Reinventar el producto

Podemos decir que Zach Cregger, con sólo dos películas, ya se ganó el favor del público. Nos atreveremos a decir que también un amplio sector de la crítica especializada.
Su salto de trampolín al panorama internacional lo hizo con Barbarian (2022), una película de terror de bajo presupuesto que empezaba de forma sencilla pero que proponía un viaje cada vez más retorcido y demencial que siempre iba un paso por delante del espectador. El resultado era esmerado e inteligente. Después de esta, Cregger tuvo la oportunidad de su siguiente obra de género, la que le consagró.
Muchos lectores ya sabrán que estamos hablando de Weapons (2025), con la que consiguió una nominación a los premios de la Academia a mejor guion original, cosechó excelentes críticas en su mayoría y recuperó a una Amy Madigan que arrasó en todos los premios como actriz secundaria, logrando llevarse a casa el preciado Oscar.
Cabe decir que Weapons repetía parcialmente las piruetas narrativas y dislocaciones de puntos de vista que había puesto en práctica con Barbarian, sólo que en la nueva cinta se notaba un refinamiento en la puesta en escena y un especial cuidado en la mescolanza entre comedia y cine de terror, entre lo fantástico y lo sarcástico.
El relato que nos brindaba Weapons (y el arco argumental de alguno de sus personajes) incluso propiciaron que rápidamente se anunciara una especie de precuela, de nombre Gladys. Quien haya visto la premiada cinta sabrá de quien hablamos y el motivo por el cual se le dedica una cinta exclusivamente a ella. Bien es cierto que iba a dirigirla el propio Cregger, aunque finalmente sólo producirá y dejará la dirección en otras manos aún no anunciadas.
Y en estas le vino la oportunidad de dirigir una adaptación de un videojuego que al parecer fascina al realizador. Hablamos de, ya lo saben, Resident Evil. Teniendo en cuenta que Cregger nos ha dado ya un par de alegrías cinematográficas, le dieron carta blanca para que hiciera con ella lo que un poco le viniera en gana.
Se puso manos a la obra y volvió a hacer lo propio que había hecho con Barbarian y con Weapons. Esto es, redactar su guion, revisar los detalles, implicarse en la producción y, por supuesto, dirigir la cinta. ¿El resultado? Ha vuelto a dar la campanada con una cinta vibrante, original e increíblemente bien llevada que, aunque sea un puro videojuego en el que hay que pasar pantallas, mantiene una carrera enloquecida y divertidísima por la supervivencia.
Repasemos. Han hecho falta siete películas de la saga original cinematográfica y un par de décadas para que venga alguien, le de la vuelta a la anterior franquicia y reinicie el filón. Ya hacía años que la saga previa estaba más que agotada, y por qué no decirlo, cada vez era más mala. Hacía falta un nuevo timón, una nueva mente que supiera ser fiel al videojuego de Capcom, hoy todo un clásico venerado del gaming de los noventa, y además contentara a fieles y advenedizos.
Todo apunta a que Cregger lo que ha hecho, además de una estupenda cinta, es una de las reinvenciones más convincentes de los últimos años. Aquí no hay una Alice/Milla Jovovich, ni ningún personaje que sea especialmente destacado en la trama. Aquí tenemos a un mensajero mediocre que necesita dinero, que tiene problemas conyugales y que no aspira a convertirse en nada importante, o al menos no lo parece. Se trata del perfecto antihéroe, y ni eso. Porque es un tipo de lo más normal.

El virus se desata
Pero claro, ya sabemos que el caos tiene que desatarse con la aparición de algún virus, algunos bichos o algunos zombis. Y desde luego, no tarda en hacerlo. Cregger filma 90 minutos de pura bomba que desde el inicio de la cinta ya te atrapa, te mantiene pegado a la butaca y sin poder apartar la mirada de la pantalla, y vierte (y divierte) todo lo prometido.
Una tensión insostenible, unas set-pieces espléndidamente filmadas, casquería y terror por doquier, unos innovadores engendros multiformes y, claro, muchos guiños para los fanáticos del cartucho original. No en vano, la escasez de munición, los múltiples candados o algunos personajes se extraen directamente de la narrativa del juego primigenio. Incluso, consigue crear la sensación de que estás dentro de él en algunos momentos.
Por lo demás, Cregger juega a la inventiva visual. En esta obra no tenemos piruetas narrativas o malabares temporales como en sus previas cintas. Tenemos una narración lineal, por pantallas como ya hemos dicho, que se centra en que cada escena sea exprimida de la mejor manera posible. Y es que el nervio con el que se maneja el realizador en las secuencias más terroríficas, ese frenesí imparable y la elegancia de muchos de sus planos y encuadres hacen que estemos ante algo que puede satisfacer al avezado experto en el género como al aficionado más nostálgico.
Una vez más, nos vuelve a demostrar que un guion bien pensado, planificado y meditado, unido a una dirección cuidada y con suficiente ingenio visual, son la combinación perfecta para determinar la calidad del producto final. No decimos que sea la obra maestra que cambiará el destino de las películas de humanos infectados, pero bien es cierto que la operación de hacer un reinicio de Resident Evil alejado de la saga fílmica previa y con renovado brío ha dado sus frutos. Ya ha recaudado más de lo que costó en su primer fin de semana de estreno.
Lo cual no deja lugar a dudas: la idea de contratar a Cregger —un devoto del videojuego original—, darle alas para que pueda romper con la tradición de la saga anterior y poder crear algo diferente es exactamente lo que necesitaba una franquicia como esta. Y ahora la gran pregunta…
¿Cuántas secuelas más veremos en años venideros y mantendrán intacta la calidad que esta Resident Evil nos ofrece?
Escribe Ferran Ramírez | Fotos Sony Pictures España