Interesante película, una agradable sorpresa

Los marineros en peligro en el mar son el tema central de esta historia impactante de fantasmas y lirismo, del cineasta Mark Jenkin. Ambientada en un pueblo pesquero, explora la presencia íntima de la muerte y la inquietante claustrofobia de la familia y la comunidad.
Quizás una película de este tipo era lo que el singular lenguaje cinematográfico de Jenkin estaba esperando: se atribuye en solitario el guion, la dirección, el montaje, la fotografía, la música y el diseño de sonido.
Su técnica y su estética casi primitivista favorecen lo turbador y lo misterioso. Películas con la textura del cine arcaico llevado a la actualidad, filmada en 16 mm, revelada a mano de tal manera que crea arañazos en la copia, con diálogos y sonido ambiente superpuestos.
El barco que volvió
Primeros planos de óxido, roca y cuerda desgastada, con una textura tan palpable que uno siente que podría tocar la pantalla y llevarse las yemas de los dedos húmedas y manchadas de algas.
La maleza brota entre las grietas del pavimento, tejas de pizarra barnizadas por la lluvia, puertas de entrada desconchadas, deformadas y descoloridas por el sol hasta parecer madera a la deriva. La cámara de Jenkins atesora todos los detalles decadentes de su entorno, un pueblo pesquero anónimo y en declive, visitado por pocos y abandonado por muchos.
Pero algo ha regresado: el barco que da nombre a la historia. Una embarcación maltrecha y tosca, evocadora del desierto de Nevada, que fue declarada perdida en el mar hace 30 años y, supuestamente, su tripulación de pescadores locales había sido engullida por la mar.
Cuando milagrosamente aparece una mañana en el puerto del pueblo, sin tripulación, pero intacta, presagia una nueva fortuna para una comunidad que atraviesa tiempos difíciles. Y es bien recibida, a pesar de las palabras «bájense del barco ahora» ominosamente talladas en la madera.
Unos hombres se ofrecen voluntarios para volver a navegar la nave. Las aguas están llenas de peces, y pronto la bodega del barco también lo estará. Les espera una mayor bonanza económica y las comodidades del hogar.
El eje de tiempo
La película es un viaje en el tiempo de baja fidelidad, que regresa sobre sí mismo de maneras vertiginosas y desconcertantes, y que se basa en sutiles diferencias de ambiente y época.
No tardamos en darnos cuenta de que la presencia del barco hace que exteriormente la aldea de hombres, aunque no cambia mucho a lo largo de las décadas, las diferencias en el estilo de vida y el espíritu comunitario se perciben con intensidad. Se ve más animada y rica.
Es un giro argumental apropiado para la cinematografía de Jenkin, que se siente cronológicamente entre los años 1960 y los 2020, y que expone una sutil tensión entre los dos personajes principales, ya que uno anhela el presente y el otro se adapta inmediatamente, imperturbable, al pasado.

Onirismo y realidad
Todo lo que vamos viendo en pantalla apunta a un drama que se siente como un sueño que ya se ha soñado antes, como un déjà vu o pertinaz recuerdo, y cuando hay secuencias oníricas propiamente dichas, la brecha entre la ilusión y la realidad es mínima.
La película es todo un descubrimiento, una sorpresa. En esta era digital es raro toparse con algo que te haga pensar en la realidad física perdida del celuloide girando a través de los engranajes metálicos de un proyector antiguo.
Jenkin regresa desde su ópera prima Bait (2019), un retrato monocromático de bajo presupuesto de una comunidad costera de Cornualles que se deleitaba con su estética tradicional y artesanal, convertida en un éxito independiente inesperado en los cines del Reino Unido. Sobre gente que se gana la vida de forma precaria trabajando en barcos pesqueros. Bait era en blanco y negro, pero esta es en un color rico y vívido, colores intensamente saturados.
En esta cinta, nos encontramos con una visión y una actitud contra la gentrificación, sobre los urbanitas de clase media que cierran los negocios y locales de larga tradición. También parece extenderse el tema, alegóricamente, contra una industria cinematográfica empeñada en adoptar métodos más modernos, sofisticados y comerciales para triunfar.
Terror/fantasía
No hace mucho, nadie habría apostado por una película de terror/fantástica, con actores de renombre, pero seis años y dos largometrajes después, aquí está Jenkin con Rose of Nevada, una película que aparentemente encaja con esa descripción, con un resultado iridiscente y extrañamente hermoso. Sin concesiones por parte de Jenkin.
Un pescador local de un pueblo pesquero deprimido, interpretado por Edward Rowe, se asombra una mañana al ver un arrastrero flotando tranquilamente en el puerto: el Rose of Nevada. Este barco se perdió 30 años antes en una fuerte tormenta. El barco ha vuelto de entre los muertos. La pregunta inmediata es saber cómo es posible este hecho.
Atónito, se acerca a la viuda de uno de los pescadores ahogados (Rosalind Eleazar), una mujer con dos hijas adultas, y le dice, sencillamente, que el barco ha regresado, respondiendo ella con el mismo temor latente y aturdiente que él tiene.

