Sombras del pasado (2)

Published on:

Russell Crowe mantiene el interés con su trabajo

De inicio ya se ve que la película va a resultar algo ardua. Un antiguo detective de homicidios americano llamado Roy padece de un alzhéimer en curso galopante con pérdidas de memoria importantes. Para eso se está sometiendo a un novedoso tratamiento contra la enfermedad de Alzheimer.

En este punto, a llamada de un joven negro en el corredor de la muerte, visita al reo quien le expone con crudeza absoluta que él no mató a nadie en una lejana noche diez años atrás, en un caso de homicidio en el cual nuestro policía tomó parte.

El detective, que fue expulsado del cuerpo tiempo atrás por conducir y accidentarse en estado de embriaguez y que ahora está jubilado, decide apiadarse del convicto y examinar de nuevo el caso sobre el brutal asesinato de un profesor universitario. A todo esto, Roy necesita de papelitos y leyendas para saber dónde o cómo están las cosas de su hogar.

La investigación que emprende sobre su pasado, ya casi borrado para él, le revelará nuevas pistas sorprendentes y turbadores acontecimientos de su pasado.

Esta película de Adam Cooper, que se estrena como director de largometrajes, es bastante anómala, está mal iluminada, con una fotografía deficiente de Benn Nott, una penumbrosa música de David Hirschfelder y un guion gris de Bill Colage y Adam Cooper, que adaptan la novela de E. O. Chirovici El libro de los espejos.

Cooper se queda corto en el ritmo en una película que padece la gran cantidad de puntos de vista y los forzados cambios estéticos que utiliza para poner en imágenes la reconstrucción de la memoria.

Filme sombrío y sobrecargado de sospechosos que incluso presume de sus extravagantes ocurrencias. Pero, eso sí, su lógica interna (que la tiene), actúa a modo de engaño trepidante y explosivo, de lo cual resulta que nos mantiene mirando a la pantalla casi sin pestañear.

Pero es también cierto que a menudo no sabemos bien lo que está sucediendo y cómo se relaciona todo. Hay una secuencia de flashbacks que cambia el punto de vista de Roy a un personaje que no es tan interesante como él y eso nos descoloca un tanto, amén de multiplicar los hilos argumentales para engorro y exasperación.

Vemos a un Crowe obeso y mayor, con una barba blanca y cabeza afeitada interpretando a Roy Freeman, policía expulsado del cuerpo y ahora nadando como puede en medio de su demencia aún incipiente, que se pasa la vida escribiendo etiquetas en cinta adhesiva y pegándolas por su apartamento para recordarlo todo prácticamente: su nombre, dónde está el agua caliente, que no hay que beber alcohol, la noche de basura es los miércoles, comidas congeladas aquí o cómo funciona el microondas.

Roy tiene dos incisiones recientes en la parte superior de la cabeza, resultado de una cirugía experimental a la que se está sometiendo para estimular nuevas vías neuronales. A medida que avanza la película, su memoria empieza a regresar, muy lentamente, en destellos alucinatorios que van actualizando su autoconcepto y su historia.

Como decía, de las primeras cosas que hace Roy en la trama es visitar a un preso negro condenado a muerte, Isaac (bien Pacharo Mzembe), a quien Roy colaboró a encarcelar diez años atrás, después de lograr que confesara un asesinato. Isaac está a días de ser ejecutado.

El chico afirma ahora que es inocente. Pero admite que estuvo en la casa la noche en que Joseph Wieder (magnífico Márton Csókás), un profesor estrella del Waterford College, fuera asesinado a golpes con un bate de béisbol, bate que no se pudo localizar en el curso de la investigación.

Filme sombrío y sobrecargado de sospechosos que incluso presume de sus extravagantes ocurrencias.

El chico afirma que Roy sabe que es inocente y le ruega que revise el caso. Esto conduce a nuestro protagonista a una tarea de inmersión profunda y laberíntica que le irá recordando su afición por la bebida y su nada edificante salida de la policía, entre otros. Pero ahora podría significar su redención y la justicia para Isaac.

La película se retrotrae en el tiempo y nos adentramos en un triángulo amoroso académico en el cual el brillante actor neozelandés Csókás, sobrado de recursos y un talante de persona astuta, interpreta al Dr. Wieder, profesor universitario, persona viscosa y manipuladora.

Wieder es mentor y seductor, y vive con estilo y elegancia una vida tan señorial y ostentosa que resulta cargante. El profesor obtiene numerosos favores sexuales de un nutrido grupo de mujeres que lo visitan, a las que graba en sus relaciones íntimas, propiamente de perverso.

La adorada asistente de laboratorio, Laura Baines, es interpretada brillantemente por Karen Gillan como mujer hermosa, erudita y peligrosa. Tenemos al escritor Harry Greenwood (eficiente Richard Finn), un misántropo aspirante a novelista, hombre aparente de cabello largo y que sabe cómo actuar despectivamente frente a cierto tipo de bromas intelectuales, enfrentado al profesor Wieder y obsesionado con Laura. Y desde luego no tarda mucho en saberse con meridiana certeza quién va a ser la mujer fatal de la historia.

La historia se desarrolla desde múltiples puntos de vista, con la versión de cada personaje componiendo un rompecabezas que en algún momento aturde. Incluso cuando el panorama general se aclara, no consigue que los acontecimientos sean mucho más convincentes o asimilables.

La historia se desarrolla desde múltiples puntos de vista, con la versión de cada personaje componiendo un rompecabezas.

Hay unas memorias manuscritas tituladas El efecto espejo, que varios personajes afirman haber escrito. Pues, para que de nada falte, hay otros sospechosos, el ayudante del profesor (un solvente Thomas M. Wright); también el viejo policía viudo reciente y compañero de Roy, Jimmy (excelente Tommy Flanagan), que le sugiere al amigo que sería mejor dejar correr las cosas.

Y hay variables que rechinan, como un Roy haciendo preguntas complicadas o las referencias a las redes sociales cuando él apenas puede recordar su propio nombre. Otros detalles, como esconder el arma homicida en la trasera de la casa donde se cometió asesinato, resulta conmovedor, como mínimo. Pero habría más. Detalles que no cierran bien.

Lo que resulta interesante es conocer cómo Roy ve el mundo en el momento presente, cuando ha sido despojado de su memoria. O ese afán por buscar su identidad, quién fue o qué hizo. Observamos cómo Roy ve el mundo, con una mente que prácticamente se abre por vez primera como efecto del tratamiento y de las pesquisas. Lo cual Crowe interpreta con los ojos fijos de forma focalizada, entre lo brillante y lo inocente. Será, por cierto, el deterioro cognitivo de Roy lo que le ayuda a resolver el crimen.

Por supuesto, a medida que su memoria es más regresiva, va aprendiendo y tomando insight de lo involucrado que está en cuanto investiga. La película, al final, acaba comportándose de manera inteligente rozando el final, a la hora de tirar de los hilos e hilvanar las pruebas, lo cual se ve favorecido por un Crowe que es puntal en la historia.

Russell Crowe interpreta de manera brillante a un demente, al personaje trágico y complejo de Roy, con un pasado oscuro.

Russell Crowe interpreta de manera brillante a un demente, al personaje trágico y complejo de Roy, con un pasado oscuro, que ve mermadas sus capacidades cognitivas y que pronto olvidará hasta su propio pasado, todo lo cual da pie a nuestro actor a transmitir infinidad de emociones con mínimos gestos. Crowe sabe hacer uso de ese material dramático aleccionador y a la vez rico, y se emplea a fondo en él. De hecho, el trabajo de Crowe en el rol del ex policía de homicidios Roy Freeman es sin duda principal para el filme.

No creo errar si digo que lo que mantiene la atención hasta el final es la poderosa e hipnótica actuación de Crowe en el papel de un hombre perseguido por sus ocultos demonios interiores; un ser que mantiene el tipo en este deshilachado whodunit en el que, literalmente, debe hacerse cargo de todo. Un atribulado hombre duro que no puede recordar quién fue o qué paso en momentos de un pasado no tan lejano.

Crowe acierta a transmitir el esfuerzo y la perplejidad que le genera al protagonista Freeman localizar cada uno de los deslices cometidos durante el caso, que repasa en busca de algún incipiente recuerdo. Ni siquiera una estereotipada y mil veces vista recaída en el alcohol compromete el destacado trabajo del actor. Y, por supuesto, la memoria se convierte la clave principal para resolver un crimen a contrarreloj.

El final tendrá claros, oscuros y muy oscuros. Los cierres se producen de manera súbita, en un plis plas. Y Roy se adentra en su identidad perdida y empieza a recordar su olvidado pasado. Pero para esto hay que ver la peli.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos YouPlanet pictures