SI LA COSA FUNCIONA (2)

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Whatever works
Título original: Whatever Works
País, año: Estados Unidos, 2009
Dirección: Woody Allen
Producción: Stephen Tenenbaum, Letty Aronson
Guión: Woody Allen
Fotografía: Harris Savides
Música: Varios
Montaje: Alisa Lepselter
Intérpretes: Larry David, Henry Cavill, Evan Rachel Wood, Patricia Clarkson, Ed Begley Jr., Carolyn McCormick, Michael McKean
Duración: 92 minutos
Distribuidora:  Tripictures
Estreno: 2 octubre 2009
Página web:  http://www.sonyclassics.com/
whateverworks

Un Allen de andar por casa
Escribe Marcial Moreno

Con su cine, Woody Allen ha ido escribiendo a lo largo de los años su biografíaCon su cine, Woody Allen ha ido escribiendo a lo largo de los años su biografía. Desde Annie Hall, y con muy escasas excepciones, sus obras desgranan la evolución que su modo de ver el mundo ha ido experimentando, recogiendo puntualmente los avatares que su vida personal, y los acontecimientos históricos por los que ha transcurrido, le han deparado. Títulos como Manhattan, Alice, Maridos y mujeres, Desmontando a Harry o Todo lo demás, entre tantos otros, adquieren su auténtica dimensión si se conectan con el periplo vital de quien los ha creado.

Pero la grandeza de su obra no reside sin más en ser testimonio de las particularidades de este judío neoyorquino hipocondríaco, sino que alcanza su verdadero valor cuando caemos en la cuenta de que, a pesar de las distancias de todo tipo, nosotros, los espectadores, también nos vemos reflejados en ella. Mal que nos pese, todos hemos envejecido con Woody Allen, y él se ha limitado, lo que no es poco, a levantar acta de este hecho.

Con Si la cosa funciona nos topamos con una nueva estación de este recorrido. De vuelta a Nueva York, pero sin la fascinación que en sus primeras películas mostraba por la ciudad, aquí echa mano del actor Larry David para representarle en una diatriba desengañada contra los restos de una ilusión. A estas alturas de la vida, nos viene a decir, no cabe ya creer en nada, no tiene sentido seguir construyendo ficciones que oculten la miseria que nos envuelve. Resignémonos a ello y subsistamos como podamos, pero tengamos al menos la lucidez de reconocerlo.

Para contarnos esta historia recurre a un guión que escribió hace casi treinta años

Para contarnos esta historia recurre a un guión que escribió hace casi treinta años, contaminado por la frescura de sus películas de entonces, con ese sentido del humor tan característico que últimamente parecía haber abandonado. Los fieles seguidores de Woody Allen se reconocerán de nuevo en la pantalla, y en cierto modo respirarán tranquilos: el genio ha vuelto a su lugar natural.

Sin embargo, una mirada más reposada hace que inmediatamente afloren las carencias de la película. Aunque la idea motriz, como casi siempre ocurre en su cine, es excelente, el desarrollo que de ella se hace resulta excesivamente pobre.

Quizá a estas alturas de su carrera Allen pueda permitirse licencias que a otros no les toleraríamos, como la del personaje principal dirigiéndose a la cámara para hablar directamente al espectador, aunque nuestra tolerancia no puede obviar que semejante recurso representa un atajo narrativo bajo el que se enmascara cierta insolvencia o desidia fílmicas. Bueno, vale.

Pero lo que cuesta más aceptar, pues tampoco es cuestión de que se permita cualquier cosa, es que se rompa alegremente el punto de vista, o que se permita abandonar al narrador a mitad película durante muchos minutos para retomarlo después como si tal cosa, sin justificación ninguna.

Pero lo que cuesta más aceptar, pues tampoco es cuestión de que se permita cualquier cosa, es que se rompa alegremente el punto de vista

Y es que, en realidad, la historia no da más de sí. La brillantez de la ocurrencia embrionaria se agota rápidamente, y entonces no queda más remedio que alargar la acción de un modo artificial y más que forzado. Los giros a los que se ve obligado el guión (la aparición súbita de personajes a cual más estrafalario) tienen un cierto aroma de relleno de poca enjundia en un menú que promete más de lo que ofrece.

Hasta el sentido del humor se torna repetitivo, pues la original presentación de los personajes carece del desarrollo necesario que permita mantener el interés por ellos, y acaban convirtiéndose en poco menos que figuras de una sola pieza, en caricaturas de sí mismos. Más aún cuando se les obliga a una resolución impostada y ridícula, acorde, sí, con la tesis que la película quiere mantener, pero incoherente (si alguna incoherencia cabe aún) con los tipos que se pretendía diseñar.

Cuando la historia está agotada se recurre a un catálogo de guiños con los que se espera el aplauso cómplice de quien está ganado de antemano, sin reparar en que tal acumulación, sin un fuerte entramado que la sustente, acaba revelando la inanidad del discurso ofrecido.

El resultado final no pasa de ser una peliculita que entusiasmará sólo a los incondicionales; una concesión que contribuya a olvidar los desengaños que aún  conservamos en la memoria pero que anda muy lejos de sus obras maestras, esas que seguimos añorando y por las que acudimos puntuales a la cita con su cine.

El resultado final no pasa de ser una peliculita que entusiasmará sólo a los incondicionales