Viacrucis femenino

El elogio público, durante la gala de los Globos de Oro, de Eva Víctor (París, 1994) y de su película por parte de Julia Roberts, ha catapultado al candelero el que podía haber sido un discreto y desapercibido debut detrás de la cámara de la actriz de raíces francoamericanas: desde la Ciudad de la Luz, sus padres emigraron a San Francisco, en donde estudió y se formó.
Esta dual raíz constitutiva le viene que ni anillo al dedo para elaborar su guion y su puesta en escena, pergeñando una comedia dramática inscrita en el subgénero de cine de campus tan caro para llevar a cabo sutiles y pretendidamente inteligentes críticas al espacio en donde teóricamente más y mejor se cultiva el humus cultural.
Valga destacar que muchos escritores españoles han recalado como profesores en dichas escuelas de letras o universidades yankis: desde los exiliados por la posguerra Pedro Salinas, Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Ramón J. Sender, hasta Carmen Martín Gaite, Ángel González, Manuel Vilas…
Porque precisamente en las últimas décadas los campus norteamericanos han sido tierra propicia al trasplante del postestructuralismo, desde sus raíces galas (Foucault, Derrida) hasta los injertos en el Nuevo Mundo, básicamente a través de los Estudios culturales y de género y de identidad y descolonización y raza…, flecos de una teoría seudomarxista aplicada a aquellos sujetos que la Ilustración (europea, blanca, patriarcal…) dejó (supuestamente) de lado.
La costa Este, Massachusetts, es el entorno geográfico en donde transcurre una dramática anécdota privada (una violación o agresión sexual) y un retrato del modus operandi y vivendi de esas universidades, semejantes a las pequeñas y oriundas y coloniales comunidades ancestrales que poblaron la Costa Este desde la lejana Europa. Porque ambas tramas, la personal y la laboral, se constituyen en elementos inextricables y complementarios, que se entrelazan e interfieren de manera indisoluble, pues en la moral protestante y puritana el trabajo es un elemento axial.
Eva Víctor encarna a Inés, una joven y prometedora estudiante de literatura, cuya sagacidad y perspicacia la hacen destacar sobre el resto de compañeros de promoción. Su tesis es alabada por su tutor y por todos los miembros del departamento en el cual, pasado el tiempo, recalará ella misma como profesora titular (La novela del siglo XX será su tema de tesis).
Las relaciones con un grupo pequeño de amigos y compañeros y, especialmente, con Lydie, una joven afroamericana con la que comparte vivienda (una preciosa casa de arquitectura vintage), constituyen el entramado de relaciones personales sobre las que se sustenta la historia.
Y será sobre esta aparente placidez a la que Víctor inoculará el virus de la insidia, de la discordia, de la infelicidad. Y lo hará de manera oblicua, tamizada, agazapada, mediante una estructura discontinua, con la ruptura temporal de los hechos y el esfuerzo añadido de la atención del espectador para que desentrañe el malestar que Inés paulatinamente exhibe mediante gestos, ademanes y, finalmente, palabras.
Pues como buena lectora, amante de la literatura, los libros y los autores marcan una senda por la que se nos obliga a transitar; un itinerario para dotar de sentido, incluso de ideología, a las escenas que, cual eslabones, persiguen formar una cadena de significados.
La repercusión de la victoria de Trump no ha sido un asunto baladí en los campus norteamericanos, allí donde aquello bautizado como woke y su correlato —la cultura de la cancelación— han sido cosmovisiones dominantes que han buscado ser traspasadas a la práctica política y cotidiana.
De algún modo, la película refleja cierto repliegue de esas velas ideológicas radicales que han alcanzado una velocidad de crucero demasiado elevada, provocando una derrota política y un replanteamiento de la propia estrategia: tal vez se hayan traspasado límites que han provocado el hastío y el rechazo de la sociedad norteamericana, harta de un rumbo que orillaba la tradición sin por ello ofrecer unos valores sólidos en los que sustentarse. O sea, tal vez no todo lo clásico-tradicional debía ser arrumbado, rechazado.
Pues de este modo hay que entender el soliloquio final entre Inés y un bebé, una especie de letanía mediante la que protagonista advierte al incauto y futuro adulto que la vida le puede deparar tragos muy amargos, cálices llenos de heces que deberá apurar porque serán inevitables; terribles momentos y situaciones que lo zarandearán y, no obstante, Inés estará allí para ayudarle a soportar tamaño acíbar, pócima tan amarga. Y ella, Inés, se puede ofrecer como ángel si no custodio, al menos reparador, porque ha sufrido en carne propio un zarpazo descomunal que casi la desarbola, la destruye.
En cierto modo, el componente vivencial de cierta literatura norteamericana (London, Hemingway) se materializa en la figura de la profesora Inés, la cual habla desde el trauma y la experiencia más íntimos, a los que a duras penas y afortunadamente ha sabido arrostrar.

La acción se inicia con la visita de Lydie a su amiga Inés. Han pasado más de tres años desde que terminaron los estudios. Lydie ha marchado a Nueva York, no soportaba ni la universidad ni el ambiente que la envolvía. Inés ha permanecido en el campus, trabaja como profesora a tiempo parcial y aspira lograr una plaza fija.
Una cena con antiguos compañeros de estudios sirve para exponer la envidia que Inés despertaba entre ellos, por considerarla la preferida del profesor-tutor que les dirigía la tesis, amén de admirar su valía intelectual y humana: es sincera, empática, amable, generosa… La visita de Inés es interrumpida por una llamada nocturna intempestiva. Es Gavin, un vecino de Inés que disculpa la irrupción y se marcha. Lydie sugiere una posible relación a Inés.
En una secuencia añadida, durante su visita a un supermercado para comprar café, la protagonista tropieza en medio de la calle con una cría gatuna, a la que recoge y esconde en el interior de su chándal. Olga, la gata, será adoptada por Inés, en un mecanismo de sustitución de posibles ansias maternales.
El siguiente segmento resulta un retroceso en el tiempo. Lydie e Inés conviven en la misma residencia-casa, comparten lecturas, confidencias; son jóvenes, alegres. También aparece el edificio universitario, los pasillos, las clases, los encuentros con el tutor de sus tesis, el profesor Preston Decker, un cuarentón de buen ver, recién divorciado de una fiscal, padre de un niño pequeño.
Asistimos a una entrevista entre él e Inés, en su despacho, con la puerta abierta de par en par. Las observaciones laudatorias sobre el trabajo de Inés son pospuestas por una llamada de la exmujer de Decker: ha de ir a recoger al niño. Decker se ha de marchar y como disculpa le regala a Inés una primera edición de Al faro, de Virgina Woolf, lo cual llena de satisfacción y entusiasmo a Inés, que empieza a hojear el ejemplar.
La cita se pospone a un nuevo emplazamiento: la casa del profesor. Posteriormente, Inés accede allí. La secuencia se nos ofrece en un plano general desde fuera de la casa, con un plano inamovible que enfoca la fachada: puerta, ventanas. La confiada Inés es recibida y conminada a entrar. La cámara y nosotros, no. Plano fijo sostenido del frontal de la vivienda. El tiempo pasa porque la luz cambia. Se encienden lámparas: se aprecia la luz desde el exterior de las ventanas. El plano se mantiene inalterable.

Finalmente, Inés abandona la casa, despedida en el umbral por el profesor Decker. Un lobo con piel de cordero que simboliza la familiaridad y la intimidad entre las que se cometen la inmensa mayoría de las agresiones sexuales, con el agravante de que sea una figura masculina a la que se idolatraba la que ejecuta semejante crimen, tropelía. El rostro serio de la muchacha y los ademanes rígidos dejan entrever lo que el espectador ya empezaba a sospechar. Inés, en su hogar, sin aspavientos y del modo más normal posible, se deja interrogar por Lydie, que consigue sonsacarle lo ocurrido.
Consulta de hospital. Lydie e Inés esperan a un médico que examine a la muchacha. Llega un doctor cincuentón, canoso. Interroga a la muchacha. A ella no le gusta el tono de las preguntas, que dejan entrever que Inés no actuó como se supone que debería haber actuado para repeler la agresión. Obviamente, el sujeto masculino es incapaz de entender, percibir y empatizar con la gravedad de lo que se le está exponiendo, más cuando se lleva a cabo de manera desdramatizada, casi conversacional; sin histerismos, sollozos, gritos ni excesos. Casi una sobriedad impasible.
De regreso a casa, Inés narra a su amiga lo que sucedió en la visita al hogar de Decker. La narración es fría, objetiva, sin falsas emociones. No obstante, el relato de la agresión (los preliminares: vieron una película infantil, le puso la mano sobre el muslo, le desabrochó y bajó el pantalón, excepto un botón; apenas unos breves instantes, apenas varias embestidas del pene dentro de su vagina) se aviene mal con la secuencia en que han pasado más de doce horas dentro de la vivienda del tutor.
A partir de ahora, ciertos detalles señalarán el azogue interior que carcome a Inés, cuyo aspecto físico no delata el oleaje interno que la zarandea. En particular, una aprehensión hacia ciertos sonidos o ruidos que envuelven su hogar por la noche y que provocan su nerviosismo, que no terror o pánico: es capaz de abrir la puerta de su hogar súbitamente para comprobar si alguien la acecha.
Inés consigue establecer una relación con Gavin, un vecino ante cuya presencia masculina ya estamos predispuestos al recelo o la desconfianza, pero con quien inicia una relación, afectiva y carnal. Secuencia en el baño entre ambos. Inés, desde la bañera, contempla el pene (nosotros, no: plano de las nalgas del muchacho) del azorado vecino, sobre el que discursea respecto a tamaño, función… Gavin e Inés conversan sobre la familia, hijos… Ella no contempla un escenario tal; él, sí.
Nuevo salto temporal. Un año después de la visita inicial de su amiga Lydie. Inés es entrevistada en la Universidad: se le ofrece el puesto de profesora titular. Todo el mundo, profesores y alumnos, admira su trabajo, dedicación, valía profesional y humana. Todo el mundo, no. Natasha, una antigua compañera de estudios, la acosa, le recrimina su suerte: ella también optaba a la plaza. Es más, incluso se acostó con el profesor Decker para lograrlo. La incrédula Inés apela a que si fue consentido; ante la rotunda afirmación, el implícito y obvio peaje que se debía pagar y del que ella no fue consciente en su supina credulidad.

Inés sufre una convulsión interior. Su malestar se revuelve en el estómago. Mientras conduce, sufre un ataque de pánico. Ha de parar y aparcar. Hiperventila desaforadamente. Se ahoga. Un hombre golpea (¿otra alimaña disfrazada?) su ventanilla y con una serie de ejercicios la ayuda a que se calme y a que controle su ansiedad. Entablan una conversación sentados en el bordillo. Le ofrece uno de los bocadillos que vende en su tienda. Sí, afortunadamente no todos los hombres son iguales.
Inés sale reforzada de la crisis. En casa, Olga, la gata, ha capturado un ratón. Inés lo introduce en la bolsa en donde había aguardado, escondido, las botas que llevaba el día que sufrió la violación. Introduce al ratón en la bolsa y lo aplasta con un voluminoso libro. Después, en mitad de la noche va a casa de su vecino Gavin y le pregunta si quiere «follar». Hacen el amor de manera placentera para ambos. La catarsis se ha producido.
El segmento temporal último corresponde con una nueva visita de su amiga Lydie, acompañada de su marido Fran y de su bebé, del que la propia Inés ha sido testigo del parto. Fran es una mujer pues el matrimonio de Lydie es, obviamente, homosexual. Inés disfruta de la felicidad de su amiga. Tanto, que renuncia a una excursión al faro (en una secuencia previa dicha visita había sido realizada conjuntamente, en un clima plácido y feliz, por ambas amigas) para que el matrimonio disfrute de ese momento de placidez y de felicidad, mientras Inés cuida del bebé, circunstancia que aprovechará para enhebrar su discurso de advertencia sobre los imponderables terribles que pueden acechar en el futuro a la niña, a la que por su mera condición de mujer le es asignada una cruz que deberá soportar el resto de su vida y que ella estará allí, a su lado, para ayudarla, reconfortarla, sostenerla, como manifiesta esta salmodia de sororidad. El impulso maternal parece también hacer acto de presencia, asomar entre las palabras. Quién sabe. El futuro dirá.
Amén de la cita a la canónica Virginia Woolf como guía primigenia del feminismo, también aparece mencionada toda una galería de referentes literarios: Ted Hughes, el marido de la suicida Silvia Plath —otro buque insignia del feminismo—, al que durante mucho tiempo se la adjudicado el estigma de ser el responsable último de la muerte de su mujer. En otra secuencia, Lydie lee, fascinada, entregada, una novela de James Baldwin, escritor negro y homosexual, del que Jaime Gil de Biedma fue anfitrión (y algo más) cuando visitó Barcelona.
Por último, la profesora titular Inés está impartiendo una clase a sus alumnos en la universidad. Un alumno masculino cuestiona la idoneidad moral (le provoca malestar) del libro que están leyendo en voz alta. Y este es… Lolita, de Nabokov. Como los tiempos cambian, que decía Dylan, Inés despacha argumentalmente la objeción de su alumno: hay que apreciar la forma, la belleza de la expresión y no dejarse llevar por ideas aliterarias.
En fin, grandes dosis de literatura fueron el maná que forjó el espíritu inocente, cándido, bondadoso de Inés. Esa misma literatura será el betadine que restañará sus heridas. ¡Ay, qué pronto olvida el wokismo a sus bestias negras! Aunque rectificar es de sabios.
Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Vértigo films