Sin malos rollos (2)

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Buenas vibraciones

Fue una sorpresa agradable acudir a una sala de cine y encontrarse con un público cuya media de edad frisaba los veinte años, sin que la película proyectada fuese un blockbuster diseñado ad hoc (superhéroes, videojuegos et alia).

Tal éxito de convocatoria sólo puede atribuirse a la actriz protagonista, una Jennifer Lawrence (1990) que en los tres últimos lustros ha sabido auparse a lo más alto de las taquillas, desde aquella inicial Winter’s Bone (2010, Debra Granik), epítome de cine norteamericano independiente, hasta la más taquillera saga de los X-Men, en las que interpretaba a la azul cobalto Mística. Entremedias, la exitosa saga de Los juegos del hambre (2012) que la catapultó a la fama estratosférica, ídolo de adolescentes en reñida rivalidad con la Kristen Stewart de otra no menos famosa saga, Crepúsculo (2008); amén de su participación en El lado bueno de las cosas (2012), con Bradley Cooper como partenaire o Passengers (2016), con Chris Pratt; o Gorrión Rojo (2018).

Queda claro que la Lawrence actúa como reclamo de esta aparentemente estereotipada comedia romántica en cuyo interior late una enmienda a la totalidad a la sociedad en la que se han gestado los millennials. Pues tras los mimbres de una comedia al uso, el director y guionista Gene Stupnitsky (Kiev, 1977) repite el esquema que ya aplicó en 2011 con la entonces encumbrada Cameron Diaz en Bad Teacher.

En 2011, utilizaba el subgénero de comedia de instituto para lanzar un torpedo a la línea de flotación del sistema educativo norteamericano (el colegio público, claro), destacando toda la mediocridad e hipocresía que lo atraviesa de cabo a rabo, invalidando toda posible salvación a través de una educación que ya no sirve más que para disimular los lastres de una sociedad moralmente corrupta. Una comedia cuya acidez era su mejor baza.

Ahora, Stupnitsky moldea un guion similar, ahondando en su crítica a las taras de una sociedad norteamericana que, tras su aparente velo de modernidad y tolerancia, esconde un programa de represión y castración ideológica, por tanto, económica. Jennifer Lawrence encarna a una treintañera libérrima, tanto que roza lo vulgar y chabacano: en su aspecto de buscona, en su lenguaje soez, en su aparente y demoledora sinceridad.

El título de la película responde a la muletilla empleada para cortar una relación (sentimental) y apostar porque siga habiendo amistad entre la pareja escindida: la incapacidad de Maddie (Lawrence) para mantener una relación  duradera y profunda, que trascienda el mero intercambio carnal. Sobra decir que esta caracterización la convierte en un personaje desagradable, renuente a lograr la identificación del público, cuya simpatía podría caer del lado de los damnificados amantes si no fuese porque la estupidez de estos también se subraya sutilmente.

Ergo la aspereza formal y de contenido de Maddie tiene razón de ser. Como parte del discurso político que palpita en los pliegues del guion, Maddie es propietaria de una casa, heredada tras la muerte de su madre, una mujer (madre soltera) tan o más libre que su hija. La propiedad está en Montauk, una zona silvestre y solitaria que, por el azar de la mano invisible del capitalismo, se ha convertido en un preciado lugar de residencia para los nuevos pijoprogres urbanitas neoyorquinos (ecologistas, feministas, animalistas, ricos…), lo cual ha supuesto una gentrificación que la mayoría de los habitantes oriundos de la zona no pueden afrontar (la propia Maddie y una pareja de amigos íntimos, fanáticos del surf) vía subida de impuestos, lo cual los obliga a emigrar y abandonar su preciado reino particular, del que han sido expulsados (la pareja amiga piensa emigrar a Florida).

Maddie, con sus 32 años a cuestas, sin estudios superiores, es el prototipo de esa white trash americana que el nuevo y tecnológico siglo XXI ha ampliado, agrandando la brecha entre triunfadores y perdedores. Maddie sobrevive trabajando a destajo en los hasta ahora veranos turísticos (pues debido a la especulación ya es verano todo el año), bien como camarera, bien como conductora de VTC. Apremiada por las deudas y embargado su coche, decide responder a un anuncio en el que se solicita una especie de institutriz que destete a un nerd (empollón torpe) de 19 años, antes de su ingreso en la universidad de Princeton.

Los anunciantes son los padres del chico, arquetipo de esos nuevos ricos urbanitas que están colonizando, cual nueva plaga, la zona. Una responsable Maddie hará todo lo posible por llevar a cabo su labor. Consciente de su papel de Cenicienta desvirgadora, la comparación con la labor de meretriz, no sólo institutriz, es reivindicada por la propia Maddie ante las críticas y prevenciones de sus amigos.

Jennifer Lawrence, de heroína a niña mala para espabilar empollones vírgenes.

