Presentimientos (2)

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En busca de la felicidad perdida

presentimientos-1El término “presentimientos” tiene un significado inquietante, casi visionario, cuando alude a todas aquellas premoniciones, presagios, señales que nos hacen intuir, anticipar algo que puede ocurrir (o deseamos que ocurra); pero cuyo significante, también, nos remite a todas aquellas sensaciones que hubo antes (pre-) de los sentimientos, aquellos afectos, emociones… o latidos previos a la aparición del amor, y que, llegado el caso, si éste se adormece o desaparece, siempre es posible intentar recuperar.

Sobre la recuperación del amor perdido/dormido y sobre la capacidad de los sueños para cambiar la realidad o, al menos, para influir decisivamente en ella, trata Presentimientos, la interesante novela publicada en 2008 por Clara Sánchez y que ahora Santiago Tabernero, intentando capturar su esencia, ha convertido en su segundo largometraje.

Santiago Tabernero tiene una amplia trayectoria profesional vinculada al séptimo arte, tanto como periodista y reportero (Días de cine, Metrópolis, Sábado cine, Así se hizo… ), creador y director de programas de televisión (Versión Española), director de un festival de cine en Internet (Notodofilmfest), o jurado en certámenes fílmicos, aparte de otros quehaceres. Sin embargo, su trayectoria como cineasta comenzó en los años noventa, como guionista de las películas Desvío al Paraíso (1994) de Gerardo Herrero, Taxi (1996) de Carlos Saura, Huelepega (1999) de Elia Schneider, Asfalto (2000) de Daniel Calparsoro o Cesar y Zain (2004) de Larry Lèvene).

Como director y guionista ha realizado hasta la fecha cuatro cortometrajes: Tiempo muerto (1997), Expendedora (1999), El amor (2007) y El amor/2 (2008). Debutó en el largo con Vida y color (2005), una fábula negra sobre la adolescencia de un chico de barrio, ambientado en los años setenta, también con guión propio, por el que fue nominado al Goya como Mejor Director Novel y obtuvo el Premio del Público en el Festival de Valladolid.

Presentimientos, su segunda película, nace de la fascinación que le causó la novela que la inspira, según el director: “…una compleja reflexión sobre el amor y las relaciones de pareja como institución, sobre la fidelidad y el deseo, que la hermana temáticamente con la obra póstuma de Stanley Kubrick Eyes wide shut y otros títulos de incómoda asimilación como  Anticristo de Lars Von Trier”. Ambiciosas equiparaciones, aunque sólo sea por el nivel de extravagancia, controversia y provocación que despertaron aquéllas y de las que esta película carece.

La novela

Presentimientos, octava novela de la escritora alcarreña —premio Planeta 2013 con El cielo ha vuelto—,  es una obra original, seria, ágil, intensa sin ser profunda, inquietante y entretenida. Un thriller psicológico escrito para todos los públicos, donde la complejidad del funcionamiento de la mente, en general, junto al desconocimiento que existe de la misma durante el estado de coma, en particular, combinado con la interpretación de los sueños y las posibilidades de éstos para entender o alterar la realidad… proporcionan un estupendo material para construir una ficción coherente llena de intriga, misterio y secretos, donde el amor —romántico y maternal— y la pasión se erigen como pretexto fundamental.

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El texto hace un recorrido emocional por la mente y el deseo de sus protagonistas principales, un matrimonio en crisis, que más allá de su deambular físico están intentando ajustar sus vidas y sus sentimientos desde realidades paralelas.

Con un lenguaje muy visual, influencia de su cinefilia, la autora construye en la mente del lector una narración muy cinematográfica, directa, clara y descriptivamente prolija, pero que llegado el momento de las reflexiones, emociones, sentimientos o pensamientos se convierte en un discurso introspectivo de naturaleza puramente literaria.

La novela se estructura en torno a nueve segmentos/capítulos (ocho días ordenados cardinalmente y una especie de epílogo), que alternan en cada uno, a través de la narración en tercera persona, la percepción que cada uno de los protagonistas tienen de su situación actual, utilizando dos niveles de realidad como recurso expresivo y dramático. El resultado es un relato ordenado, consistente y preciso, narrado en dos presentes complementarios, intercalados con retazos de un pasado conjunto.