Lo que siente al poco es que el barco debe ponerse a trabajar; contrata a un capitán curtido (Francis Magee), junto con dos jóvenes tripulantes del pueblo: el reflexivo Nick (George MacKay) y el vagabundo bebedor Liam (Callum Turner). Este último coquetea con la hija del pescador desaparecido en un pub; ella le regala la vieja gorra roja de su difunto padre, la que él usaba a bordo.
Nick se horroriza al ver las palabras «Bájense del barco ahora» grabadas en la madera del barco fantasma, bajo cubierta. Al regresar, con la embarcación repleta de pescado, descubren algo aún más extraño: el pueblo parece más lleno y animado, el pub luce mejor y permite fumar en el interior.
Pasaje en el tiempo
La terrible verdad es que han viajado en el tiempo hasta 1993, tres años antes del nacimiento de Nick, y todos en el pueblo creen que Nick y Liam son los dos hombres desaparecidos. No saben si el destino les ha deparado un futuro más feliz que el que realmente tuvieron. O si era su realidad la que, en realidad, era irreal: una premonición de desastre y desolación de hace 30 años.
En cualquier caso, a Nick le perturba profundamente ver que Liam simplemente acepta la situación y con indiferencia, lo que parece ser una nueva y agradable realidad: vivir con la viuda —es decir, la madre de la mujer con la que había estado flirteando— como esposo y padre. Para él, es un resultado mucho mejor que cualquiera que hubiera imaginado.
Nick está horrorizado por este encierro existencial, y quizás sea emblemático de las actitudes ambivalentes de estos jóvenes hacia el sustento y la existencia de la generación de sus padres: salir al mar, en condiciones incómodas e incluso peligrosas, por algo que tal vez no les proporcione un ingreso estable. Y se siente oprimido por lo que le dice el capitán: que la gente en tierra depende de ellos.

Enigma, ironía y concisión
Tiene la cinta un equilibrio emocionante: explora con agilidad lo insólito mientras examina con honestidad un rincón olvidado de la clase trabajadora inglesa. También hace uso de un estilo irónico y conciso, de una escuela anterior del «realismo» cinematográfico británico, con los actores George MacKay y Callum Turner integrándose a ese mundo ágil, granulado y doblado.
Acompañan actores secundarios que regresan, entre ellos Edward Rowe, protagonista de Bait, y Mary Woodvine, socia de Jenkin (y colaboradora en la historia).
En manos de un cineasta convencional, esta sería una película de terror típica, como un cuento, que cumple con todos los clichés del género. Jenkin, en cambio, la convierte en algo más esquivo y complejo, con una extrañeza y un misterio presentes desde el principio.
El filme parece sugerir que hay algo incognoscible aquí incluso sin el salto temporal. Otra declaración audaz y singular de Jenkin.
Conclusión
Es una historia concisa —los guiones de Jenkin son limitados en palabras—, aunque tensa, trepidante e incluso conmovedora.
Meticulosas composiciones de naturaleza muerta y los tonos primarios intensos y vehementes de la fotografía en 16 mm, que pueden convertir en un tema pictórico una tormenta marítima o una red de pesca.
El paisaje sonoro, metálico y vibrante, construido íntegramente en posproducción, es una maravilla artesanal que sumerge al espectador tanto en el peligroso estruendo metálico de un barco que podría hundirse, como en el reconfortante artificio del cine analógico.
Pero, sea cual fuere el año al que se dirige Rose of Nevada, permanecemos a bordo, satisfechos. En el muelle, un herrumbroso noray de amarre inconmovible observa cuanto ocurre.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin