Secretos de un crimen (3)

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Policial social duro y arriesgado

Fue el 16 de diciembre de 2012, en Munirka, un barrio de Delhi, cuando seis hombres torturaron y violaron aJyoti Singh Pandey de 23 años. De resultas de este vandalismo la joven murió y el caso saltó a las televisiones y rotativos de todo el mundo provocando protestas muy fuertes, particularmente en India.

Transcurrido un tiempo, la cineasta Shandya Suri encontró una fotografía de las manifestaciones en la que una mujer policía se enfrentaba a los ciudadanos de la calle, como manifestó la directora: «Ella, su posición, su rostro, su expresión eran muy interesantes (…) esa era la clave de mi historia, porque esa mujer está en ambos extremos, está trabajando en un sistema corrupto y a veces violento, lleva un uniforme que implica poder, pero también es una mujer, es una víctima».

De modo que, tras investigar los hechos y las circunstancias, terminó rodando esta cinta. Una película que envuelve una poderosa carga de denuncia social (sistema de castas) y una explícita reivindicación feminista.

La pobreza y la marginación de las clases más desfavorecidas, la violencia policial y el sentido de la justicia cobran acto de presencia en un relato en el que la cineasta abre la puerta a una forma diferente de ser mujer, para explorar la rabia femenina de una manera naturalista.

La película

Santosh es una joven viuda de un policía muerto en estado de servicio. Merced a un decreto gubernamental, la joven puede heredar el trabajo de su marido como agente de policía en una zona rural del norte de India.

Pero la cosa se torna turbia e intensa cuando una niña de casta inferior aparece violada y asesinada. Santosh se ve arrastrada a la investigación, bajo el ala de la carismática inspectora feminista Sharma, su superiora, una mujer tan dura como arbitraria. Pero ese asesinato, además de tener un pobre inculpado, tiene también otras insospechadas derivaciones.

Dirección

Con la dirección y guion de la directora de cine y documentalista británico-india Sadhya Suri, este penetrante pero sutil debut en el largometraje queda lejos de florituras o estrellas por la pasarela, es un cine duro, arriesgado (no se estrenará en India) que hace reflexionar con el mensaje y con una historia cautivadora, que no te dice qué cosa pensar en forma directiva, sino qué pensar después de ver los hechos.

Santosh Saini, viuda poco acostumbrada a trabajar, se ve obligada a hacerlo por necesidad. Hereda la profesión de su marido gracias a un particular recurso legal, una cláusula del gobierno conocida como «nombramiento por compasión».

De la noche a la mañana, Santosh se ve obligada a incorporarse a la policía local, donde la investigación por asesinato de una muchacha se convierte en un curso intensivo sobre la verdadera ley y sobre el significado de hacer justicia en un país machista y de castas, una sociedad donde hay ciudadanos de primera y otros que son literalmente indignos y de tercera.

Es en este encuadre de sutiles maquinaciones y mediaciones sociales, de flagrantes injusticias, donde la película de Suri cobra forma, progresa y mantiene la tensión todo el metraje.

Se trata de una cinta cruzada por el sexismo-machismo, la corrupción, la política y el sistema de castas: todos temas polémicos en India, e incluso en todo el mundo, tema que casi nadie menciona por su nombre.

La película, que filma casi todo desde la perspectiva de Santosh, no intenta ofrecer respuestas claras ni concisas

Personajes y temas complejos

En las tierras inútiles y yermas donde se ambienta la historia, lo primordial es la supervivencia, alimentada por una diversidad de ingenios moralmente ambiguos y farragosos. Lejos de la mirada occidental y la lente académica, estos males adquieren aquí nuevos ángulos y caras.

La propia protagonista, Santosh, no está exenta de experimentar estos males, pues además coincide con su primera experiencia de independencia, en un puesto y en un entorno peliagudo de policías, y ella recién llegada al cuerpo, y mujer joven. Peligro.

Santosh-Goswami no es una heroína glamurosa, es una mujer común cuyo nuevo dolor y soledad se entrelazan con el reconocimiento gradual de los males cotidianos de la vida y de su país. En esta cinta Goswami expresa el temor y la desazón de cuanto vive. Es ella, prácticamente, quien lleva la película, con una naturalidad inquieta, como si fuera algo sencillo, que en absoluto lo es.

Muchas de las injusticias que se desarrollan en la historia tienen su reflejo en las reacciones de Santosh; los oficiales que se ríen de un hombre analfabeto, los auxiliares médicos que se niegan a tocar el cadáver de una niña dalit, los insultos a un niño musulmán cuyo presunto delito no tiene nada que ver con su religión; todo ello reflejado en los ojos de Goswami. Mientras, su personaje Santosh registra, procesa e internaliza con dolor su entorno.

Cree tener una aliada en la oficial superior Sharma, quien tiene sus propios métodos para mantener el statu quo. «Hay dos tipos de intocables en este país», le dice Sharma: «Aquellos a quienes nadie quiere tocar y aquellos a quienes no se puede tocar».

A pesar del magnetismo que Goswami y Rajwar transmiten juntas (Goswani con una serena intensidad), son interesantes y mucho los actores secundarios aficionados. La película de Suri está llena de actores no profesionales que destacan por ser ellos mismos frente a la cámara, un resultado atractivo porque se siente veraz y fiel a la India real.

La película es clara y va directa al nódulo de los capítulos y aspectos nucleares, sin eludir en ningún momento las oscuras verdades que Santosh va descubriendo conforme se adentra en la lúgubre investigación. Los dramáticos acontecimientos aparecen en pantalla con enorme realismo.

Y la cautivadora Goswami. En cada uno de sus gestos y reacciones como agente, nos traslada a un mundo de dolor, miedo y alarma frente a un sistema muy complicado. Goswami captura todos los matices de su personaje complejo y atormentado. Flotando, la duda de si Santosh podrá encontrar la verdad en un mundo de mentiras, y una salida ilesa.

Se trata de una cinta cruzada por el sexismo-machismo, la corrupción, la política y el sistema de castas

Por cerrar

En esta obra no hay héroes y sí una policía indolente o, en el peor de los casos, corrupta. Porque la muchacha violada y asesinada es de «casta inferior», declarada al principio como desaparecida por la familia. Eso no parece importar a la policía.

Cuando se descubre el cuerpo, esa misma policía será objeto de cierto escrutinio por lo que no hicieron y el daño adicional que le infligieron a la familia. Ahí entra Geeta Sharma, la veterana investigadora. Pero eso no significa que busque la verdad. Tremendo.

A medida que avanza el metraje vemos que no se trata tanto de resolver el crimen como de silenciarlo todo. Hay un joven presuntamente culpable y sobre él cae toda la basura policial y social. Hay que encontrar un chivo expiatorio para preservar a las castas altas.

Este extremo significa un giro en el sentido convencional, pues muestra la terrible facilidad con la que la brutalidad y la tortura se convierten en medios «justificables» para cerrar casos que no interesan. No hay justicia, sino cierre.

La película, que filma casi todo desde la perspectiva de Santosh, no intenta ofrecer respuestas claras ni concisas. Es lóbrega, mucho. Película increíblemente efectiva que culmina con un plano final de los que no se pueden olvidar.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin