Spider-Man in love: El novio de Zendaya

Frente a las anteriores versiones de la saga del héroe arácnido de la Marvel, protagonizadas por Tobey Maguirre y Andrew Garfield, secundados por sus respectivas parejas femeninas, Kirsten Dunst y Emma Stone, las últimas adaptaciones han contado con el concurso del actor Tom Holland (Reino Unido, 1996) para insuflar nuevos bríos y actualizar las ya un tanto gastadas telas de araña que sostenían al personaje.
Valga remarcar que el cambio no era baladí, pues el Peter Parker procedente del cómic y al que prestaron su cuerpo Maguire y Garfield basaba su fortaleza en su debilidad física, su carácter bondadoso y de alumno aplicado, casi empollón; sus gafas, su timidez y apocamiento anímicos…, en fin, los valores que emanaban de la pluma de Stan Lee y sus dibujantes.
Se trataba de un Peter Parker al que las circunstancias vitales le obligaban a asumir una responsabilidad de adulto sobrevenida, para lo cual debía sacrificar el hedonismo asociado a la adolescencia-juventud. Su consuelo y su refugio se encontraban en los brazos de la Dunst o de la Stone (esta una inocente joven antes de convertirse en la musa del griego Lantimos y caer en una espiral de flagelación física y degradación moral en aras de erigirse en una respetada y europea actriz).
La elección de Tom Holland como sustituto de los anteriores actores conllevó una infantilización del personaje y la inmersión de la saga dentro del subgénero de películas de instituto, tan caro al cine hollywoodiense en particular y tan deudor de los relatos de aprendizaje y de formación, para los cuales el espacio donde se desarrolla ese proceso es básico (cada vez que Harry Potter abandonaba los muros de Hogwarts la narración se resentía y decaía).
No obstante, en cierto modo la presencia de Holland, sólida en lo físico y cada vez con unos pectorales más musculados y fornidos, es una mera excusa, una especie de McGuffin que esconde al verdadero leitmotiv, el auténtico combustible que alimenta el nuevo guion: la concurrencia de la inicialmente etérea y huidiza Zendaya (California, 1996), cuyo ascenso fulgurante al estrellato corrobora su aparición en The Drama (2026, junto a Robert Pattinson, en una especie de pseudo comedia mitad a lo Allen, mitad a lo Bergman, ahí es nada: fallida e insípida, tal vez como los nuevos usos amorosos que pretenden escenificar); e, incluso, un papel secundario en La Odisea (2026), de Nolan, en donde encarna a una fantasmal y evanescente Palas Atenea. Tampoco hay que olvidar su relevante participación en la saga Dune, al modo Villeneuve.
Pero es que Zendaya no sólo es una mera actriz, sino que ha devenido en un icono de la nueva mujer 2.0. Ella es un crisol que atesora todos los nuevos estándares del wokismo: una mezcla, híbrido racial, cultural, identitaria, que canaliza simbólicamente parte de otras galaxias, incluso. Una mujer que no necesita de la erotización para despertar el deseo de sus parejas masculinas, cuyas nuevas armas de mujer radican en su poderío intelectual y en su prevalencia emocional, sentimental. Una mujer con las ideas nítidas, diáfanas, transparentes; totalmente segura de sí misma y de su lugar en el mundo.
En el caso particular de Spider-Man, una MJ cuyo esfuerzo, trabajo y voluntad la ha conducido a formarse en el prestigioso MIT, habiendo cursado estudios de bioquímica y de ingeniería aeroespacial; trabajando como dependienta en una cafetería, durante sus estudios, sin que por eso se le caigan los anillos.
Zendaya emana una humildad primitiva, atávica, sólida y sin fisuras; sincera y generosa, incapaz de cualquier maquinación o subterfugio emocional; crítica con un romanticismo trasnochado que otorgaba a las mujeres un rol pasivo, de cenicientas a la espera de su príncipe azul.
Ahora ella es la princesa, la reina, ante la que Holland/Spider-Man deberá someterse por convencimiento y egoísmo: necesita de ella para su propia supervivencia, tanto como superhéroe (será MJ quien resuelva el problema técnico que le impide recobrar y controlar sus poderes) como hombre de a pie, un Peter Parker atribulado, problematizado, cuyo sacrificio anterior (renunciar a su amor y a su gran amigo, para salvarlos de una posible muerte causada por su doble condición heroica-humana, tal como sucedió con su amada tía May) lo está corroyendo internamente.

Un dolor, un malestar anímico agravados por el paso del tiempo, es decir, por su metamorfosis de adolescente en adulto y por la inmensa soledad que lo atenaza. Su éxito como superhéroe, su reconocimiento público como ángel custodio, velador incansable de la ciudad de Nueva York no compensa su frustración íntima. Incluso ese malestar acaba siendo somatizado y afectando a su papel de cuerpo autónomo y fuerza particular de seguridad del estado. La renuncia a los sentimientos, al amor y a la amistad, debilitan su doble identidad. Hay que asumir el riesgo del inmenso dolor que provoca la muerte de los seres queridos, incluso cuando la causa de dicho trauma es uno mismo.
Por este motivo, ahora Peter Parker ya no se enfrenta a villanos externos, a malvados enemigos que pululan por el mundo con ansias de destruirlo y provocar el terror. Ahora el enemigo son los demonios interiores, los fantasmas que acechan en su conciencia y en su corazón.
Por eso la antagonista será una adolescente traumatizada por su condición sobrevenida de telépata (Jane Gray, encarnada por la frágil Sadie Sink, procedente de la exitosa serie Stranger Things)con unos poderes extraordinarios para causar el bien o el mal, compartidos con su hermana, la cual será objeto de extorsión y explotación por aquellas agencias de Seguridad Nacional (Los Controladores de Daños) que, en aras de apropiarse de los poderes de aquellos individuos de los que deberían proteger a la sociedad, corrompen su función protectora y cruzan la tenue frontera ética entre el bien y el mal.

Este estigma, esta especie de poder-maldición sobrevenida, la emparenta con el propio Peter Parker, en una equivalencia de sufrimiento y de ostracismo social. La villana deviene en el igual, el semejante del héroe, introduciendo así en el guion una coda más del ideario wokista: el sacrosanto respeto a la diferencia, a toda, cualquier diferencia. Que cada cual aporte su granito de distinción.
Al frente de aquella organización criptogubernamental, Bill Metzger (interpretado por el actor de color Tramell Tillman: cuota woke, amén de socialización de la villanía), cuya función de guardián de la ley y del orden para los que Peter trabaja y se sacrifica es puesta en entredicho. No todo vale: el fin no justifica los medios.
Como aliados de Spider-Man en sus nuevas aventuras destacan la Viuda Negra (Florence Pugh, no Scarlet, no), cuya peculiar oficina (unos baños tipo sauna) aporta el granito de erotismo del filme. Hulk, el Hulk al que da rostro Mark Ruffalo, el de la Marvel, aparece como una especie de alter ego de los problemas que acechan a Peter. Él, el doctor Banner/Hulk sufre la misma escisión que atenaza a nuestro superhéroe. El doctor Banner le ofrecerá un mecanismo para controlar sus instintos más destructivos y bestiales.
Finalmente, el actor Jon Bernthal, con su rostro de villano tan característico y remarcado (es el Menelao en La Odisea de Nolan), asume la condición de sujeto analógico, industrial, es decir, representa a ese americano medio tan bruto como sincero y auténtico, a millones de millas de la impostura posmoderna y woke, salvaje, malencarado, despiadado… pero que en el fondo es un cordero con piel de lobo, cuya vida ha perdido el sentido por haber perdido a toda su familia. Su experiencia vital, su generosidad tan innata como oculta, serán el otro gran apoyo moral y físico del superhéroe arácnido y del hamletiano Peter. En su afán por ayudarlo, a punto está de causarle la muerte.

La fuerza axial de MJ/Zendaya propicia el tono intimista y dramático de la historia, pero, especialmente, el segmento de comedia sentimental. Zendaya y Holland son pareja, matrimonio, en la vida real. Este gancho, este cebo que Hollywood explotó desde los años treinta del siglo XX, sigue dando sus frutos hoy en día. Es más, han conseguido atraer a un público femenino a las salas de cine (repleta, efectivamente, de chicos y chicas adolescentes: bienvenidos sean al cine, gracias al dios manipulador de los estudios), que anhela encontrar y disfrutar de una historia de amor en la pantalla.
Y conducida, guiada, por MJ, por Zendaya. Una musa que nos retrotrae a las actrices surgidas en los años setenta del siglo XX: Faye Dunaway, Diane Keaton, Jane Birkin… Unas mujeres empoderadas sin tener que usar un físico y unos cuerpos despampanantes para encontrar su lugar en el mundo. La musa Zendaya es cinco centímetros más alta que su marido Holland. Esa superioridad no sólo es física, también lo es moral. Más bella, más fuerte, más humana.
Como consecuencia de la importancia de la comedia sentimental, el lugar destacado que ocupa la ciudad de Nueva York, a la que el director rinde constantes homenajes y tributos, al modo de la rendida admiración que le ofrendaba Woody Allen. Aunque ahora los paseos crepusculares y melancólicos entre las calles y rascacielos, reposados y sosegados, plenos de la nostalgia que desprende el amor latente de la pareja, sean mediante los vuelos sostenidos por los hilos de araña de Peter.
Tampoco podía faltar la omnipresencia de la inteligencia artificial, a través de la presencia-voz de Naomi Watts, la cual interpreta a EV, única compañía femenina en el desolado y tecnologizado refugio-columbario que ampara la soledad de Peter/Spider-Man. Ella es algo más que una solución para sus problemas. En muchas ocasiones, se convierte en la familia, el doctor, el psicoanalista que Peter está reclamando a gritos mudos. Tal vez una alegoría de nuestra propia soledad.
Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Sony Pictures España