Arcoíris desvaído
Una estructura circular articula el retrato del protagonista del último filme de Sofía Coppola. El inicio y el final responden a una misma situación, a una circularidad existencial que está ahogando a Johnny Marco, epítome de cualquier estrella famosa en el Hollywood del siglo XXI.
Documentar el día a día, la cotidianeidad de la persona, del actor, fuera del set de filmación, de su ámbito de interpretación, es la tarea que se impone la joven directora, productora y guionista. No interesa ni la ascensión ni la caída, sino reflejar esa etapa de meseta en la que los laureles del éxito debían de adornar una vida regalada y triunfante.
Desde un principio queda clara la renuncia a ofrecer una representación estereotipada del presumible glamour que el propio cine genera sobre sus estrellas. Se apuesta por una indagación de carácter realista, con una textura grumosa y una fotografía desvaída que intente reflejar la sordidez en la que se desenvuelve el protagonista, cuya caracterización física y espiritual esté acorde con tal propósito desmitificador.
Una aspecto descuidado, un torpe aliño indumentario (camisetas, camisas a cuadros desabrochadas, vaqueros desgastados y rotos, botas sin atar), una barba de varios días ofrecen, a través del actor Stephen Dorff, una especie de resurrección del Mickey Rourke de La ley de la calle, de aquel joven actor que Coppola padre puso en el altar de la fama a principios de los años ochenta. Una especie de maniquí andante a lo grunge o al cuidadosamente descuidado estilo de la ropa de la marca Desigual.
Los primeros cuarenta minutos consisten en el constante seguimiento y asedio de Johnny Marco, a través de largos planos estáticos que intentan describir su penoso, por aburrido y reiterativo, vivir. La secuencia inicial en medio de un alegórico paisaje desierto en el que el famoso actor se dedica a dar sonámbulas vueltas con su deportivo a un trazado circular; sus primeros planos mirándose en el espejo; los planos medios mostrando sus tareas cotidianas: ducharse, beber una cerveza arrellanado en el sofá, ver la tele, acudir a las sucesivas fiestas que, de manera insospechada y súbita, se organizan en su habitación sin su consulta; las sucesivas mujeres hermosas que se le insinúan; sus escarceos sexuales, destacando su inapetencia en la secuencia en la que se duerme mientras realiza un cunnilinguis; sus paseos solitarios, diarios y nocturnos, por las calles de Los Ángeles, encerrado en su deportivo; las llamadas telefónicas de su representante, que marcan su pauta profesional sin su concurso ni decisión, etc.
El posible malditismo se circunscribe a unas cuantas pastillas ingeridas, junto con algunos whiskis, así como a la adicción nicotínica, ni mucho menos el personaje es un toxicómano o sufre algún tipo de enganche que lo controle o lo autodestruya.

Se recurre a la reiteración de secuencias y planos, tales como la escena de las strippers, para recalcar y subrayar el vacío envolvente, la inanidad consustancial al actor. Lo objetual adquiere importancia, dada la insustancialidad del material humano. En concreto, el Ferrari negro que conduce Johnny se convierte en la única vía de escape cuando se siente carente de oxígeno vital, que es casi siempre. El escudo-emblema de la marca, el cavallino rampante es reiteradamente mostrado cual símbolo antónimo de la falta de fuerza y empuje de su conductor.
Dada la parquedad verbal de que hace gala Johnny, los rugidos del motor de su flamante coche deportivo adquieren un sentido diegético en el argumento. De hecho, en la especie de huida final, serán esos sonidos del motor los que anticipen al espectador la salida por la que apuesta el protagonista: detenerse y bajar del coche, algo con lo que se iniciaba la película, si es que el inicio no quiere ser una especie de anticipación.
El Chateau Marmont, el hotel donde no se aloja, sino en que vive Johnny Marco, ocupa el espacio protagónico sustituto o reemplazante de los parcos diálogos. La fauna que lo habita son los compañeros de viaje existencial del protagonista, de los cuales, para mostrar la superficialidad reinante, apenas si se nos ofrecen meros apuntes, pues meros encuentros causales son los que Johnny mantiene con los mismos.
Este impasse empieza a invadir al espectador de cierta somnolencia. La directora ya nos ha demostrado sobradamente cuál es el método de representación por el que ha optado, pero esta desrealización pseudo-entomológica empieza a aburrir, el vacío empieza a codearse con la banalidad, siendo conscientes de que el dramatismo es un recurso del que se quiere prescindir. O tal vez no.
Aparece incardinada la brevemente presentada con anterioridad hija de Marco: Cleo, que por necesidades del guión, perdón, de cierto hastío vital de la madre, le es encasquetada al padre. Su presencia actuará como un revulsivo para Johnny, pero manteniendo el discurso reiterativo de contención desarrollado hasta ahora.

