Poltergeist (2015) (1)

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¿Era preciso?

poltergeist-1Innecesaria revisión del mundo ideado por Tobe Hooper y Steven Spielberg con un producto que no acaba de encontrar su razón de ser y que en los espectadores veteranos produce una continua tentación de compararlo con el original de 1982, con el que pierde todas las batallas, mientras que al público más joven no llega a sorprenderle ni asustarle porque ya es un espectador acostumbrado a este tipo de propuestas más o menos ligeras. Todo un síntoma de cómo está el panorama en Hollywood: nada de apuestas arriesgadas, hay que apoyar lo discursivo y la claridad, obviando esa capacidad de sugerencia, cierta oscuridad y la ambigüedad que subyacen en el primer Poltergeist.

Ilustremos lo dicho con ejemplos.

Empezando por el final.

En el film de 1982, una vez resuelto el drama familiar, los protagonistas abandonan su “nuevo hogar” para instalarse en un pequeño apartamento donde lo primero que hacen es dejar la tele fuera, origen y símbolo de las desgracias que han tenido que vivir en los últimos días para recuperar a su hija Carol Ann del más allá. Rapidez, capacidad de síntesis y sin necesidad de más explicaciones. Comienzan los créditos finales y, tras el terror que hemos padecido durante la proyección, acompañado con abundantes disonancias sonoras, el gran Jerry Goldsmith nos ofrece una de sus piezas más recordadas: una nana cantada por un coro de niños, Carol Ann’s theme, un fragmento musical dulce, agradable, que devuelve la tranquilidad a los protagonistas y relaja el ambiente en el patio de butacas.

La fórmula ha sido imitada en multitud de ocasiones, oponer imagen y sonido, buscar en ese contraste la inquietud, la duda, el temor… En definitiva, la capacidad de sugerencia

En Poltergeist (2015) no contamos con el recordado Goldsmith a cargo de la partitura, sino que su lugar lo ocupa Marc Streitenfeld, un músico conocido sobre todo por sus colaboraciones con Ridley Scott (Un buen año, Robin Hood, parte de la banda sonora de Prometheus), un profesional del cine de Hollywood actual que resuelve la papeleta final con un tema titulado Home Free

Efectivamente, el fragmento recuerda a la nana, aquí sin coros infantiles, pero con una caja de música familiar, más o menos entrañable, que insinúa por momentos la melodía de 1982. No hay plagio, pero tampoco originalidad. No es un mal tema, pero queda muy lejos del original. Si no conociéramos la solución ideada por Goldsmith, la propuesta de Streitenfeld podría ser curiosa.

Pero los antecedentes están ahí. Y pesan como una losa.

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¿Rehacer, actualizar o simplemente fotocopiar?

Un quiero y no puedo que refleja a la perfección lo que es toda la película: intentar distanciarse en algún momento del original, para regresar al film de Hooper y Spielberg rápidamente, por temor a perder… ¿perder qué?

No hay originalidad, si acaso unos planos repetidos en varias ocasiones de unas torres eléctricas. Quizá como insinuando que esa fuente de energía tiene algo que ver con la aparición de seres del más allá en esta casa que está situada, cómo no, sobre un antiguo cementerio, cuyo moradores deciden salir de su tumba en un momento dado… aunque no en la piscina, como en 1982, sino en el propio jardín.

Algún apunte para distanciarse.

Y, rápidamente, el hitchcockiano run for cover buscando volver al film original, porque las propuestas originales no llevan a ningún sitio y pronto son abandonadas.

Así, sin más.

Y siendo lamentable que las pocas ideas con cierta novedad se abandonen, peor es el afán del film por cerrar otras historias en sí mismas innecesarias. Veamos como ejemplo el cambio operado en esta “actualización” en la médium que interpretaba la inquietante Zelda Zubinstein en 1982.

Allí era un personaje enigmático, feo, algo grotesco, que inspiraba cierto temor en la familia, aunque fuera la única solución para encontrar y recobrar a Carol Ann del más allá.

Aquí la trama se “actualiza” y es un presentador de un reality show televisivo el que debe entrar a sacarla, el único capacitado en estos tiempos de espectáculos de masas. Lo que podría ser una crítica a la televisión o un intento de dotar de contenido serio a la investigación “en el más allá”, acaba transformado en un duelo entre ciencia y espectáculo, porque por allí también deambula una científica que no cree en esos espectáculos televisivos.

Hasta ahí vale, aceptamos la actualización.

Pero la película pronto se convierte en otra cosa. El duelo ciencia-espectáculo es algo más, porque el presentador y la científica han sido pareja en el pasado y se han separado por motivos obvios. Que luego unan fuerzas y que, finalmente, vuelvan a trabajar juntos sólo cabe en una película que intenta contentar a todas las almas caritativas que acuden al cine.

Pero que además en un epílogo lamentable la científica acepte participar en los nuevos programas de “limpieza de casas encantadas” eso, sencillamente, raya en el ridículo más espantoso.

O en el espectáculo acomodaticio más vulgar. Cada cual que elija.

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Y, sin embargo, había alguna idea detrás

En estos tiempos de preestrenos, encuestas y reajustes según los gustos del público estándar, uno nunca sabe si en el guión o en la película inicialmente rodada había más interés que en lo finalmente mostrado. Tanta autocensura o adecuación a los gustos más llanos acaban por hacer indistinguible un producto de otro. Al menos en el cine norteamericano.

Por ello sorprenden algunos detalles que quedan abandonados en la trama y que podrían haber dado lugar a un film mucho más interesante. Repasemos los más significativos.

La insistencia en esas torres eléctricas, quizá como Dios actual que todo lo alimenta, ya que todos los elementos que aparecen en pantalla necesitan la electricidad (recordemos: la película empieza con un primer plano de una tablet en el coche, en manos de la hija adolescente, siempre pendiente de sus programas televisivos sobre casas encantadas). Las torres dan lugar a algún plano inquietante, como esa noche tormentosa… y luego desaparecen. Siguen ahí, pero no aportan nada a la historia.

La crítica a la especulación urbanística, insinuada en una conversación en la que se nos informa que las tumbas del cementerio fueron trasladadas para construir la urbanización, pero no así los cuerpos, que siguen enterrados. Una idea atractiva, pero expuesta así, con la habitual grosería del cine norteamericano actual: nos lo cuentan directamente al espectador, para que no tengamos dudas. Una idea interesante, una forma de presentarla grosera como pocas.

El uso del dron del hijo para “entrar” en el otro mundo con una cámara que nos permite ver el interior de ese mundo. Una atractiva propuesta que le da protagonismo precisamente al niño, el único que sabe manejar la nave. Una de las pocas que tiene cierta lógica en su presentación y desarrollo, la utilización del dron.

Una idea —la posibilidad de tener su propio desarrollo— que no se transmite al resto de personajes de la familia, cuya presencia es más testimonial que otra cosa. Excepto por una imagen que resume también la ideología del film. Para dejar claro aquello de “la familia unida jamás será vencida”, uno de los clímax del film muestra exactamente esa imagen: toda la familia tirando de una cuerda para sacar a alguien del más allá y seguir todos juntos. Una imagen emblemática de la capacidad de sugerencia del film.

Y no es que sea mala esa imagen… es que vuelve a repetirla en la parte final: nuevamente familia unida y todo solucionado. ¿Era precisa tanta insistencia?

Precisamente el paseo por el “más allá” visto a través de la cámara de la nave nos permite intuir un mundo sucio, oscuro, desagradable. Lamentablemente la producción se ha adaptado a las necesidades de una calificación apta para adolescentes, por lo que esas imágenes que podrían sugerir temores más intensos han sido convenientemente lavadas y editadas, reduciendo los planos inquietantes hasta la casi inanidad. Quizá un director’s cut nos muestre con más intensidad esa atractiva idea… si es que ese desarrollo del más allá se ha llegado a grabar.

La inclusión de elementos no presentes en el original, como una ardilla que provoca el único susto de la función, o ese payaso que parece extraído directamente de las películas de James Wan (es imposible no recordar Annabelle, mucho más inquietante que este film), podrían dar pie a nuevas lecturas, nuevas propuestas. Pero nada de eso sucede, sirven para un susto… y adiós.

Del duelo entre ciencia y espectáculo, ya comentado antes, mejor no hablamos. Que el film tome partido por la creación de reality shows engullendo literalmente a la ciencia es algo que habla de las escasas aspiraciones del producto.

Ideas que, lamentablemente, se pierden en un desarrollo más atento a los efectos especiales y a limar las aristas narrativas que a provocar inquietud. Lo que finalmente origina un producto plano, sin interés para los que buscan emociones fuertes y con pocas posibilidades de sorprender a un público joven que ya está habituado a producciones sobre casas encantadas.

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Un cine vulgar

Quizá lo peor de este Poltergeist es que llega en un verano particularmente dado a las revisiones de títulos de éxito hace 30 o 40 años.

Que coincida en el mismo año con los nuevos episodios de Star Wars, Star Trek y Mad Max, todos ellos en el ámbito de las grandes superproducciones norteamericanas (lo que conocemos como blockbusters veraniegos: películas de mucho presupuesto, abundantes efectos especiales y guiones de poca complejidad) es todo un síntoma de cómo está el panorama en Hollywood: nada de apuestas arriesgadas, hay que volver a los viejos tiempos.

El problema es que en esos viejos tiempos, los 70 y los 80, esos mismos títulos eran normalmente novedosos y sorprendentes: Mad Max llegaba de Australia con una visión feroz del fin del mundo, La guerra de las galaxias devolvía la ciencia ficción aventurera al primer plano y el universo trekkie se acercaba por primera vez a la gran pantalla, tras su eterno éxito televisivo.

Y hoy nada de eso sucede.

Hoy, todo es volver a personajes y universos conocidos, pero no con una nueva mirada (habrá que ver qué ha hecho J. J. Abrams con la saga de George Lucas, en plena crisis tras la confusa segunda trilogía), ni con un planteamiento original, sino copiando viejos esquemas y fórmulas ya conocidas para, en el peor de los casos, simplificarlas y reducir su capacidad revulsiva.

Todo muy plano

poltergeist-6Es la consecuencia lógica de una evolución del cine que comenzó precisamente en los años 80. Tras la década prodigiosa del cine norteamericano, los 70, cuando el director era la estrella, llegaron los fracasos a principios de los 80 de Michael Cimino (La puerta del cielo) y Francis Coppola (Corazonada), y con ellos el final de la autoridad del director.

Volvió el poder de los productores. Y estos no piensan desde la silla del realizador, sino desde la butaca del ejecutivo. Un retorno al poder absoluto de la producción frente al mundo personal del realizador. Y, por tanto, volvió la época de los seriales, la repetición de fórmulas ya probadas, las copias de los títulos de éxito.

Una época en la que todavía seguimos inmersos.

Basta comprobar cuántos títulos son segundas, terceras o enésimas partes de éxitos anteriores para constatar el triste panorama que nos ofrece hoy Hollywood.

Y Poltergeist, con sus deslumbrantes efectos especiales y su nula capacidad de inquietar, es un buen ejemplo de ese cine dirigido desde los despachos, no en el set de rodaje.

Que Streitenfeld ofrezca una pobre y en ocasiones mimética banda sonora, frente a la genialidad de Goldsmith es el perfecto resumen de los tiempos que vivimos.

Que Javier Aguirresarobe, el maestro de la oscuridad y de la penumbra, el director de fotografía más prestigioso del cine español en las últimas décadas, firme la iluminación de este título también es un signo de los tiempos.

Aguirresarobe llegó a Hollywood con una tarjeta de visita que incluía hallazgos visuales tan inquietantes como Los otros (de Amenábar), un título que se convirtió en la cima de un estilo visual en el que dominaba la penumbra, lo entrevisto, lo sugerido.

Como Hollywood importa genios para que repitan lo ya conseguido, Aguirresarobe quedó encasillado en títulos más o menos fantásticos. Su participación en la saga Eclipse le permitió ciertos ensayos con la penumbra, pero poca cosa, el cine adolescente no permite demasiadas veleidades. Su aportación a la nueva Noche de miedo dejó meridianamente claro que uno puede ser buen técnico y no tener nada que aportar a un blockbuster más o menos exitoso.

Y su colaboración en este Poltergeist demuestra que innegable talento no está hecho para este cine hollywoodense, demasiado luminoso, demasiado plano, sin aristas, sin zonas de penumbra.

Otro ejemplo perfecto de cómo Hollywood devora talentos y propuestas, para adaptarlo todo a una línea uniforme, acorde a almas caritativas que quieren ver algo de terror, pero sin sangre, sin vísceras, sin imágenes que generen pesadillas. Algo en el fondo llevadero, que permita disfrutar de la función engullendo palomitas.

A su lado, el original de Tobe Hooper y Spielberg es una auténtica joya.

Escribe Mr. Kaplan

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