Sentido y sensibilidad (2026) (2)

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Nueva adaptación tibia del clásico literario de Austen

Las hermanas Elinor y Marianne Dashwood se ven forzadas a dejar su casa de campo de Sussex y mudarse con un pariente lejano, en cuya casa rural se enfrentarán a problemas amorosos y económicos.

Recordaba cuando entré en la sala las películas que había visto sobre la misma novela: la de Ang Lee (1995) y Orgullo y prejuicio (2005), de Joe Wright. Y con este caudal en la memoria me dispuse a comprender/soportar ciertos atascos e incluso una porción de suspensión por parte de la directora Georgia Oakley; también de la guionista debutante Diana Reid, al abordar este material tan venerado durante décadas de la novela de Austen. Y algo de eso hubo.

Si bien hay que admitir que algunos detalles contribuyen a que la historia se sienta contemporánea (que es justo misión del cineasta de dramas de época), lamentablemente la película tiene dificultades para forjar una identidad propia, pareciendo más una mezcla híbrida de influencias, que una reinterpretación original.

En favor de Oakley

Creo que, con buen juicio, Oakley inicia la película con algo que es nodular en las novelas de Austen: la falta de seguridad económica de las mujeres. Efectivamente, nada más comenzar, las hermanas Dashwood, la reservada Elinor (Daisy Edgar-Jones), la apasionada Marianne (Esmé Creed-Miles) y la marimacho Margaret (Bodhi Rae Breathnach), son expulsadas de su mansión debido a un testamento que favorece a los hijos varones.

Elinor encuentra un alma gemela en Edward Ferrars (George MacKay), el bondadoso y tímido hermano de la intrigante cuñada Fanny (Stacy Martin). Sus primeras escenas juntos son tal vez las mejores de la película, con Edgar-Jones y MacKay inmersos en una relación cálida y tierna, y MacKay logrando que Edward parezca un hombre de principios, leal, y no un cantamañanas, vividor y aguafiestas.

Siguiendo la trama principal de la novela, el guion de Diana Reid nos cuenta lo que está en juego: la madre Dashwood (Caitríona Balfe) se encuentra sin un céntimo e impotente ante la usurpación de la herencia familiar por parte de John Dashwood (Tom Brooke), el único heredero varón de su difunto marido en su primer matrimonio. Además, este apenas insinúa resarcirle con una dote de cien libras anuales, cantidad insuficiente para sobrevivir.

Antes de que ella y las chicas se muden a una sencilla y modesta casa de campo junto al mar en Devon, tienen que soportar y padecer la insolencia y los desaires de la tacaña y egoísta esposa de John, Fanny (una maravillosamente cáustica Stacy Martin).

Mientras, entre Elinor y Edward crece el afecto mutuo, durante agradables paseos por el campo: retozando en el prado y en sesiones domésticas en las cuales ella retrata a Edward, quien posa paciente y amoroso (podría decirse que hay un leve giro a la mirada de género, pues es Elinor quien atrae a Edward, y no al contrario, en que es el hombre quien seduce a la dama).

El nuevo hogar

En fin, que los Dashwood no tardan en ser despedidos de su casa donde pasaron años felices, para viajar con penar y pesar al único hogar posible, una pequeña cabaña en Devon, una gracia del John Dashwood para mitigar el golpe.

Es, una vez en el nuevo hogar, donde Marianne cae en los brazos del diabólico, voluble y «encantador» John Willoughby (Frank Dillane), para disgusto del fuerte pero silencioso coronel Brandon (Herbert Nordrum), quien no ve al joven como alguien confiable.

En Devon, Marianne y Willoughby disfrutan de un romance campestre a dúo de piano y caricias junto a los acantilados, y aunque él le regala un corcel blanco, nunca se compromete a un futuro previsible, antes de regresar a Londres y permanecer allí.

Pero, volviendo a Edward, resulta ser un joven demasiado pusilánime y con un exceso de sensatez para seguir a su corazón, dejando escapar a una confundida Elinor, cuando su familia finalmente se retira al nuevo hogar aislado, ayudados por la amable pero un tanto montuna Sra. Jennings (Fiona Shaw).