La belleza de la actriz, de Elle Fanning, no obstante iluminará necesariamente el hasta ahora lóbrego clima que envuelve al protagonista. Lo mugriento y macilento de su hábitat adquiere de pronto luz y claridad. Los mismos espacios apagados ahora brillan. Un viaje a Italia para promocionar su última película, acompañado de su hija, sirve de contraste a la falta de sofisticación estelar: en Italia es recibido como un divo y tratado a cuerpo de rey. La directora aprovecha para exhibir toda una paleta de horteradas y estereotipos italianos, que llegan a provocar sonrojo.
La relación padre-hija se va estrechando: él la lleve a patinar, mientras la contempla extasiado; comparten juegos con la wi-fi; ella le cocina espaguetis, le habla de sus lecturas (guiño a la saga Crepúsculo); van juntos a un casino de Las Vegas. En cierta medida, la madurez de la hija se opone a la puerilidad del padre, en una inversión ambigua de roles. Cloe se convierte en su compañera, llena su tiempo de vida.
Hay una escena de ambos tumbados en las hamacas de la piscina del hotel que es un calco de
La marcha de Cloe también destapa los sollozos del padre. Sólo se le ocurre recurrir a la ausente madre y antigua esposa, que telefónicamente pasa de él olímpicamente, pues tiene sus propias preocupaciones, su propia labor de auto-indagación y búsqueda personal. Johnny se repone emulando las labores que su hija realizaba para él: se pone a cocinar espaguetis.
Finalmente, en un arrebato de ¿lucidez? Decide abandonar la jaula dorada en la que malvive y se echa a la carretera con su fiel compañero: su Ferrari. En medio de una carretera secundaria, rodeado por una inmensa y longitudinal planicie campestre, detiene el vehículo en el arcén, desciende del mismo y se pone a caminar alejándose de él. Un plano medio nos indica que Johnny está empezando a esbozar una sonrisa (¿de París o de Texas?). Fundido en negro. Suena la banda sonoroa musical que a lo largo de la película ha ocupado el vacío desplegado y… fin.

Así concluye la hasta ahora más austera, formalmente, película de Sofía Coppola, austeridad que entra en los lindes de la banalidad y de la insustancialidad. Como en su faceta de actriz, aquella Zoe que dirigió su padre en Historias de Nueva York, o la hija de Michael Corleone en El Padrino III, la claustrofobia vital, el espacio del encierro como sinónimo de soledad y de carencias afectivas, siguen marcando la producción de la ahora realizadora.
El que haya elegido el mundo del cine como nuevo espacio para insistir en esta soledad ha perjudicado su proyecto, pues su insistencia reiterativa en mostrar las candilejas y las bambalinas que hay detrás de la ficción, en un examen de los límites de la misma por las connotaciones autobiográficas, no aporta autenticidad, más bien una retórica vacua sobre la oquedad existencial, que no es patrimonio del mundo del cine.
El Chateau Marmont no es Xanadú, ni su inquilino tiene ningún asomo de patética grandeza-pobreza. Ni este Somewhere servirá de brújula para encontrar el camino de baldosas amarillas. Quizá lo que mejor resuma al personaje sean esos SMS anónimos que recibe en su móvil y que descarnadamente lo califican de estúpido, idiota, gilipollas, en una especie de conciencia especular y oracular, cuyas advertencias al final parece captar el personaje.
¿Qué vería el jurado de Venecia, presidido por Tarantino, en esta película para otorgarle el León de oro en 2010? Un ejercicio de narcisismo, de autocomplacencia, un homenaje al propio mundo del cine falsamente púdico, impúdicamente satisfecho.
Escribe Juan Ramón Gabriel
| Título | Somewhere |
| Título original | Somewhere |
| Director | Sofia Coppola |
| País y año | Estados Unidos, 2010 |
| Duración | 97 minutos |
| Guión | Sofia Coppola |
| Fotografía | Harris Savides |
| Música | Phoenix |
| Distribución | Vertigo films |
| Intérpretes | Stephen Dorff, Elle Fanning, Michelle Monaghan, Laura Chiatti, Chris Pontius , Benicio del Toro |
| Fecha estreno | 30/09/2011 |
| Página web | http://www.somewhere-lapelicula.es/ |