Por todo lo alto (3)

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Película grata que enaltece moralmente

Comedia dramática y francesa, con el mérito de haber conseguido conquistar tanto al público como a la crítica especializada. El filme está dirigido por Emmanuel Courcol y escrito junto a Irène Muscari, un guion inteligente y una competente narrativa cinematográfica.

Película que se inscribe en el género del feel good movie, cuyo visionado hace bien al corazón, una historia que predica la solidaridad, mirar al otro, encarar con empatía los graves problemas sociales. Que produce una sensación de alegría, optimismo o bienestar, haciéndolo de manera elegante y profunda. Ello eleva el producto por encima de los estándares del cine popular o más sensiblero o lagrimoso.

El final es catártico y gozoso. Pero, a diferencia de lo que suele ocurrir con este tipo de películas, la belleza y emoción de ciertos momentos de encuentro no impiden que el panorama sea horrible, y que lo sea en distintos órdenes de cosas. Sabemos que muchas líneas de acción es casi seguro que terminarán muy mal. Pero nadie quita lo bailado, aunque sólo sea un baile.

Es curioso que su estreno en el Festival de San Sebastián marcara un hito al obtener la puntuación más alta del público en la historia del certamen.

La historia

Thibaut es un prestigioso director de orquesta que tiene leucemia, por lo que necesita un trasplante de médula con urgencia. Pero resulta que su hermana no es compatible y este extremo le lleva a descubrir que no es su hermana biológica y que fue un niño adoptado. Descubre entonces que tiene un hermano biológico, Jimmy, un trombonista que trabaja en el comedor de una escuela en el norte de Francia.

Lo que comienza como una búsqueda médica, pues necesita el trasplante medular, se transforma en una exploración de la identidad, la fraternidad y el poder transformador de la música. Por cierto, se escuchan preciosos fragmentos de músicas de estilos diversos.

Thibaut tiene la difícil tarea de preguntarle a un completo desconocido, aunque sea su hermano, si le importaría donar su médula ósea. Pero esta tensa situación revela —guion habla— que Jimmy tiene un auténtico talento musical, como trombonista, en la estridente banda de la fábrica del pueblo y que siente pasión por el jazz en vinilo.

Thibault ve en Jimmy una visión de lo que podría haber sido su propia vida sin la acomodada familia de clase media de su madre adoptiva, y se ve a sí mismo y a Jimmy a través de la lente socioafectiva, y no del supuesto destino del talento puro.

El vínculo entre Thibaut y Jimmy gana una complejidad inaudita, por un lado, el amor por la música los acerca. Thibaut, además, siente que puede ayudar a Jimmy y sus compañeros para intentar posicionarse mejor en un inminente concurso de bandas.

Habría podido esperarse una historia plan Ceniciento fraterno, donde Jimmy impusiera su formidable talento innato y terminara realizándose como artista sumo. Mas no, la trama no se pliega a la ilusión o el milagro. En vez de eso, lo que salta en forma bastante clara, son cuestiones que tienen que ver con las diferencias de clase y de lugar de formación y residencia: París en contraste con el pueblecito. Variables sociales.

O sea, Jimmy podría ser lo que es Thibaut si le hubiera tocado una familia pudiente en París; opuestamente, Thibaut, en vez de ser un gran director de orquesta, podría haber sido un instrumentista en una bandita provinciana que practica en las horas libres de su trabajo como cocinero de un comedor infantil.

Thibaut representa la élite artística; Jimmy, la intuición musical y también su categoría como obrero en una fábrica

Temas

En el filme se abordan capítulos diversos, como la fraternidad, las diferencias sociales o el papel de la genética en dimensión artística y musical. Entre ambos hermanos hay una importante discrepancia social y la cinta contrapone dos mundos diferenciados pero unidos por el nexo de la música. E inteligentemente podemos ver la oposición, positiva, entre la música clásica y culta, frente a la música popular.

Esto deviene metáfora de las clases sociales. Thibaut representa la élite artística; Jimmy, la intuición musical y también su categoría como obrero en una fábrica. Este encuentro da para reflexionar sobre dos situaciones dispares y, además, el encuentro entre ambos revela las heridas del determinismo social y la desigualdad de oportunidades.

Desde luego tenemos el apartado sustancial de la música como lenguaje universal y punto de unión entre ambos hermanos. De hecho, la banda sonora de Patrick Doyle está estructurada de forma diegética: surge directamente de la acción, forman parte del mundo ficticio de la historia, es decir, sonidos o música que los personajes podrían escuchar y que son parte de su realidad.

Thibaut, en medio de esa actividad musical realizada por placer y sin pretensiones por su hermano, tan en contraste con el profesionalismo y su excelencia de alto repertorio, constata cómo su hermano logra discernir cada nota errada que toca cada integrante de su banda y la enorme cualidad que tiene Jimmy: oído perfecto o natural como habilidad para identificar la altura de un sonido musical sin necesidad de una referencia externa.

Desde el ensayo inicial hasta el clímax final, la música no solo acompaña, sino que articula el relato emocional. El uso del Bolero de Ravel como símbolo de unión es especialmente significativo y, a la vez, emotivo, sobre todo al final.

Es igualmente notorio que estamos ante un cine social humanista, o podríamos decir con alma, en cierto modo inspirado en elcine obrero británico —por ejemplo, hay ecos de Ken Loach— enfocada con una mirada más venerable y esplendente.

También puede decirse que está la influencia del cine de Robert Guédiguian, a la sazón productor de la película, en el retrato de la vida cotidiana y la dignidad de los personajes; como es sabido, Guédiguian desarrolla sus películas sobre la vida de las clases trabajadoras.

A propósito, la fábrica principal del pueblo de Jimmy está siendo vaciada y su cierre es inminente. Todo eso enciende cierto espíritu de militancia política en Thibaut, que disuelve la noción de una música «clásica» ajena a los aspectos prácticos y políticos de la vida.

Sobrevuela en la película también el poder aglutinador de la música y también la noción de la equivalencia estética de distintos registros comunicativos: los grandes maestros del canon erudito, el jazz, la canción francesa, incluso el pop francés (un obrero reivindica a Johnny Halliday).

Courcol demuestra una notable capacidad para equilibrar lo cómico con lo melancólico y lo sombrío

Dirección, estilo y actuaciones

Courcol demuestra una notable capacidad para equilibrar lo cómico con lo melancólico y lo sombrío. Hace por evitar los clichés del típico melodrama familiar y hace uso de un estilo narrativo clásico, trasparente y honesto emocionalmente.

Además, la película entretiene en todo momento, entre otros, gracias a un montaje preciso, cargado de ritmo, y una puesta en escena teatral, con contrastes entre luces y sombras, todo lo cual subraya y refuerza el abanico emocional de los protagonistas.

Película pensada para conmover, que tiene su mirada puesta en la música, pero que no es melosa, o al menos no al límite de lo que resulta entrañable. Es posible descubrir en ella una densidad inopinada que ni el título ni el cartel anunciador permiten sospechar.

Los actores son verdaderamente buenos y la cinta se la reparten un Benjamin Lavernhe como Thibaut, un distinguido y sensible director de orquesta que se desmaya en pleno ensayo en París y le informan que tiene leucemia: trabajo elegante, contenido, transmitiendo la fragilidad, la delgadez y la lasitud de un hombre enfrentado a su pasado, y también a la enfermedad.

Pierre Lottin, actor que tiene un don para la comedia inexpresiva, está sensacional como Jimmy, el hermano socialmente desfavorecido, en un trabajo que conmueve, espontáneo, encarnando la dignidad de quien ha aprendido a vivir con menos y ha tenido que afrontar penalidades.

Entre los actores de reparto destacan Sarah Suco y Jacques Bonnaffé, aportando autenticidad en cada escena en la que participan y, a la vez, cierta dimensión coral muy interesante.

Conclusión

Es una obra que consigue emocionar sin manipular, narración sólida, personajes auténticos y creíbles, y una sensibilidad musical que atraviesa cada plano. En su mejor sentido y en su mejor versión es cine popular, o sea, es accesible, tiene hondura emocional y es comprometido.

Una película que se ve con contentura, que no olvida la carga afectiva y, por lo tanto, que se escucha con el corazón tanto como se ve con los ojos.

Obra conmovedora y afable, con un toque de melosidad, pero también con dos actuaciones sólidas. La película de Courcol camina sobre un muro fino de una fragilidad que se palpa, pero se mantiene ahí, manejando su inamovible pesimismo con alegría, humor y amor.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Caramel Films