Aunque con una fuerte presencia onírica, Presentimientos no es una obra fantástica porque está narrada de una forma racional, impidiendo que el carácter volátil de los sueños imponga su fragmentada, confusa y difusa apariencia. En palabras de la autora “es una novela sobre el arte de soñar, pero no es un sueño surrealista, ni una novela onírica, sino el sueño tratado como si fuese algo real. Como cuando en la vida real tenemos la sensación de estar soñando«. 

La película

La historia trata sobre Julia y Félix, un joven matrimonio con un bebé, cuya relación instalada en la rutina ha perdido la pasión y la complicidad inicial. Para intentar recuperarla deciden darse una segunda oportunidad y se marchan de vacaciones a la costa. Llegan de noche, y nada más instalarse en el apartamento, Julia sale a comprar con el coche. Mientras conduce, el ruido de un accidente le hace parar y salir del vehículo para averiguar lo ocurrido. Cuando vuelve le han robado el bolso con el móvil y no puede avisar a Félix. Intentando regresar a la urbanización, para reunirse con su marido y su hijo, comenzará su particular odisea: un intrincado camino de regreso a la realidad desde fuera de ella.

Santiago Tabernero y Eduardo Noriega, coautor del guión, supieron ver desde el principio la película que había dentro de la novela y con paciencia —y el beneplácito de la autora que les ha brindado su apoyo, aunque no ha interferido en su trabajo—, han escrito su personal adaptación de la misma, manteniendo bastante fidelidad al texto original en cuanto a argumento, personajes, roles, espacios… se refiere, recalcando la preeminencia de algunos en función del enfoque general que se ha dado a la historia.

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Intentando agilizar la narración, muchas situaciones, en cambio, han sido suprimidas o alteradas, como por ejemplo, el primer encuentro entre los protagonistas, que en la película rinde homenaje a la última secuencia de la película póstuma de Kubrick (1).

Catalogada como thriller romántico por el director, que descarta la parte más psicológica de la novela, opina que la película puede llegar a un público amplio porque trata sobre el amor y los sueños —o, más bien, sobre el arte de amar utilizando los sueños como vía para conseguirlo—, y cree que todos sabemos algo o hemos vivido, de alguna manera, estas experiencias; por eso, plantea a los personajes y al espectador interrogantes como:  ¿Es posible volver a enamorarse? o ¿qué estarías dispuesto a hacer por recuperar tu amor?

Muy interesado en abordar el tema amoroso de una forma muy directa y carnal, Tabernero lleva años trabajando en él. Dos de sus últimos cortometrajes, El amor y El amor/2 forman parte de una serie en la que el autor desea seguir investigando, y que tiene como objetivo «contar pequeñas historias en torno al amor y al sexo que planteen retos al espectador que le hagan sentirse incómodo«.

En Presentimientos lleva los deseos, pasiones y sentimientos de los personajes más allá de donde llega la novela, haciendo que éstos se manifiesten de una manera explícitamente sexual,  aunque sin olvidar que se trata de una historia “de suspense y misterio donde lo que está en juego son los secretos del corazón” de un joven matrimonio que ha perdido la ilusión. La desesperada búsqueda que cada uno hace del otro en dos realidades paralelas (Julia a través del sueño y Félix en la vigilia) es un recorrido interior por sus sentimientos pasados, esos pre-sentimientos que había antes de que todo se desmoronase.

El contrapunto formal a tan compleja búsqueda afectiva es tratar ambas realidades como si  fueran estados equivalentes e igualmente coherentes, continuos, comprensibles y con sentido, despojados de todo rasgo onírico.

Un pasado común —que empieza en los créditos iniciales, a través de fotografías de la pareja cuando todavía eran felices— y un doble presente —en el que ambos se buscan en sus respectivas existencias intentando recomponer su relación— conforman la estructura narrativa de un drama desordenado que hace convivir tiempos y realidades sin concesiones formales al espectador.

