Rock of ages (1)

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Inmortalidad efímera 

rock-of-ages-1Parece haber un malentendido, supuestamente inconsciente, en la versión castellana del título de este musical de Adam Shankman. Como es bien sabido, a veces la traición de la parte oculta de nuestra psique desvela una verdad que queremos soslayar. En nuestro caso, se trataría nada menos que de la asunción de la acotación temporal del Rock en cuanto fenómeno de masas, de manera que se diese a entender que tuvo su época, y que ésta ha pasado.

Rock of ages, en una traducción literal, no significa nada parecido a «La era del Rock«; para que se diera tal caso, la película debiera haberse denominado «The age of Rock«. Esto, que para cualquier persona medianamente instruida en inglés debiera ser una obviedad, se constituye en el equívoco sobre el que se cimenta nuestra crítica, que redunda en lo superficial de una película apresurada, tópica, por lo general mal interpretada e incluso, lo que es peor para un musical, cansina.

Me explicaré: la expresión Rock of ages hace referencia a un himno religioso que a su vez inspiró un símbolo, muy querido por los marineros y subsidiariamente por los artistas del tatuaje, que representa lo inquebrantable y lo eterno. La imaginería más clásica lo muestra como una cruz de piedra que resiste imperturbable a un oleaje furioso. De ahí se sugiere que la fe —en el caso de esa imagen vinculada al cristianismo, pero que puede tomar cualquier otra forma— resulta inalterada ante el paso del tiempo. Rock of ages, en este contexto, no significa otra  cosa que «La roca de los tiempos«, algo primordial, eterno, incorruptible y puro.

Pero Rock of ages es también una canción de Def Leppard, banda británica de los ochenta cuyos mayores éxitos fueron cosechados en los EEUU, y cuya temática es igualmente vindicativa —aunque desde una óptica un tanto más prosaica— del Rock como estilo musical que no se somete a la decadencia y que antes prefiere arder súbitamente que consumirse poco a poco en la mediocridad. La consideración de himno del rock le sobrevino a esta canción, aparte del incuestionable mérito de figurar en las listas de éxitos, por el hecho de que una de sus estrofas formó parte de la nota de suicidio de Kurt Cobain. La interpretación, no siempre clara, de su significado, la explicita Stacey Jaxx (Tom Cruise) en un momento del filme, cuando habla de quemar hasta los cimientos el local donde debe tocar esa noche, para después resurgir como ave fénix.

Así pues, de lo que querría hablarnos Shankman, reinterpretando en celuloide un musical clásico de Broadway basado a su vez en un libro de Chris D’Arienzo, es de la particular versión de la inmortalidad del Rock, una espiritualidad musical que se mantendría incombustible a pesar de sus diversas formas: pueden desaparecer las bandas, pueden caducar los estilos, pero el rock como elemento incendiario de la rebeldía y la libertad juvenil permanecerá por eones.

Sin embargo, por muy loable que sea este propósito —y debe ser así considerado por quien, como un servidor se declara devoto de la fe metálica— Shankman no hace nada por llevarlo a cabo. Su interpretación de lo que sea la música Rock no dista mucho de la visión que pudiera tener un sacerdote que ingenuamente pensase que el 69 es un simple número o que alguien que practicase el griego y  francés necesariamente debe ser muy avezado en lingüística.

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El coreógrafo norteamericano (pues esa, y no otra, es su profesión) no parece haber entendido, en primer lugar, que el rock duro es una música que, aunque puede bailarse no se presta a ser coreografiada; en segundo lugar, que a pesar de lo que pueda suceder en la costa oeste de los EEUU, hay vida más allá de subgéneros como el Glam, el AOR o el Hair metal, y en tercer lugar y más importante, que para dotar de entidad a una historia cinematográfica, hay que dirigir a los actores, escribir un guión, y luego montar las secuencias de manera que haya una continuidad espacio-temporal que no induzca a la confusión cuando no al sobresalto.

En definitiva, que para ser director de una película, es preciso dirigir.

Pasaré como sobre ascuas sobre las primeras consideraciones por respeto a los lectores, no sin señalar que resulta especialmente absurdo hacer una película sobre el rock en el que hay veladas referencias a grandísimos grupos como Bad Religion, Iron Maiden, Judas Priest, Motörhead o Scorpions, y sólo en el último de los casos se permita que suene una canción de la banda. Eso sí, de tapadillo y sin (gracias a Dios) las abominadas coreografías. Al parecer, lo último que necesitaba una película de estas características es que sonase una auténtica banda de rock duro.

También mueve a la conmiseración, cuando no a la hilaridad, el hecho de poner al frente de la producción a dos actores principales con el mismo espíritu rockero que pueda poseer Justin Bieber. La autenticidad (uno de los iconos del rock) se resiente gravemente, hasta el punto de perder toda autoridad. Háganse a la idea de lo que quiero decir con la siguiente imagen: no impone el mismo respeto un individuo beodo disfrazado de Guardia Civil en la fiesta del pueblo, que un número de la benemérita pidiéndonos el carnet de conducir a la salida de una autovía. La sensación de impostura es recurrente, y el alivio sólo sobreviene cuando desaparecen de la pantalla tanto la pareja protagonista como la trama que la sustenta.

Lo único que mantiene en pie a Rock of ages es, paradójicamente, la muy trabajada figura del secundario Stacey Jaxx, una notable creación del nunca lo suficientemente bien ponderado Tom Cruise.

Cruise, tantas veces denostado por su megalomanía y sus interpretaciones de baratillo, casi siempre basadas en una imagen juvenil condenada a perecer a poco que se le desbaratara el maquillaje, parece haberse atrevido en esta ocasión a mirar a través del espejo para encontrarse consigo mismo. Sin tomarse con afectación esta ojeada al reverso oscuro de la estulticia, ha conseguido dar una nueva vuelta de tuerca a su vis cómica, ya intuida en su personaje de Thropic thunder (2008), para acabar por reírse de sus miserias encarnando a un personaje endiosado, alcoholizado, autista y con ínfulas místicas.

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Stacey Jaxx es lo mejor de un filme que no está para muchas alegrías. Es un personaje construido a partir de la síntesis de Axl Rose y su rival/compañero de Guns’n’Roses, Slash, sin descartar toques de Bret Michaels (Poison) e incluso Iggy Pop. Su presencia, hiperbólica, puede ser malinterpretada en la medida en que se considere un papel serio, pero si se repara en que irónicamente, le han dado a la estrella el papel de estrella, podríamos estar en condiciones de reírnos con él de sí mismo.

Todos los demás personajes se muestran desdibujados: Catherine Zeta Jones, en un papel que quiere emular a Tipper Gore, la esposa de Al, que lideró el PMRC hasta conseguir establecer algo así como un comité de censura sobre las letras de los grupos musicales, aparece sobreactuada y poco creíble. Sin embargo, el responsable de hacerla cantar We’re no gonna take it, hizo un buen chiste, dado que Twisted Sister, la banda autora de la canción, fue una de las pocas (y buenas) que se atrevió a plantarles cara.

Con respecto a los otros actores, la pareja formada por Alec Baldwin y Russell Brand tiene algún momento ocurrente, pero no pasa del mero destello fugaz en un mar de mediocridades, en el que, por cierto, podemos encontrar como figurantes a gente como Nunno Bettencourt (Extreme) o Sebastian Bach (Skid Row).

Pero lo que antes sugerí con respecto al tercer punto es lo que debe pesar en la consideración sobre si nos hallamos o no ante una buena película, y en este sentido, cabe afirmar que esa pregunta implícita no tiene respuesta.

Y esto es así porque el director no se ha ocupado en absoluto de hacer una película, si entendemos por esto la capacidad de hilvanar un relato que sustente los números musicales. Uno no sabe bien si, porque odia el edulcoramiento de supuestos clásicos del Rock americano (a su manera digeribles en la versión original), está deseando que las canciones se acaben o si por el contrario, viendo lo inane de la trama está deseando que canten, aunque sea a costa de sufrir un empacho de azúcar.

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El verdadero lastre de Rock of ages se muestra entonces en su incapacidad para hacer que la acción de los personajes cuadre con lo que las canciones sugieren, con lo que también nos damos cuenta de que se ha perdido la ocasión para elaborar un auténtico musical. Con todos sus defectos, Moulin Rouge era capaz de poner una canción de Nirvana en una trama decimonónica sin que nos chirriase lo más mínimo. Rock of ages no sabe muy bien si quiere dar un mensaje, reivindicar una época o proporcionar un set list para nostálgicos.

Así pues, después de todo, puede que el traductor haya sido plenamente consciente, y no haya hecho nada más que concretar la efectiva intrascendencia y vacuidad, no ya sólo de esta película, sino también de la época que representa, en su interpretación del título.

La Era del rock a la que hace referencia la traducción, es una efímera etapa en la que el Glam rock abdicó en alguna de sus bastardas variantes gracias a la intercesión de la MTV y sus cantos de sirena, que prometía millones de discos a cambio de una apertura comercial al gran público. Esa etapa fue liquidada por aquellos que la auspiciaron, y que encontraron nuevos nichos de mercado en el Rap, el Hip Hop y en sus también bastardas variantes, las Boy Bands.

En el filme, junto al representante sin escrúpulos (Paul Giamatti), esas bandas de chicos aparecen como el enemigo vencido del auténtico Rock’n’roll; pero la realidad dista mucho de la ficción: mientras el hip hop y sus sucedáneos se enseñorean del mercado, casi todas las bandas de las que aparece una versión en el filme han desaparecido o se arrastran por los escenarios de medio mundo, a menudo siendo una caricatura de lo que fueron.

Cabe oponer, sin embargo, el ejemplo de grupos como Bad Religion, Iron Maiden, Judas Priest o Motörhead, que siguen en la brecha sin rebajar un ápice su potencia, e inspirando a nuevas generaciones de metaleros que, si no es por obligación o por engaño, no se dejarán ver por una sala de cine para contemplar cómo hubo una era en la que el Rock decayó, siguiendo una vía muerta de la que afortunadamente, nada surgió entre las cenizas.

Escribe Ángel Vallejo

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Título Rock of Ages (La Era del Rock)
Título original Rock of Ages 
Director Adam Shankman
País y año Estados Unidos, 2012
Duración 123 minutos
Guión Chris D’Arienzo, Justin Theroux y Allan Loeb
Fotografía Bojan Bazelli
Música Adam Anders y Peer Astrom
Distribución Warner Bros. Pictures International España
Intérpretes Julianne Hough (Sherrie), Diego Boneta  (Drew), Russell Brand (Lonnie), Paul Giamatti (Paul Gill), Catherine Zeta-Jones (Patricia), Malin Akerman (Constance), Mary J. Blige (Justice), Alec Baldwin (Dennis), Tom Cruise (Stacee Jaxx)
Fecha estreno 10/08/2012
Página web http://wwws.warnerbros.es/rockofages/