Récord de pulsaciones por minuto
Calvin Weir-Fields es un joven novelista de éxito que, armado con su máquina de escribir y en plena inspiración, comienza a relatar la historia de la chica que aparece en sus sueños, llamada Ruby. Una mujer cuyas imperfecciones componen el conjunto perfecto del que Calvin se podría enamorar. Una mañana el personaje traspasa la barrera de la ficción y aparece en la casa de su creador.
Este es el sencillo argumento de la última película de Valerie Faris y Jonathan Dayton, los directores de Pequeña Miss Sunshine (Little Miss Sunshine, 2006).
Tras el derrochador éxito que cosechó Little Miss Sunshine a todos los niveles, la expectación sobre su siguiente trabajo era alta. Little Miss Sunshine consiguió el apoyo del público, el respaldo de la crítica, la presentación de unos personajes memorables con un diseño acertadísimo —imprescindible es ahora insertar en cualquier serie familiar de nueva temporada el perfil de la pequeña Olive Hoover— y una mezcla de esencia road movie y cine independiente que sencillamente funcionó.
Posiblemente, los golpes de suerte no llamen de forma tan contundente a la puerta de Ruby Sparks, aunque motivos no le faltan. La película es sencillamente deliciosa y, lo mejor, deliciosamente sencilla. Y es que cuando llega la inspiración acompañada de una historia potente es muy difícil frenarla.
El concepto de la película es un arma de doble filo. Sí, un escritor que trae a la vida a uno de sus personajes, una chica con la que empezará una relación amorosa. Tema atrayente y persuasivo. ¿Pero hay algo más que rascar en esa superficie? Para el espectador que tenga dudas a este respecto, la respuesta es sí.
Más allá de lo atractivo que puede resultar un argumento como el de Ruby Sparks, se enciende la alarma de la posible no originalidad. De un extraño déjà vu. Inicialmente, todo suena a argumento de un episodio autoconclusivo de una serie de ciencia ficción.
Y así es, en 1960, La dimensión desconocida (The twilight zone) añadía a su antológica colección de fantasía la historia de un escritor cuyos personajes femeninos cobraban vida, mujeres que estaban perdidamente enamoradas de él. El capítulo en cuestión se llama Su mundo propio (A world of his own) y cierra la primera temporada de la serie. Desde entonces, la idea de la disolución de las fronteras entre lo que un escritor relata y lo que realmente ocurre ha sido tratada por activa y por pasiva.
A pesar de ello, las diferencias entre todo lo anterior y esta película son abismales. Se consigue adaptar perfectamente algo trillado a la personalidad cinematográfica fresca y renovadora de Dayton y Faris. Para empezar, Paul Dano —Dwayne en Little Miss Sunshine— interpreta a un escritor mucho más amable y encantador con sus creaciones que su precursor en La dimensión desconocida. Su actuación consigue el perfecto y cómico equilibrio entre lo humano y lo caricaturesco. Los sentimientos de su peculiar relación con Ruby no podrían traspasar mejor la pantalla.

La historia detrás de la película se vuelve radicalmente más interesante cuando el espectador es consciente de que la propia actriz que interpreta a Ruby, la adorable Zoe Kazan, no sólo es la protagonista de la película sino que también es la guionista de Ruby Sparks. Por lo tanto tenemos a una escritora escribiendo el guión de una película en la que un creador de historias escribe su nuevo libro sobre el personaje que ella misma interpretará en pantalla. Lo que inicialmente podría haber sido un ejercicio de egolatría desmesurada se descubre como un agradable, sorpresivo y ficticio autorretrato.
Que la química entre los dos personajes protagonistas se dispare desde el principio quizá pueda explicarse por el hecho de que Paul Dano y Zoe Kazan son pareja en la vida real. Que una pareja de actores interprete a una pareja ficticia, ¿resta su mérito? Puede haber división de opiniones al respecto pero lo que es seguro es que ellos se convierten en Calvin y en Ruby y que lejos de altos índices de glucosa, azúcares extremadamente grasos y gigantescos países de piruleta, es imposible no sentirse contagiado por el entusiasmo de la relación de estos dos personajes.
Annette Bening, Antonio Banderas y Chris Messina —actor que últimamente encadena un proyecto interesante tras otro— interpretan a los padres y al hermano de Calvin respectivamente. Un interesante plantel de secundarios que apoya a los personajes principales pero que en ningún momento los eclipsa.
La escena en la que todos ellos se reúnen —la cena familiar— si bien no es lo más brillante del guión sirve para conocer un poco más el perfil de Calvin y supone un capítulo necesario para que el ritmo de la película no se base en meras “escenas matrimoniales” entre Ruby y Calvin. La televisiva Deborah Ann Woll (True Blood), el mítico secundario Elliott Gould y la agradable presencia indie comedy de Alia Shawkat completan el reparto.
Ruby Sparks tampoco sigue una estructura específicamente original. Lo que sí hace es perfeccionar el clásico esquema de la película romántica. Parece evidente que toda romcom que se precie tiene que incluir entre el segundo y el tercer acto un conflicto entre los dos personajes protagonistas. Hasta el espectador casi puede predecirlo, pero hay ocasiones como en Ruby Sparks en las que ese momento es tan temido, que ese miedo extremo afianza la tesis de que estamos ante una película redonda y que consigue todo lo que se propone y más.

Ruby Sparks no es más que la historia de amor sólido formado por dos componentes extremadamente frágiles. Y conseguir transmitir una vulnerabilidad o fragilidad de calidad sin caer en recursos baratos es algo difícil de conseguir. Cuando ese conflicto finalmente llega, se desarrolla y culmina —al ritmo de unos chasquidos—, las pulsaciones del corazón y las mecanográficas están al unísono.
La película hace una comparación entre el mundo del guión, la literatura —o la creación en definitiva— con el clásico tema de las relaciones tormentosas en las que la fuerza dominante puede aplacar y totalizar a la más débil o dependiente. Esta metáfora que podría pecar de estirada y elitista se convierte en lo radicalmente opuesto.
Ruby Sparks es una película que combina a la perfección los gustos del público con las aspiraciones artísticas de sus creadores. Ruby Sparks causa carcajadas espontáneas, está tocada por la varita de unas actuaciones carismáticas y memorables, emociona y yuxtapone sentimientos de la forma en la que lo haría una pasional relación humana.
Su tono ligero hace al espectador sentirse cómodo —aunque nunca del todo relajado— y su final es suficientemente complaciente como para no destrozar todo lo alcanzado hasta entonces. ¿Es verdaderamente Ruby una aparición fantástica que nace de una máquina de escribir o es tan solo una actriz intentando volver loco a un afamado escritor?
Tanto si se busca la respuesta como si no, la segunda película de Jonathan Dayton y Valerie Faris merece la pena. Indudablemente, una de las mejores películas del año.
Escribe Juan Bernardo Rodríguez

| Título | Ruby Spark |
| Título original | Ruby Spark |
| Directores | Jonathan Dayton y Valerie Faris |
| País y año | Estados Unidos, 2012 |
| Duración | 102 minutos |
| Guión | Zoe Kazan |
| Fotografía | Matthew Libatique |
| Música | Nick Urata |
| Distribución | Hispano Foxfilm |
| Intérpretes | Paul Dano (Calvin Weir-Fields), Zoe Kazan (Ruby Sparks), Antonio Banderas (Mort), Annette Bening (Gertrude), Steve Coogan (Langdon), Elliott Gould (Dr. Rosenthal), Chris Messina (Harry), Alia Shawkat (Mabel), Aasif Mandvi (Cyrus Modi) |
| Fecha estreno | 26/10/2012 |
| Página web | http://www.rubysparks.es/ |