Sex (3)

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Fronteras de la masculinidad

Dag Johan Haugerud es un escritor, director y guionista noruego con más de dos décadas en el mundo del cine. Después de algunos cortometrajes, su opera prima fue I Belong (2020); le siguió I’m The one you want (2021) y su primer gran trabajo, Cuidado con los niños (2019), un drama político donde nada es lo que parece.

Tras un metraje de media duración, Light from the Chocolate Factory (2020), presentó Love (2024) que, junto con esta cinta, Sex (2024), marca el inicio de una trilogía que se completa con Dreams (Sex Love, 2024). Sex formó parte de la Sección Oficial de la Seminci y obtuvo tres premios del Festival de Cine de Berlín, dentro de la Sección Panorama.

La trama

El comienzo es ya muy ilustrador de lo que vendrá. Parece una conversación ingeniosamente enmarcada como una sesión de terapia. Sin embargo, este intercambio se produce en un espacio de oficina anodino y neutral entre dos compañeros de trabajo, uno es jefe y el otro está en su cuadrilla.

Dos amigos y compañeros de trabajo como deshollinadores, ambos heterosexuales, se cuentan intimidades. Uno de ellos, el supervisor de la empresa, sentado en la mesa de la sala de descanso (Thorbjorn Harr) relata un sueño muy detallado que le hizo despertarse incómodo.

En el sueño, una figura que al principio pensó que era Dios, o Frida de Abba, resulta ser David Bowie, que emana bondad, belleza en el lado positivo y la injusticia y el mal en el negativo. Pero lo que realmente le impresionó del sueño fue la conciencia de que Bowie le estaba mirando como si él fuera una mujer.

Cuando el plano cambia aparece su empleado (Jan Gunnar Roise), quien le cuenta que unos días atrás ha mantenido una relación sexual con un hombre por primera vez en su vida. Cuando su supervisor dice que no sabía que era gay, el empleado dice: «No lo soy».

Ambos empiezan a replantearse sus certezas alrededor de su sexualidad, a raíz de estos dos sucesos. Sacar a la luz estos secretos pondrá a prueba su amistad, sus vidas familiares y su propia identidad.

Un poco más adelante, el subalterno le dice al jefe que es simpático y director, que es buena persona, que tal vez es porque es cristiano. Entonces, el jefe le pregunta si habla mucho de su condición de cristiano, y el otro le dice que no. O sea, le cuesta más decir que es cristiano que contar fantasías homosexuales. Curioso.

Reparto y otros aspectos técnicos

Están bien en el reparto Thornbørjn Harr y Jann Gunnar Røise principalmente, acompañados por Siri Forber, Birgitte Larsen o Theo Dhal, entre otros. La música juega un papel importante, dando forma al tono y favoreciendo las transiciones, con la ondulante banda sonora jazzera de Peder Capjon Kjellsby, con notas flotantes de metales.

También está la interpretación musical del supervisor con su coro y su grupo de orquesta. Aparece descalzo, con una bata roja y pantalones cortos y dirige un breve canto de alabanza antes de pasar a una danza lenta y sensual, caricias incluidas.

Cecilie Semec, como directora de fotografía, hace uso de planos lentos muy bien llevados, en la observación minuciosa de los personajes, con un brillo permanentemente etéreo. Su cámara también se queda atrás para captar el bullicio y la severidad de la ciudad, con sus bloques de altos pisos, las obras, los atascos de tráfico, pues subirse a lo alto de un edificio para limpiar una chimenea, puede ampliar la visión de una persona, aunque también puede intensificar su aislamiento.

No aparecen en los créditos finales ni en la película, los nombres de los dos hombres ni de sus esposas.

Una de las claves de la experiencia es que el marido admite que le excitó que un hombre le mirara con deseo

El problema de la culpa y la conciencia

Al hilo de todo esto, el empleado le cuenta su relación a su esposa (Siri Forberg), veinte años de matrimonio, manteniendo que no cree que sea una infidelidad porque no hay ocultamiento ni mentiras de por medio. Ella no lo ve así del todo. No se podrá quitar de la cabeza el suceso, no puede dejarlo pasar.

Al día siguiente, cuando él quiere hablar sobre planes para el jardín o ir de paseo con sus hijos, ella le vuelve trasladar su preocupación de que pueda ser gay. Él le responde: «Tomarme una cerveza no me convierte en alcohólico». Una salida poco airosa.

Luego, en una escena en que él sale de la ducha, ella lo observa de reojo como interrogándose sobre cómo o por qué su esposo ha podido mantener esa relación. Hay extrañamiento, rabia, dolor e intriga en la actitud y la mirada de ella.