Las disputas de estos amantes son captadas de forma franca y conmovedora al son de la melancólica música de Roger Goula

El viaje a Londres

Cuando la señora Jennings planea un viaje a la capital, Marianne y Elinor la acompañan con enorme entusiasmo y el anhelo de ver a sus jóvenes amores. Los vestidos blancos desgastados y las melenas despeinadas confieren a las chicas una modernidad campestre que contrasta con los interiores dorados y los elaborados peinados de las damas londinenses.

La prudencia de Elinor y la alegría de vivir de Marianne se reflejan en la encantadora coreografía de Holly Blakey: en el campo, Marianne y Willoughby participan en una animada y bulliciosa danza folclórica, mientras que Elinor y Edward se cruzan en un animado baile londinense donde bailan un vals igualmente contenido, pero a la vez sensual y elegante.

Cuando el amor vuela

Elegante ambientación de Oakley (interiores suaves iluminados por velas, caza mayor colgada en la pared y gran cantidad de perros impecables), combinado ello con un realismo psicológico emocionante.

Los primeros planos desde ángulos bajos revelan la fragilidad de la compostura de Elinor cuando Edward le dice estar comprometido con otra mujer; y Marianne casi se derrumba de los nervios, desilusionada, cuando encuentra a Willoughby del brazo de una adinerada señora.

Las disputas de estos amantes son captadas de forma franca y conmovedora al son de la melancólica música de Roger Goula, aunque el drama más realista de Oakley resulta extrañamente predecible, con una seriedad que le resta algo del ingenio a la comedia, que es lo que caracteriza la obra de Austen. Y aunque Edgar-Jones y MacKay interpretan a unos enamorados entrañables, no alcanzan a transmitir nueva vida a sus personajes.

La visión de Oakley sobre la época es de un romanticismo campestre, con planos de torrecillas, juncos temblorosos, arañas cubiertas de rocío

Romanticismo bucólico y personajes

La visión de Oakley sobre la época es de un romanticismo campestre, con planos de torrecillas, juncos temblorosos, arañas cubiertas de rocío o nenúfares flotantes, que vienen a ensortijar, vestir y complementar la trémula y convulsa vida interior de las hermanas Dashwood, sobre todo Elinor y Marianne.

La más audaz y vivaz es Marianne, con una cámara temblorosa que la sigue de cerca mientras se aventura por el bosque cuando recibe la noticia de la muerte de su padre. Por suerte, Oakley evita el simbolismo cursilón de la Madre Tierra, algo que las mujeres en medio de bosques y prados soleados pueden propiciar fácilmente. 

Edgar-Jones mantiene bien el timón y el rumbo, pero la relación central entre las dos hermanas, de actitudes muy opuestas hacia el amor y la pareja, queda desatendida. De esta manera, el desarrollo de las relaciones románticas en el guion sacrifica paradójicamente el verdadero corazón de la historia.

Pero quizá el más llamativo es el Willoughby de Dillane, un canalla desaliñado y vanidoso, a su manera un libertino, y la presencia más llamativa en la película, pues aporta una ligereza y un humor espontáneos a un mundo de decoro contenido.

Cierre

En principio todo resulta bien y lucido, un filme con tintes sociales y un retrato cultural y antropológico de la época. La película de 35 mm captura las texturas del mundo natural en el que las hermanas juegan y retozan.

La fotografía, el vestuario y el diseño de producción están influenciados por la versión de 2005 de Joe Wright, y me parece que incluye algunas referencias a Cumbres borrascosas, novela de Emily Brontë (1818-1848), y Lejos del mundanal ruido (2025), de Thomas Vinterberg, novela de Thomas Hardy (1840-1928).

Tras abordar los temas clave de Austen, la película se centra en un romance sencillo, lo que no aporta demasiado, resulta bastante trillado y, sobre todo, poco grácil y entusiasta.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Universal Spain