nueva Zelanda, y completar el diseño de las expresiones faciales del animal. Varias escenas debieron repetirse en un plató virtual, con un traje de captura de movimiento, y la intención de afinar detalles en las expresiones faciales y oculares del plantígrado.
La comedia y el terror se dan la mano. Un híbrido consecuente con la industria, minimización de riesgos comerciales; oso que ingresa a escena siendo su «adicción» a la cocaína el único ingrediente diferente, excusa que transforma en poderoso a un supuesto animal pacífico («según Wikipedia»).
Tampoco está ausente el toque gore, pequeñas pinceladas de episodios sangrientos concentrados en la oficina del guardabosques; una secuencia que se extiende en la espectacular persecución de la ambulancia, lo más interesante de la apuesta (siempre en términos de pasatiempo). Entretiene con relatos paralelos que convergen ante la presencia de un oso cocainómano presa del descontrol.
Bolsos lanzados desde una avioneta contienen cocaína a la espera de ser recogida por una banda de narcos. Un oso encuentra parte de la mercancía y termina drogado. A partir de allí, el jefe del grupo incursionará en la zona en un intento por recuperar la droga.
No mucho más a destacar, el producto, por sus características de género, y en relación al objetivo, afecta a un sin número de estereotipos y lugares comunes.
Absurdo teñido de tontería extrema, la receta del todo vale se esparce como la cocaína, sin quitar mérito a una cinta pareja por lo ágil, nunca decae, la risa funciona, es impuesta en el relato. Una droga para los sentidos, repetición del efecto por costumbre, mantiene la atención en el instinto empecinado de un oso drogadicto que suele aparecerse de la nada. 95 minutos regulan un suspenso inexistente en la exposición a un modelo llano que irrumpe a tirones, el «oso asesino» tiene sus momentos y respetos, jamás destruye a los niños, el thriller nunca llega a escena.
Producto de escasa imaginación nutrido de pasajes esperables donde la narrativa apela a algunas breves interposiciones indicativas de situaciones de momento intercaladas. La banda de adolescentes intercede en el camino, breve irrupción que evita la aparatosidad de flashbacks innecesarios, el relato debe mantener su ritmo concentrado en la peripecia que se viene, lo otro es solo un señalamiento al pasar que anuncia la próxima secuencia. Resuena el recurso cuasi imperceptible utilizado tan solo un par de veces.
El oso es lo más real que podemos ver, su accionar entraña saltos y caídas en medio de un tránsito irregular que, por momentos, lo excluye del centro de la escena. La omnímoda presencia afinca desde la presentación del afiche, siempre sabemos que el oso pierde el control y atacará; aunque, quizá haya quienes sientan sus expectativas traicionadas por un producto que intenta extenderse hacia un público masivo. La sangre será dosificada en pequeñas irrupciones que solo hará prevalecer lo espectacular por un instante.
Filme de momentos repartidos, no tiene la homogeneidad de un slasher, no arraiga en persecuciones tediosas y esperables.
La incursión policial abreviada otorga un tinte de trayecto equilibrado, matizado en la circunstancia: el oso es protagonista parcial, no hay abusos. Las apariciones dan descanso, desarticulan cualquier intento de establecer momentos intrigantes; un accionar demasiado transparente inunda el trayecto hacia el desenlace previsible.
Los ingredientes de siempre, Syd es la maldad en su esplendor, bisagra divisoria, tajante articulación para dos o tres categorías morales: los malvados, los buenos y los malos que se arrepienten. El oso es distinción neutra, puro instinto pervertido por la negligencia de lo humano; intervendrá para destruir, prevalecer y permanecer, lógica animal determinante, el bien no será tocado, el azar sabe excluir la codicia.
Por eso, la «perversión» del animal no llega a destino, su ser no es moral establecida, no existe decisión ni libre albedrío, solo puede ser en la circunstancia. La naturaleza tiene «pensada» una posibilidad para su accionar en condiciones alteradas, lo que no debería estar se introduce, desata la propia destrucción de los humanos.
El humor negro interfiere desde la ironía del cuidado de los bosques, la preocupación por los incendios es el pequeño problema que habita desconocidos males mayores; el narcotráfico es la inconsciencia de la especie humana proyectada en el instinto destructivo de un oso. La estupidez del hombre; la propia ruina, a la sombra de la especie, encarna en la forma de un depredador pacífico (otra vez «según Wikipedia»).
Oso vicioso es la parte autodestructiva del humano, versión objetivada, extraída hacia el afuera y confrontada ante los que buscan salvarse (la madre y los niños), quienes quieren reivindicarse (gangsters arrepentidos) y quienes insisten en el intento por mantener esquemas delictivos que anidan en la destrucción (Syd, el jefe narco).
El mundo de los humanos altera la naturaleza para volverla en su contra. Rupturas, caos desbordante que enceguece los destinos, como siempre, el depositario del mal tendrá su lección del día, el perjuicio no saldrá indemne, la «justicia» opera desde lugares comunes.
Una película modesta en su intención, la figura del oso es el punto más cuidado, disfrutable en su realismo, un pasatiempo que entretiene sin mayores pretensiones ideológicas.
Escribe Álvaro Gonda Romano