Pacific Rim (1)

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Nada nuevo bajo el océano

pacific-rim-0Gran parte de los recuerdos de las salas de cine de mi infancia se dibujan siguiendo las líneas rectas y los colores brillantes de los robots gigantescos que defendían Tokio y otras ciudades niponas de las amenazas de villanos maléficos. La primera película que recuerdo era una asombrosa versión de Mazinger Z con personajes de carne y hueso, que despertó mi extrañeza ante la disparidad entre el diseño del robot de la serie animada y el del largometraje (1). Por entonces, no conocía a ningún amigo que no se sintiese fascinado con las aventuras de los Mecha, los robots gigantes japoneses.

Muy pocos años después, disfruté con la misma devoción y algo más de terror las sesiones dobles de Kaiju-eiga (películas de monstruos como Godzilla) que se proyectaban en el cine Levante, en sesión doble.

Este ejercicio de nostalgia no tiene por objeto argumentar que la calidad de aquellas películas fuera superior al proyecto de Guillermo del Toro; sin embargo debe dejar claro que fueron los japoneses quienes, al menos, contaron con el beneficio de inventar un género que se nutría de su propio imaginario y sus temores bélicos.

Y es que si de algo adolece Pacific Rim es de falta de originalidad: un mal tan antiguo como renovado en ese pérfido ejercicio de falsos homenajes y mal digeridas influencias del que la Oblivion de Tom Cruise constituye el máximo ejemplo; un cine que se permite recortar y pegar fetiches legendarios —como el ojo de HAL— y líneas argumentales enteras de los clásicos para reconstruir películas absolutamente carentes de alma y generosidad creativa.

Sería justo decir que Guillermo del Toro no es tan osado como Joseph Kosinski, y que homenajes aparte —su película juega con ideas de Operación Trueno, La guerra de los mundos, Matrix, Abyss o Stargate, por citar sólo cinco clásicos— el mexicano ha sabido imprimir su personalísimo sentido estético, además de su particular sentido del humor para que el melodrama no desborde a chorretones entre una y otra batalla.

Pero más allá de eso no encontramos nada destacable en este prodigio técnico construido sobre un libreto absurdo, que no puede salvarse con la aparición de Ron Perlman ni con las efímeras gracietas de Santiago Segura, que no se prodiga más allá del mero cameo. 

En realidad, si uno es capaz de abstraer toda la parafernalia robótica, nos encontramos ante una historia de amor universitario entre adolescentes, con los típicos jugadores de Rugby que pugnan por el amor de la chica mientras el mundo se deshace a su alrededor.

La figura paterna del entrenador/mariscal, convenientemente pasada por el filtro freudiano con todas sus consecuencias edípicas, es paradójicamente la única que protagoniza un gag aceptable en el filme, puesto que los histriones Charlie Day y Burn Gorman, encarnación de los nerd universitarios, apenas consiguen entonar un rosario de muecas.

Mención aparte, como se ha sugerido antes, merece el aspecto técnico: el consabido goticismo industrial decadente que ambienta las películas de Guillermo del Toro alcanza aquí su culmen, con el gigantismo inherente a toda película Mecha que se precie.

Por otro lado, las batallas entre los monstruos oceánicos y mecánicos no desmerecen el talento visual del mexicano, pero… ¿Qué se hizo del resto? ¿Dónde quedan los destellos de talento de Cronos, Mimic o El laberinto del fauno? ¿Dónde, aunque sea, el  sarcasmo como contrapunto a la comercialidad de Hellboy? Nadie lo sabe, aunque quizá tenga que ver el hecho de que él no sea el guionista de este Burguer-eiga.

Ello no es óbice para constatar que nos hallamos ante un desastre de película, más que ante una película de desastres, que por muy poquito supera los ya consabidos intentos de la saga Transformers por occidentalizar el Kaiju-eiga. La principal ventaja de ésta sobre aquélla es que al menos no debemos soportar a  Shia LaBeouf.

Escribe Ángel Vallejo


(1)               La película en cuestión (Mazinger, el robot de las estrellas, 1978), resultó ser la versión taiwanesa de un Mecha japonés que se hizo famoso gracias a una serie de televisión y sobre el que se editó un cómic en España, a cargo del dibujante valenciano José Sanchís Grau, en la revista Pumby.

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