Pequeñas cartas indiscretas (2)

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Palabrotas liberadoras

Basada en un hecho real ocurrido hace un siglo, en una localidad costera del sur de Inglaterra, Pequeñas cartas indiscretas (Wicked Little Letters, 2023) retrata una sociedad, no tan lejana, en cuanto a comportamientos intransigentes se refiere, sobre todo respecto a las mujeres. Y es que nadie se hubiera escandalizado hace un siglo, ni hoy mismo, por oír a un hombre blasfemar, insultar o decir palabrotas en público.

Sin embargo, la misma conducta, a pesar del tiempo transcurrido y de que ya no escandalice a nadie, sigue estando mal vista en una mujer. Lo que en un hombre se podría interpretar como signo de poder, autoridad o energía, en boca de una mujer se traduce en vulgaridad, vileza y amoralidad, incluso. Más en los tiempos tan machistas que corren.

Si al descaro expresivo de decir tacos sumamos ciertos vocablos escatológicos, típicos de la etapa anal, y sexuales, más propios de la adolescencia, el cóctel puede resultar de lo más explosivo, a la vez que cómico, al parecer, por lo liberador que puede resultar desahogarse cuando se ha sufrido una represión continuada en el tiempo.

La directora Thea Sharrock, se apoya en un guion del humorista Jonny Sweet para reconstruir una historia verídica ocurrida en el pequeño pueblo costero de Littlehampton, al sur del condado de Sussex, a comienzos de los años 20.

La acción comienza cuando Edith Swan (Olivia Colman), una solterona puritana que vive con sus ancianos padres, empieza a recibir cartas anónimas de contenido obsceno e insultante. Todas las sospechas recaen en su vecina Rose Gooding (Jessie Buckley), una joven impetuosa, que a causa de sus acusaciones es detenida.

Cuando Rose es puesta en libertad bajo fianza, a espera de juicio, todos los vecinos del pueblo empiezan a recibir este tipo de correspondencia, lo que refuerza la creencia en su culpabilidad. La agente de policía Gladys Moss (Anjana Vasan), convencida de su inocencia, intentará resolver el caso junto a un grupo peculiar de mujeres del pueblo.  

La historia y el guion

Sería recomendable ver la película sin preocuparse por indagar previamente en el caso real y jugar, como hace la agente Moss, a adivinar quién hay detrás de las misivas. Añade un aliciente más a esta entretenida película, menos banal de lo que aparenta, aunque tampoco hace méritos para no parecerlo.

La historia que describe el guion ocurrió realmente. La acusada fue juzgada en 1923 y encarcelada porque no tenía dinero para pagar la fianza. El seguimiento del caso tuvo una gran repercusión social y fue muy comentado en su momento, incluso en el Parlamento. La prensa se hizo eco de él y el Daily Mail de la época lo bautizó como El misterio del caso costero (The seaside mistery).

Cuando Sweet conoció el caso real pensó que no era ocasión para desperdiciar una historia verídica tan jugosa, en la que había suficiente material para escribir un guion original y divertido con contenido, según ha declarado. Si la historia hubiera sido fruto de la imaginación del cineasta seguramente nos hubiera parecido increíble, por eso una sobreimpresión al inicio de la película nos advierte de lo contrario. 

El guion descarga todo el peso de la trama en los personajes principales y no se complica con los entresijos del caso auténtico. Edith y Rose acaparan la mayor parte de la atención, pero también la joven agente o el padre represor, sin olvidar a otros pintorescos habitantes del pueblo, todos ellos peculiares.

Ser policía o madre soltera, beber y fumar, acudir al pub o convivir con un novio, entre otras causas, aparte de tener opinión propia y decir tacos, no era una conducta muy femenina, entonces, y se penalizaba con el desprecio y la marginación, como poco. Llegada la ocasión, como es el caso, incluso con la cárcel. Solo hay que ver cómo tratan los hombres del pueblo a las mujeres que se atreven a ser diferentes.

Todas esas conductas quedan explícitas en el guion de Sweet que, en un intento confeso de equilibrar drama y comedia, se decanta claramente por la segunda. El resultado es un producto entretenido, intrascendente. Precisamente, por ese enfoque tan cómico que desactiva cualquier intento de reivindicación o denuncia. Aunque sí evidencia la represión que sufrían las mujeres, en todas las esferas de su vida, en aquel tiempo, y lugar, tan apegado a las convenciones sociales.

Precisamente, por ese enfoque tan cómico que desactiva cualquier intento de reivindicación o denuncia.

Thea Sharrock

Directora de cine y teatro británica. Su carrera artística se desarrolló brillantemente en el mundo del teatro hasta que en 2012 la tentó la televisión y dirigió un episodio de la miniserie La corona vacía: La corona vacía: Enrique V (2012), a la que siguieron dos episodios de ¡Llama a la comadrona! (2013-2014) y uno de Britania (2021).

Su debut cinematográfico se produjo en 2016 con Yo antes de ti (Me before you), un drama romántico basado en una novela de Jojo Moyes que también la adaptó al cine. Le siguió El magnífico Iván (2020), una película de animación para toda la familia protagonizada por animales, con guion de la propia Sharrock. Pequeñas cartas indiscretas es su tercer largometraje; y se acaba de estrenar en Netflix El juego bonito (2024), donde vuelve al drama inspirado también en un caso real.

La incorporación de Sharrock al proyecto de Pequeñas cartas indiscretas fue posterior a la escritura del guion e incluso a la de Colman (que también participa en la producción). Le gustó según ha confesado el equilibrio con el que trata temas tan intensos en un tono ligero, sin restarles importancia.

Un aspecto que no todos los espectadores consideramos una virtud del filme. Ella aporta a la película su experiencia como directora de teatro, dirigiendo a un elenco de actores muy profesionales con la destreza que le otorga su bagaje. Claro que era difícil equivocarse con un plantel así.

La película funciona como una comedia de intriga de tono ligero a lo Se ha escrito un crimen (aunque sin muerto).

La película

La película funciona como una comedia de intriga de tono ligero a lo Se ha escrito un crimen (aunque sin muerto) en el que una detective desautorizada y un equipo de apoyo poco convencional se lanzan a la aventura de descubrir al culpable, al margen de la investigación oficial.

Tras este envoltorio genérico, al más puro estilo whodunit salpicado de humor inglés, subyace un verdadero drama que se desencadena, concretamente, por un problema de falta de libertad. La forma que tiene de manifestarse es a través del contenido insultante de unas cartas anónimas que exponen a la luz pensamientos reprimidos.

Sin desvelar necesariamente la verdadera autoría de las cartas podemos afirmar que la intención inicial del remitente obedece más a un desahogo íntimo que a una necesidad de perjudicar a nadie. Una necesidad de liberación personal y social en una época de posguerra difícil y muy patriarcal.

Pero eso lo descubrimos a mitad de la trama cuando la frustración y el odio hacia una educación represora se desborda y deja al descubierto un volcán de amargura. Sin ese germen inicial nunca hubiera habido caso real ni una mujer inocente hubiera sido acusada injustamente que, además de la cárcel, a punto estuvo de costarle la custodia de su hija.

Así de dramático es el caso, pero no el enfoque que vemos en la película ¿Acierto o equivocación? Un poco de ambos. Y eso, también molesta. 

A pesar de ser una película de época tiene un aire intencionadamente moderno. La propia directora ha dicho que la película «no pretende resultar moderna, simplemente porque lo es».  Sin duda se refiere, aparte del citado enfoque, a que muchos de los temas que subyacen siguen estando de actualidad hoy en día. De ahí esa sororidad que desprende, tanto por la alianza entre las mujeres del grupo de investigación clandestina como por la relación entre las dos protagonistas. Dos mujeres unidas por todas las diferencias posibles en un contexto común de dominación patriarcal, «porque, aunque somos rivales, nos reconocemos la una en la otra», ha declarado Buckley en una entrevista.

Edith es una mujer devota, cohibida por la autoridad de su padre. Lleva una vida anodina de solterona, educada y conducta intachable. En su juventud estuvo comprometida, pero la relación se malogró. Cuida de sus octogenarios progenitores: un padre controlador y una madre pusilánime y anulada, que coartan su libertad. Como mujer ingenua manifiesta un interés entusiasta por su nueva vecina Rose, cuando llega al pueblo, pero todo se tuerce.  

