Una vacía eternidad en una insulsa sociedad
El cine de Jim Jarmusch no es sencillo. Al menos, no es sencillo de digerir. No sé si será fácil de realizar para el director estadounidense, y películas como la presente no me dan ninguna pista al respecto. Pero, desde luego, al espectador no se lo pone fácil.
Cuatro años después de su muy criticada Los límites del control Jarmusch nos trae otra cinta de factura impecable, en lo que a personalidad y a fuerza estética se refiere; también en lo concerniente al pulso narrativo o los personajes. Ahora bien, el trasfondo es otra historia, y concretamente la que me hace plantearme mucho qué nota ponerle a la cinta.
La premisa de la trama, que aparece paulatinamente pero se atisba desde el primer instante, nos presenta a una cinta de personajes y situaciones, más que de una historia: Adán (Tom Hiddleston) y Eva (Tilda Swinton) son dos vampiros inmortales que viven inmersos en la época actual: él, como músico excéntrico y recluido que no quiere saber del mundo exterior y de una humanidad para él formada por “zombis”; ella, de vacaciones perpetuas en Tánger, donde reside el también vampiro y dramaturgo Marlowe (John Hurt).
Junto a estos tres personajes centrales conviven Ian, el mánager e intermediario de Adán con el mundo exterior; el Dr. Watson, que les proporciona la sangre; y la presencia siempre planeando sobre ellos de Ava, hermana de Eva y con la que hubo ciertos roces siglos ha.
Y punto. No hay más personajes de interés o importancia. No hay más historia, aparte de las relaciones entre estos individuos. No hay apenas tensión ni drama, si no es muy focalizada. Ni presentación, ni nudo, ni desenlace… ni siquiera un picoteo de las tres. Son solo cosas que pasan a unos personajes. Como el Mi vecino Totoro de Miyazaki, pero con vampiros inmortales.
Ese centrarlo todo en la introspección de los protagonistas, dejando completamente de lado la historia, tiene sus ventajas, pero también sus defectos. Como, por ejemplo, el hecho de que la cinta de la impresión de estar languideciendo durante dos horas en la pantalla, sin despegar (pues no es su intención) y sin ser capaz de mantener la fuerza durante todo ese tiempo.
Sin embargo, es cierto que el enorme interés de los personajes permite contraponer unas cosmogonías y unas formas de ver el mundo muy características, dejando de paso algún que otro mensaje autocrítico y de calado social, que al final supone todo el trasfondo de la película. O quiere suponerlo.
Porque una cosa es querer, y otra diferente conseguirlo. La cinta tiene un tono tremendista y de inmensidad, como si pretendiera crear una cinta trascendental y con un trasfondo imprescindible; a pesar de ello, cuando los créditos se desvanecen y el espectador sale de la sala, es fácil que se quede con una total y completa sensación de vacío, y de que lo que ha visto no le ha llenado tanto como tenía que llenarle. Al menos, así me pasó a mí.
Es una cinta con unos personajes que podían dar juego a un debate y un mensaje realmente profundo y trabajado: el concepto (y el valor) de la eternidad o la longevidad; la lucha contra el hastío en esa situación; el significado del progreso para la humanidad; la banalización de las cosas; la ignorancia hacia la ciencia… Son todos temas que podían plantearse con mucha facilidad, pero que simplemente se apuntan, de forma casi involuntaria, y sin tener la menor relevancia al final.

Con todo, se puede tomar como un acierto esa incisión en los personajes, no ya por lo bien construidos que están los centrales, sino porque las elecciones actorales y las interpretaciones que hacen estos son sencillamente deslumbrantes. Tom Hiddleston parece haber nacido para el papel, y lo mismo se podría decir de Tilda Swinton, cada día más deslumbrante en sus roles; y en cuanto a John Hurt, sigue manteniendo aquí su incansable magnetismo cada vez que aparece en pantalla y se impone a los demás personajes (por cierto, que resulta muy curioso que en estos momentos haya otra cinta en nuestra cartelera, Rompenieves, donde coinciden Hurt, Swinton y uno de los protagonistas de Los Vengadores de Marvel).
Más allá de las actuaciones, la música actúa casi como otro de los personajes, armonizando un sinfín de escenas con su estridencia, su oscuridad y su fuerza, a tono con una fotografía con la que comulga para crear la ambientación sórdida y de tintes victorianos del film. Quizás sea recargada en exceso en algunos momentos, pero su barroquismo es algo que se le perdona, al no desentonar con las intenciones de la película.
Por su parte, la dirección es bien capaz de llevar un ritmo ejemplar y con mucha intensidad a lo largo de toda la cinta, a pesar de su presunta falta de trama. Tal vez sea demasiado regular, pues no parece sino un recorte, una porción temporal de las vidas de los protagonistas, donde todo sucede con el mismo tono y la misma intensidad, sin apenas variaciones.
Cabría hacer mención, por otra parte, a uno de los puntos más atractivos del film, como son sus constantes homenajes y menciones culturales. Adán presentándose como Fausto o Strangelove; Marlowe criticando a Shakespeare por haber robado todas sus obras… Son guiños constantes, que van desde el teatro isabelino o victoriano, a la casa de Jack White, pasando por las raíces de la poesía romántica o de la música moderna. Todos esos guiños, muchos de los cuales son tan sutiles que resultan muy difíciles de captar, mantienen viva la película, y la dotan de un encanto insospechado.
El resultado final, sin duda, es bueno. Jim Jarmusch ha sabido crear una pieza cargada de personalidad e interés, que no tiene parangón y que grita sus méritos por sí sola; la mayor queja quizás no sean los ciertos errores que tiene (o las apuestas arriesgadas), sino el hecho de que, tratándose de un filme de Jarmusch, este podía haberlo hecho mucho mejor, cerrando una película redonda que se contara entre lo mejor de su filmografía.
Se disfruta, pero deja un tanto vacío. Y siendo buena, le queda muy lejos la denominación de obra maestra a la que podría haber aspirado.
Escribe Jorge Lázaro