Al poco, ambos entablan una larga charla frente a la tabla periódica de los elementos de Mendeleiev que ocupa casi toda la pared de la habitación, curioso detalle. Ambos le dan mis vueltas al suceso quedando él muy abatido y culposo y ella muy mal, molesta, intrigada y todo eso. Demasiada racionalización, culpa religiosa o cultural.

Una de las claves de la experiencia es que el marido admite que le excitó que un hombre le mirara con deseo. Curiosamente conmovedora la idea apuntada de que los hombres quieren sentirse deseados, en formas que no se adecuan al molde tipo de marido y padre. No obsta para que sienta culpa por el dolor que le causó a su esposa y le asegura que no se repetirá.

Ella, confundida, acaba por rechazarlo, no le permite acceder al sexo, incluso decide irse a dormir a otra cama, después de prohibirle que se quite el eslip al acostarse. A la mañana siguiente continúa ella con ese pastiche mental provocado por el shock que le ha producido saber que su esposo ha estado con otro hombre.

Psicodrama sexual vicario, por ese discurso con disquisiciones sobre el amplio significado del amor, el sexo y la fidelidad

El supervisor y su voz cambiada

De otro lado, el supervisor, que canta en un coro, está perplejo pues nota un cambio en su voz, que suena un poco más aguda, seca y constreñida. La directora del del grupo (Nasrin Khusrawi) le hace sacar la lengua y le habla de una filósofa, sobre la libertad, la identidad, la pertenencia a un grupo, etc. Le ayuda diciéndole que el problema está en su mente y que está relacionado con el estrés.

No sólo esto, le invita a sacar su lengua, la profesora toma la lengua entre sus manos con una especie de tela, y lo vuelve a hacer, todo lo cual suena a cosa muy graciosa, pero que los personajes lo toman muy en serio, incluido el hijo del señor que es testigo de la escena. Al final le da un libro de filosofía y todos tan contentos.

Ocurre también, que, para este personaje, el sueño con David Bowie se hace recurrente, pero en lugar de despertarse incómodo, se da cuenta de que disfruta con la sensación de que lo miren como a una mujer. Bowie lo mira en el sueño como nunca nadie lo había hecho, en forma intensa, y la sensación se queda en él durante todo el día tras despertar.

Sobre el ser bisexual y la identidad

Cuando yo era joven, hace ya mucho tiempo, en una época en que estábamos restringidos y limitados en temas sexuales, cuando escuchábamos alguna extravagancia del tipo la práctica swinger o intercambio de parejas, que por lo que contaban los que iban en avanzadilla siempre salía fatal, pues bien, a ese tipo de cosas decíamos plan chiste: «Eso sólo ocurre en las películas suecas». Era gracioso cómo aplicábamos esta idea, como si los suecos y la gente norte europea fueran muy liberados.

Pues bien, esta cinta dirigida y escrita por D. J. Haugerud, noruego, deviene especie de psicodrama sexual vicario, por ese discurso en el que nos introduce a base de disquisiciones minuciosas y a veces fatigosas sobre el amplio significado del amor, el sexo y la fidelidad.

En realidad, contrariamente a esa idea de liberación nórdica que decía antes, estas reflexiones son rígidas, calvinistas podría decirse, argumentos prolijos con los que los protagonistas se asoman a la sexualidad y al encuentro con el otro, con un talante severo.

También se puede decir que son hygge,porque la película nos brinda líneas de diálogo íntimo, de agradable convivencia, con sentimientos de bienestar y satisfacción, todo ello de unacandidez cuasi surrealista (diría, más cándidas que un caracol).

Este tipo de conversaciones como los que vemos en la película, sólo pueden entenderse como una categoría cultural de aquel territorio nórdico, tan alejado de nuestro sur europeo. Lo cual de suyo ya tiene mucho interés antropológico para un espectador español o, más ampliamente, latino.

Pudiera parecer toda esta historia como una especie de vacuna contra eso que hoy se denomina «masculinidad tóxica». Esta vacuna consiste en cuestionar reflexivamente y con sensibilidad, humor y franqueza, el asunto homoséxico, dándole la vuelta al estudio de los personajes masculinos con una suave subversión.

La película está llena de humor seco, pero también de patetismo y notas de melancolía

Hay muchos pliegues en el guion de Haugerud, así como en las interpretaciones de los dos actores principales. Sutilmente se abordan las formas en que los códigos de la masculinidad pudieran ser muros inhibidores que llevan a reprimir partes de la naturaleza de los protagonistas, particularmente de su sexualidad y concretamente, de su bisexualidad, y más perfilado aún, su dimensión femenina.

Ambos protagonistas masculinos parecen acoger con agrado una nueva vivencia de vulnerabilidad, de un lado femenino prexistente y desaprovechado, que no equivale a debilidad, sino a libertad personal.