Rose representa todo lo que Edith reprime. Es abierta, natural, desinhibida, dice lo que piensa, utiliza tacos, fuma y bebe, vive con su novio músico y es madre soltera (aunque eso se descubre más avanzada la trama). Representa la subversión de la más rancia moralidad.

Judith y Rose son dos mujeres antagónicas. No obstante, cuando se conocen empatizan y, a pesar de sus diferencias, se hacen amigas. Cada una posee características que la otra admira: la bonhomía de Edith atrae a Rose, cuyo desparpajo y extravagancia encantan a Edith, pero será el enfrentamiento de Rose con el padre de Edith el que malogre su relación.

Todas son mujeres raras (por diferentes) y fuertes, con mucha personalidad, anuladas al principio de la película por la autoridad de los hombres,

Rose no goza de buena reputación en el pueblo por la libertad que exhibe, por eso cuando es acusada por Edith como autora de las cartas obscenas nadie lo cuestiona. Excepto la agente Moss.

Gladys es la primera mujer policía del condado de West Sussex. Una rareza para la época. Es una joven seria, inteligente y competente, menospreciada por la comunidad masculina. Policía de vocación, se topa con la realidad de una institución a la que tiene idealizada por admiración a su padre, ya fallecido, agente condecorado del cuerpo.

El papel de la joven investigadora no es tomado en serio ni por su superior ni por su compañero (que solo la utilizan como recepcionista y camarera), ni por el resto de hombres del pueblo: «¿Una mujer policía? Mira, un cerdo volando», bromea el padre de Edith, ridiculizándola.

Todas son mujeres raras (por diferentes) y fuertes, con mucha personalidad, anuladas al principio de la película por la autoridad de los hombres, pero según avanza la historia se van empoderando en sus respectivos roles. En Edith se produce el cambio más sorprendente. También en Rose, que a pesar de su conducta desinhibida esconde un secreto por miedo a un repudio aún mayor. Pero la más empoderada es Gladys que de dócil agente pasa a brillante investigadora clandestina, ayudada por un par de mujeres también marginadas: una viuda algo estrafalaria y una fortachona con aversión por la higiene.

Hay una intencionalidad evidente por establecer esa dicotomía entre sexos: ellos ostentan el poder e imponen su voluntad y ellas la acatan y obedecen, tanto en el ámbito privado como público. Hasta que todo estalla en esa comunidad británica misógina de postguerra.  

Lo que podría haber sido una película reivindicativa sobre el empoderamiento femenino en el que un grupo de mujeres inteligentes (algunas no necesariamente cultas) enfrentadas a una horda de hombres retrógrados, machistas, ridículos e incompetentes que tratan de oprimirlas y acallarlas (con la única salvedad del joven novio de Rose) se convierte, dado el enfoque humorístico de la historia, en una banalización de aquello que pretende denunciar.

La autora se toma todas las licencias posibles para trasladar una historia del pasado a un contexto más moderno y actual, no solo por esa sororidad, empoderamiento o antimachismo que , sino por la utilización de ciertos recursos visuales y de puesta en escena (iluminación, movimientos de cámara, sobreimpresiones, cámara lenta, etc.) que desactivan cualquier lectura seria que vaya más allá de la anécdota. 

Otra de esas licencias sorprendentes es la armoniosa convivencia racial que muestra,  muy en boga en series de época recientes como Los Bridgerton (2020-2024), Sanditon (2019-2023), o películas como Persuasión (2022); un recurso tan exótico como anacrónico con una intención evidente por mostrar un inclusismo social alejado de la realidad del momento.

Por mucho que las colonias aportaban al imperio personajes variopintos, no debía ser frecuente que fueran aceptados sin inmutarse (como el novio de Rose) y menos si ocupaban cargos de importancia, como un juez negro o la mujer policía hindú (la auténtica Gladys Moss era de raza blanca).

Otra de esas licencias sorprendentes es la armoniosa convivencia racial que muestra,  muy en boga en series de época recientes.

La interpretación

Thea Sharrock dirige a un reparto de actrices y actores de la solvente cantera británica, curtidas y curtidos en el oficio, que saben colocarse en cualquier piel y resultar creíbles en todas, empezando por el duelo entre ambas protagonistas.

Olivia Colman construye un personaje complejo, tan tierno e ingenuo como retorcido, pícaro e hipócrita, a la vez; con varias caras, que exhibe según el momento, en un ejercicio de versatilidad asombrosa.  

Buckley se despacha a gusto como su némesis. Su personaje tampoco es corriente, representa a una mujer adelantada a su tiempo. Enseña el culo, maldice, bebe, fuma y juega a los dados en la taberna con los hombres.

Ambas exhiben una vis cómica muy alejada de la intensidad dramática de aquel primer encuentro que protagonizaron en La hija oscura (2021), de Maggy Gyllenhall, donde interpretaban el mismo personaje en dos épocas distintas de su vida y en el que Buckley brillaba con luz propia.

Sin embargo, hay parecidos razonables, en sus respectivos roles en las dos películas, porque tanto en uno como otro registro, a Colman le ha tocado en ambos casos la parte contenida, intensa (su personaje actual y el misterio del caso, obligan) y a Buckley la parte desatada, explosiva.  

Están secundadas por una actriz tan solvente como Anjana Vasan que convierte su inexpresividad en puro sarcasmo visual cuando de reaccionar ante los comentarios sexistas de sus compañeros se trata, y que también revela una vis cómica basada en la seriedad, a lo Buster Keaton. Hasta sus grandes ojos saltones les asemejan.

El otro fichaje importante es el incombustible Timothy Spall, tan impecable como siempre en cualquier rol que se le exija, e inolvidable por su papel del pintor inglés William Turner en Mr. Turner (2014).

El Sr. Swan es un hombre déspota, misógino y sin empatía. Ejerce sobre su hija un poder omnímodo que la anula y reprime hasta que estalla.  

Cuando Edith empieza a recibir las cartas ofensivas, su padre la alienta a que denuncie a su vecina Rose. No hay nada que le incite a pensar que puede ser ella, porque la letra de las cartas revela que provienen de una persona cultivada, algo que la joven madre no es, pero eso no le detiene. Un hombre como él tan amargado (ha perdido a sus dos hijos en la guerra) y apegado a los convencionalismos sociales no puede permitir que mujeres como Rose campen a sus anchas con tanta libertad. Son un mal ejemplo.

El histrionismo de Spall, sus gestos exagerados, como el del resto de personajes, es uno de los recursos cómicos más utilizados y que surte efecto por contraste con la cara de palo (a imitación de su referente) de la agente Moss.

El lenguaje en esta historia tiene vida propia y la película lo explota. Sobre todo, el lenguaje soez e injurioso.

El lenguaje como personaje

El lenguaje en esta historia tiene vida propia y la película lo explota. Sobre todo, el lenguaje soez e injurioso. De hecho, es el desencadenante del conflicto y de la historia en sí.

«Querida Edith, eres una vieja zorra buscona, una asquerosa embustera y una apestosa golfa»; «Saco de mierda apestosa, vieja cabrona rancia»; «Deberían follarte por la nariz, gusano asqueroso»…

Frases como estas que aparecían en las misivas, se repiten una y otra vez, en boca de distintos personajes, a lo largo de todo el metraje, con una frecuencia abusiva. Cuando no son expresadas verbalmente las vemos escritas e incluso son utilizadas como recurso estético, sobreimpresionadas en tamaño gigante durante los créditos finales de la película, como una especie de mantra. Como si se pretendiera que el espectador no se olvide de ellas. Un recurso de anclaje, como otro cualquiera, contra el olvido de una película, que de otro modo no será recordada.

La historia es muy original, pero eso no es un mérito del guionista ni de la directora (ya sabemos que la realidad supera a la ficción), su enfoque sí, y esa es una opción personal que se puede compartir o no. No compartirla no impide disfrutar de un rato entretenido de cine bien hecho, a secas, que podía haber sido mucho más.

Y es que a falta de pan…

Escribe Leo Guzmán | Fotos DeAPlaneta

Más información sobre el tándem Colman-Beckley:
La hija oscura (3)