La intención de la autora de dar el mismo tratamiento formal al sueño que a la vigilia no incluye el deseo de desorientar al lector, que inmediatamente es puesto al tanto de esta doble realidad para atraparle en una trama de suspense que lo mantiene conectado mientras se va devanando el enredo.

“La película es enrevesada —reconoce el propio director— porque tiene un nivel de relato realista y otro onírico, y si el espectador no está atento y se descuida cuesta volver a engancharse”. Tabernero, fiel al espíritu racional de la novela, ha limitado a lo estrictamente imprescindible la utilización de recursos técnicos visuales, sonoros y expresivos que puedan hacer pensar al espectador, al menos durante la primera mitad de la película, que lo soñado no es tan real como lo vivido despierto. Una opción de enrevesada complejidad perceptiva que lejos de atrapar al espectador en su original juego lo distancia; y aunque lo mantiene expectante, una vez descubierta la pararrealidad de Julia, el suspense se pierde y el esfuerzo narrativo se evapora.

Presentimientos es una película apabullante, por todo lo que quiere contar y no puede. La densidad del guión atasca el ritmo de la narración que se ahoga en su propia estructura al intentar mantener dos niveles de realidad simultáneos conviviendo en una arquitectura temporal confusa, que desprecia la organización rigurosa de la novela, sin un tratamiento formal que permita al espectador saber en qué tiempo se encuentra y en qué realidad y que cuando lo descubra no se desconecte. El montaje precipitado y cortante tampoco ayuda.

El riesgo ha sido querer jugar la baza de los mundos paralelos para sorprender al espectador cuando sabía que ellos no son la causa del desenlace, sino la vía para crear y mantener el suspense que conduce a ella.

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Los sueños

Hablar de sueños nos remite inmediatamente a un mundo de fantasía o pesadilla, de fragmentación, de extrañeza, de irrealidad e incongruencia… como el de Alicia en el país de las maravillas, el de Rosaleen en En compañía de lobos (1984) o el de Stephane en La ciencia del sueño (2006)…

No interesada en dar este tratamiento a su novela, la autora eliminó cualquier elemento que pudiera emparentarlo con la fantasía o la surrealidad, de ahí que el sueño de Julia sea una continuación de su vida despierta: continuo, completo y plausible. Tabernero, respetuoso con esta intención de la autora, ha hecho lo propio, aunque concediéndose algunas licencias como incluir el personaje colectivo (tan típico de algunos sueños) policía-madre-marido o evocar cierta atmósfera lynchiana en momentos puntuales.

Ya sabemos por Freud que los sueños son elaborados por nuestra mente a partir de la realidad, especialmente por aquellos episodios de ella que no han quedado resueltos, aunque nos hayan pasado desapercibidos porque “el sueño no actúa nunca con nada que no sea digno de ocupar también nuestro pensamiento despierto…” (1).

El sueño-coma de Julia es consecuencia de sus preocupaciones, de lo que oculta y reprime, de su presente no resuelto. Es un sueño-huída, un refugio donde esconderse de la infidelidad e infelicidad que la angustia, un lugar interior donde buscar el camino de regreso al amor perdido y a su vida anterior. En la novela el personaje del doctor Romano así lo intuye cuando pregunta a Félix “¿Consideró alguna vez la posibilidad de que no fuera feliz, de que se sintiese desgraciada?”(2).

Si no pudiésemos dejar de estar despiertos moriríamos…” (3) piensa Félix en un momento de la narración. Dormir y soñar son estadios complementarios a la vigilia, una necesidad fisiológica imprescindible (pirámide de Maslow) para reparar y equilibrar el organismo, en la que “los sueños son los protectores del dormir” (4). Para Julia, dormir ejerce un efecto reparador y liberador, y soñar, lejos de confundirla, le permite curar las heridas de su alma atormentada y recobrar las riendas de su vida y de su relación.

En el Félix literario, el sueño, opera también una especie de cambio que le hace mirar dentro de sí mismo y evolucionar de su radical racionalidad a creer en la capacidad de los sueños para ofrecer todo tipo de respuestas, entre ellas las claves que le ayudan a resolver el enigmático pasado y presente de su mujer.