Pero he de decir que la potencial bisexualidad humana, lo femenino y lo masculino en cada ser, está descrita por el psicoanálisis desde hace décadas. Freud, Jung, etc. ya dijeron que todo individuo presenta una mezcla de características sexuales biológicas tanto del propio sexo como del contrario, así como una combinación de actividad y pasividad en su psique y en sus conductas, el anima (lo femenino), el animus (lo masculino), etc.

Resulta revelador que Jung afirmara que, con la llegada de la edad postrera o vejez, tanto en el hombre como en la mujer afloran sus componentes ocultas (en la sombra) durante la juventud y la adultez: el lado femenino sale a la luz en el hombre, que se convierte así en un ser más dulce y compasivo, etc.; en tanto que en la mujer aflora su hasta entonces oculto lado masculino, convirtiéndose en persona más activa y dominante. Hay autores que refieren el dato de cómo en los cuentos de hadas el abuelo es un ser bondadoso y acogedor en tanto que la vieja es representada como la bruja.

Descubrir el Mediterráneo, con gracia y con culpa

Este drama ofrece una supuesta revelación que puede llamar la atención y puede que a alguno le sugiera cierto descubrimiento. La autorreflexión de los personajes centrales quiere parecer, no siempre con éxito, especie de mensaje racional que diera mucho para pensar con respecto a la identidad de sexo, en relación con el objeto amoroso preferente, o quizá sean los dos sexos. Nada nuevo, griegos y romanos ya practicaban esta versión de la vida amorosa.

La película está llena de humor seco, pero también de patetismo y notas de melancolía. Esto se aplica a un cambio, pues la alegría que le proporcionó al deshollinador su liberador encuentro sexual se convierte en vergüenza, culpa y arrepentimiento después de platicarlo con su sorprendida esposa.

Además, cuando ella habla del tema con personas fuera del matrimonio, alguien le aconseja que escriba sus sentimientos como una forma de apropiarse del relato y mantener el control.

La consecuencia turbadora de eso llega más tarde, cuando su esposo expresa su tristeza a su supervisor porque la historia que le contó sobre el encuentro homo ya no la siente como suya, hay un extrañamiento de la vivencia. Aunque lo que hay es más bien la tonelada de culpa que le ha inoculado su esposa.

El guion de Haugerud expande hábilmente sus pensamientos sobre los roles y expectativas de género al observar a los hijos adolescentes

Los hijos

El guion de Haugerud expande hábilmente sus pensamientos sobre los roles y expectativas de género al observar a los hijos adolescentes de los dos hombres, si bien difusamente, sin llegar a ser esquemático.

El hijo mayor del deshollinador, Hans Petter (Hadrian Jenum Skaaland), se mete en problemas en la escuela por preguntar cuánto ganan los padres de otros estudiantes compañeros.

También se pregunta el joven por qué dos mujeres desconocidas se sintieron libres de pedirle a él y a su padre que cargaran con un refrigerador, y luego apenas les agradecieron, vivida la cosa por el chico como una falta importante. O sea, no por ser hombres tienen que cargar con peso y las chicas quedar excluidas como si fuera algo normal en el reparto de tareas por sexo.

El hijo del supervisor, Klaus (Theo Dahl), está inseguro acerca de sus notas en todos los ámbitos, temiendo que sus calificaciones mediocres lo lleven a un futuro de estudios y trabajos con escaso nivel. Quiere iniciar un canal de YouTube como su novia influencer, que comparte videos de todo tipo. Quiere buscarse la vida.

En una escena divertida, Klaus se sienta a trabajar y aparece la imagen de un adolescente frente a una máquina de coser, lo que sugiere una generación más joven y con menos prejuicios de género; el chico está junto a su padre y su madre (Birgitt Larsen) mientras discuten ellos los temas que ya sabemos; apenas una leve mirada de reojo de Klaus en un momento, indica que el chico está remotamente interesado.

Por ir clausurando

La historia de esta cinta parece especie de devaneo-romance escandinavo donde los hombres de atreven a experimentar sexual, onírica y psicológicamente de su dimensión femenina, sin enfrentarse a prejuicios violentos o suposiciones binarias del mundo exterior, salvando la pareja del subordinado, cuya relación homosexual es vivida con pesar y ambivalencia por su mujer.

Esta discordia doméstica es manejada con madurez, sesgo civilizado en casa y un exceso de racionalizaciones, que, como es sabido, es una manera de defensa contra la angustia. Como decía al principio de estos comentarios, esto puede parecer a algunos espectadores progresista, hipócrita para otros, o fantástico.

La escritura de Haugerud es reflexiva y está plagada de ideas sustanciales y el filme puede considerarse como especie de experimento mental, pues como experimento corporal es inesperadamente seductor. Lo mejor es que la palabra de los personajes se toma al pie de la letra, pero sin juzgar ni valorar cínicamente su comportamiento. Casi bíblico.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin