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Melodrama y fanatismo
Escribe Carlos Losada
Desde luego sí que es tremenda esta película de Lee Chang-dong, donde se cuenta un clásico melodrama, pasado por el tamiz de las creencias religiosas, y sus delirios ultras y fanáticos, con el dolor y la desgracia acechando siempre a la protagonista, porque ni siquiera al final quedamos demasiado convencidos de si consigue dar una alegría a su vida.
Permitan que les cuente que todo empieza cuando Shin-ae (personaje por el que Jeon Do-yeon ganó el premio de interpretación femenina en el festival de Cannes de 2007, muy merecido por cierto) llega a Miryang, desde Seúl, con un hijo de pocos años, para iniciar una nueva andadura como profesora de piano, porque acaba de perder a su marido en un accidente: el plano que abre el filme es precisamente el volante de un coche.
Todo parece irle bien, por el trato que recibe de las gentes, por las amistades que va haciendo; y en un entorno casi apacible, como dándole a entender que transita por el camino adecuado. Y surge el clímax: han secuestrado a su hijo y le piden dinero, por un individuo al que conoce, padre de una hija conflictiva. Es la piedra de toque del melodrama, la angustia que se vuelca sobre ella, el dinero que deposita en un contenedor de basura; y el crío que aparece muerto.
A partir de este momento, la película de Chang-dong cobra una dimensión muy interesante, pues Shin-ae se pone en manos de unos religiosos que le dicen que Dios aliviará y curará sus penas. Y aunque ella interroga a la mujer del farmacéutico, que desde que llegó la quiere convertir a su fanatismo religioso, y le pregunta por qué Dios consintió que matasen a su hijo, ella le contesta que Dios es amor y que Shin-ae comprenderá todo cuando se ponga en sus manos.
Shin-ae no logra tener paz, confianza, seguridad; pues ni su vengativo flirteo fallido, en pleno campo, con el marido de la farmacéutica ("Dios está mirando", dice el apasionado y atribulado marido), ni su inicio de corte de venas ("¿Estás mirando Dios?", pregunta Shin-ae), alivian su tormento y la llevan, con esa sombría presencia del hermano (que pretende ser su consuelo), a la desconfianza hacia sus semejantes y casi hacia ella misma, por lo que termina, es un decir, como en todo melodrama invertido, por emparejarse con el hombre que desde un principio la ayudó y la quiso, pero que para ella era una presencia no necesitada.
Esta historia está contada con suavidad, sin aspavientos, diría que con los planos precisos; aunque tal vez necesitase más determinación en el caso del fanatismo religioso, para ofrecer la verdad sobre los engaños que la gente pretende creer y que no son más que artificios de su mente y de su educación y que con un buen análisis podrían desterrar.
Con todo, película estimable y muy digna; en ocasiones, más por lo que sugiere que por lo que manifiesta. Su visión nos ayuda para comprendernos mejor.