En Julia, el sueño dentro del sueño será el conducto que permita a su mente conectar los dos mundos en los que está viviendo. Ella presiente la realidad desde esa otra hiperrealidad soñada, aparentemente tan auténtica como aquélla, en la que no sabe que se encuentra; en ella oye llorar a su hijo, siente las caricias de su marido, su voz, diciéndole que la espera… pequeños retazos de realidad, que conectan el estado de vigilia con el onírico, y que, en definitiva, serán los que tiren de ella para traerla de nuevo al mundo real. Su viaje ininterrumpido por los vericuetos del subconsciente le permite combinar y alterar los elementos de su vida despierta para construir con ellos una nueva realidad que la guíe hacia sus auténticos sentimientos y de paso a la consciencia.

El sueño-coma de Julia ofrece una respuesta a la realidad del personaje: encontrar el camino de vuelta a la felicidad perdida.

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La Felicidad

Los espacios son fundamentales en la novela y muy importantes en la película porque en ese microcosmos playero donde se ubican representan los submundos donde los protagonistas están encerrados, paraísos artificiales sin personalidad, diabólicos laberintos que el hombre moderno ha inventado para vivir, trabajar, comprar, divertirse… en los que se encuentra atrapado, por decisión propia, soñando que es libre.

Los protagonistas se buscan y deambulan, cada uno a su manera, por urbanizaciones idénticas, apartamentos, restaurantes, el supermercado, la comisaría, el hospital, la discoteca… espacios aparentemente inofensivos, en su aparente e inocua visibilidad, capaces de reversibilizarse en espacios perversos, confusos, y a la vez reveladores donde realidad e irrealidad se solapan. 

Entre todos, el más significativo en la película es La Felicidad, ese espacio-metáfora tan evidente, de letras de neón rosa pálido, donde Julia y Félix, cada cual desde su propia realidad, intentan resolver su conflicto, donde ambos buscan la felicidad perdida y donde no la van a encontrar porque el nombre del local es otra máscara más, la apariencia del desencanto, la perversión de la apariencia.

La Felicidad es el nombre de la discoteca de carretera de playa donde Julia encuentra a Marcus, un lugar de seducción y deseo, de influencia lynchiana —al que le falta la atmósfera decadente y espesa, la saturación cromática y la plasticidad de su referente— y cargado de simbólicos (pre)sentimientos. Las enormes dimensiones del local, la melancólica cantante, el escaso y particular público que lo frecuenta, esa planificación desoladora que lo recorre… hacen de él, cuando lo descubrimos por primera vez, un lugar casi atemporal. 

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Uno de los aciertos de la película es la interpretación que el director hace de este espacio oscuro, peligroso, tentador… y por extensión de pasión y de muerte, donde ambos protagonistas experimentan el reverso deseante de su relación y el desencanto que, de nuevo, les acercará.   

Los mejores momentos de la película se sitúan en este local y entre ellos los que cuentan con la presencia de Lourdes Hernández (Russian Red), que con su cándida y melancólica sensualidad, cantando sobre el escenario The memory is cruel (que habla de amor, sueños y de que ella se ha ido) y Bámbola evoca experiencias cinematográficas sublimes como la emotiva interpretación de Rebekah del Río en el club Silencio de Mullholand Drive (2001) y por extensión la de Dorothy Vallens (Isabella Rossellini) en el club Slow de Blue Velvet (1986).  Aportación propia, ausente en la novela, con la que el director consigue crear un oxímoron emocional tan intenso como lánguido.

Los personajes

Julia es una mujer joven de casi treinta años, menuda, atractiva y con una melena cobriza que la hace especial. Ha perdido la ilusión del principio de su relación, su matrimonio no la llena y tiene un amante secreto que tampoco la hace feliz. Su vida se ha convertido en una mentira que la tiene sumida en una angustiosa confusión a la que hay que sumar una reciente maternidad que parece agobiarla.

La fatalidad o el destino querrán que a través de ese viaje onírico por su subconsciente encuentre la reparación a su crispada vida y el camino de regreso a la felicidad.