A partir de ese momento, el guion muestra esa dialéctica ente dos personajes tan dispares y, al mismo tiempo, tan parecidos. Ambos comparten un lastre y unas cadenas que los aherrojan y los estrangulan como personas. En el caso de Maddie, su herida responde al rencor por el abandono de su progenitor, erigiéndose en la defensora numantina del predio familiar ante los voraces lobos capitalistas, aun a riesgo de haber sacrificado su juventud en el altar de una venganza que ni llega ni llegará. Su joven pupilo Percy es un atribulado adolescente, con un miedo atroz a la vida, debido al férreo marcaje de sus adinerados y enrollados y modernos y… castradores padres.

Ambos personajes confrontarán sus miedos e inseguridades, mediante una serie de secuencias mil veces vistas en las comedias juveniles de instituto o último verano antes de la entrada en la universidad, pero que el director adereza con una fina, sutil ironía y mala baba, que pueden pasar desapercibidas. Por ejemplo, la secuencia del primer intento de avasallamiento sexual por parte de Maddie remeda (como muy bien remarca el propio Percy, un buen cinéfilo) la secuencia inicial de Tiburón (1975, Spielberg), con esa pareja que se apresta a bañarse desnuda en la solitaria y nocturna playa.

El director aprovecha para mostrarnos un ¡desnudo integral! de Jennifer Lawrence, cuyo mensaje es nítido, diáfano: atacar a la moral más reaccionaria y conservadora. Honra a la actriz, con los tiempos que corren, la naturalidad con que ofrece su bello cuerpo, cuya desnudez la libera de la máscara de vulgaridad que ha utilizado como mecanismo de defensa. A partir de entonces, su cuerpo dejará de bambolearse provocativa y obscenamente, sin perder un ápice de su atractivo físico. En cierto modo, Jennifer Lawrence, con la ayuda del director, se ha deserotizado mostrando su cuerpo desnudo, sin remilgos ni tapujos.

Otra gran escena por su carácter redentor y liberador se produce en una fiesta juvenil para estudiantes matriculados en Princeton. La estereotipada irrupción del personaje femenino en busca, en mitad de una aparente bacanal de drogas y sexo, de su compañero masculino, se salda con la refutación del carácter transgresor de los asistentes, en realidad unos verdaderos fieles y creyentes de la nueva religión que impera en los campus norteamericanos, sustentada sobre la cultura de la cancelación.

Lawrence atraviesa la fiesta como un tornado verbal y gestual, evidenciando la mojigatería y la presunción de los allí presentes, atentos a grabar cualquier infracción de lo políticamente correcto con sus omnipresentes móviles, siendo Maddie asediada por una turba de nuevos puritanos dispuestos a denunciarla por homófoba (ante un comentario que ella vierte corrosivo y sulfúrico, pero no hiriente), acosadora sexual, etc. etc. La secuencia se cierra con la concurrencia de los padres, veladores agazapados de que todo esté bien en la fiesta de sus maravillosos y protouniversitarios hijos.

En cierto modo, el guion sella una alianza (al fin y al cabo, subyace la comedia romántica) entre los dos grupos damnificados por la impetuosidad y el vértigo del siglo XXI. Lawrence-Maddie sería esa votante trumpista que se siente arramblada y orillada por esa nueva clase dominante tan rica como progresista, tan demócratas como triunfadores, representantes de un obamismo que también esconde sus lacras. En este caso, esos padres controladores y castradores, que incluso organizan la liberación de su hijo, ejerciendo un poder omnímodo y avasallador sobre el mismo.

Un símbolo de todo lo dicho es el coche con el que se le remunerará a Maddie su labor destetadora: un viejo Buick, de fabricación nacional, perteneciente al abuelo de la saga, indiferente a la obsolescencia programada que todo lo domina y ejemplo de unos antiguos tiempos en que los productos se fabricaban para durar. Como las relaciones sentimentales. Como los valores imperecederos de una nación. Aunque también hay que resaltar que el susodicho abuelo y propietario del vehículo se suicidó en su interior.

Por último, resaltar la banda sonora de la película, todo un homenaje a los años setenta, a unos tiempos si no mejores, aparentemente más libres. Entre todas las canciones destacan Driver’s seat, de Sniff’n’Tears, pero, especialmente, por la función nuclear, Maneater, de Daryl Hall y John Oates. La apropiación de esta por parte de Percy, cuya versión melódica al piano revela cómo la nueva generación puede hacer suyos, interiorizar, unos valores que pertenecen a otra época y que, no obstante, pueden compartir, por estar basados en lo auténtico.

Una comedia con más acíbar y menos almíbar de lo acostumbrado que, no obstante someterse al patrón genérico, pugna por derribar los muros que constriñen la libertad, individual y de todo un país.

Escribe Juan Ramón Gabriel