La “sinfonía de Julia” llama Tabernero a la, para él, magistral interpretación de Marta Etura, una actriz muy expresiva y comunicativa que siempre pone mucha pasión en sus proyectos.

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Félix es un hombre corriente, de aspecto discreto, racional y de carácter fuerte. Perito de una agencia de seguros, le gusta observar y pasar desapercibido; tiene una gran memoria y presume de olfato psicológico, aunque ignora que su mujer le engaña.

En la novela es un individuo comprensivo y de voz suave, más pasivo y contemplativo que en la película, donde se le ha dado un mayor protagonismo. Está apático e irritable, crispado y confuso. Sabe que quiere a su mujer pero busca consuelo donde no debe antes de decidirse a recuperarla.

Eduardo Noriega interpreta a Félix desde un distanciamiento incomprensible para alguien que ha estado tan involucrado en el guión y que conoce a la perfección al personaje.

Marcus es el elemento discordante en este matrimonio. Amante de Julia en la realidad es un buscavidas muy atractivo que sólo piensa en sí mismo. Mientras en la novela es un individuo despreciable, en todos los sentidos, en la película es un canalla seductor con mucho encanto, cuya maldad no resulta del todo explícita, lo que hace chirriar un poco su caprichoso destino.

El atractivo Alfonso Bassave construye una estupenda interpretación, basada principalmente en su expresividad, gestualidad y potente físico.   

La madre de Julia (Gloria Muñoz) es Luisa —Angelita en la novela— cómplice de su infidelidad y muy crítica con su yerno, con el cual choca durante la primera parte de la película, hasta que descubre que los sentimientos de éste hacia su hija son más profundos de lo que ella pensaba.

La película, al centrarse en la relación de Julia y Félix, aparca a este personaje dándole un papel afectivamente marginal, que en la novela rebosa ternura, fortaleza y magia y se revela como crucial. Ella es el puente de unión entre la pareja, la que a través de los recuerdos-símbolos que comparte con su hija (el anillo luminoso, el pastel de chocolate…) provoca que ella encuentre el camino de vuelta a la vida. El incondicional amor maternal de esta mujer anciana y cansada (en la novela tiene 51 años más que su hija) la transfigura en un personaje rejuvenecido, fuerte y vital, casi sobrenatural, que cuando Julia regresa al mundo real vuelve a su antigua apariencia.

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Abel (Jack Taylor) es un anciano enfermo terminal que Félix conoce en el hospital donde está ingresada su mujer. Es un individuo distante y misterioso, un amable samaritano que vela el sueño-coma de Julia cuando él está ausente, y que, finalmente, se revelará como una especie de ángel oscuro determinante y protector.

El amor, en sus distintas facetas, es el lazo que une a Julia con todos los personajes que la rodean; ella ama y es amada por cada uno de ellos: su hijo, su marido, su amante, su madre y el anciano enfermo, trasunto de padre-amigo, que aunque ella no conoce, conscientemente, es, como el resto, capaz de influir en sus sueños y en su realidad.

Cada uno personifica un tipo de amor en la vida de Julia: maternal, el que recibe de su madre y ella entrega a su hijo; romántico-conyugal, el que la une a Félix; pasional, el que comparte con Marcus; y amistoso-paternal el que recibe de Abel. Todos necesarios para definirla como mujer, pero que, de forma convencional, el destino se ocupará de seleccionar eliminando aquel o aquellos que considere prescindibles.

En definitiva, una adaptación opaca, distante y embrollada con poco suspense y sin emoción, aunque parece sincera y con algún momento lucido, realizada con entusiasmo desde el respeto, la admiración y el vaho cinematográfico que desprende su referente literario, elementos que se revelan, a pesar de su atractivo inicial, claramente insuficientes.

Escribe Purilia


 Notas

(1)    Sigmund Freud (1985). La interpretación de los sueños, Planeta-Agostini, Barcelona, pág. 29.

(2)    Clara Sánchez (2008), Presentimientos, Alfaguara, Madrid, pág. 191.

(3)    C. Sánchez, opus cit, pág. 362

(4)    S. Freud, opus cit, pág. 48

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