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De cómo reinventar una saga
Escribe Ángel Vallejo
Difícil reto el del nuevo rey Midas televisivo, J. J. Abrams que, dispuesto a renovar una de las más fructíferas y mitomaníacas sagas del cine y la televisión de las últimas décadas, procurará por un lado conservar lo esencial, lo irrenunciable de la misma y, al tiempo, adaptar al nuevo siglo un ideario demasiado profundo para las nuevas generaciones de espectadores, más receptivas al espectáculo pirotécnico e infográfico que a las implicaciones filosóficas del contacto entre civilizaciones.
La apuesta de Abrams es, por tanto, decadente desde su concepción: vamos a darle al público lo que quiere ver, que es, desde el punto de vista del guionista, bastante menos satisfactorio de lo que hace años estaban dispuestos a aceptar. Pero, a la vez, es ambiciosa en su planteamiento, puesto que lo que ha comprendido el productor/director estrella es que su cine puede llegar a un público mucho más amplio que el que antaño abarrotaba las salas de cine o los salones de casa para contemplar las disquisiciones de los personajes de Roddenberry.
Lo que antes era un mito trekkie, una serie para elegidos gustosos de la ciencia ficción más tecnológica y filosóficamente hard, puede ser ahora un entretenimiento de masas… basta ajustar algunos parámetros y rejuvenecer a ciertos personajes (los mismos personajes), para que no resulten caducos o pretenciosos, pero procurando no traicionar el espíritu de los mismos, de manera que los antiguos fans puedan seguir identificándose con ellos.
Ese juego de equilibrista es singularmente peligroso… está claro que Abrams no va a poder satisfacer a todos, principalmente a los más fanáticos que consideran una traición la reinvención de la saga… pero eso siempre ha sucedido y sucederá con las continuaciones de otras (Star Wars o Terminator y Alien) o con las adaptaciones de libros (hay lectores de J. R. R. Tolkien o J. K. Rowling que consideran heréticas las adaptaciones cinematográficas, toda vez que el crítico pueda considerar más que dignas, al menos las primeras).
¿Pero puede decirse que logra satisfacer a los moderados? Yo creo que sí.
Star Trek resulta, por un lado, un producto lo suficientemente entretenido y visualmente atractivo como para mantener atentos a los nuevos espectadores ávidos de espectáculo, y, por el otro, contiene la suficiente carga teórica como para hacer reflexionar un tanto (no mucho) a los sufridos fans de cine fantástico y de ciencia ficción tan mal tratados por el género.
Para contentar a los trekkies y demás amantes del fantástico no hinchado de clembuterol, Abrams recurrirá a su truco favorito: los viajes en el tiempo. Así tratará de reorientar el futuro de unos personajes que desarrollarán, en consecuencia, aventuras diferentes desde un nuevo comienzo. Consigue con ello no manipular un ápice de todo lo visto en épocas anteriores, conservando un legado y no comprometiendo el desarrollo de una serie que en adelante puede continuar exactamente por donde quiera. Eso sí, con unos personajes adaptados a las frivolidades del nuevo milenio, lejos de la heroicidad autoimpuesta, de la integridad moral de los hombres de una sola pieza y de los cánones del cine de ciencia ficción de la guerra fría.
Es destacable ejemplo de tales cambios la transformación que sufre el capitán James Tiberius Kirk (Chris Pine), antes denominado "enciclopedia andante" y ahora cuasi-adolescente problemático: borrachuzo, mujeriego y tramposo, que evidentemente sale malparado en la nueva saga, e incluso es objeto de las bromas de un guión que lo transforma en clown ocasional.
Pero podemos citar como logro la alternativa que el nuevo Spock (Zachary Quinto) toma en pantalla del legendario Leonard Nimoy. El enigmático personaje adquiere una riqueza suplementaria al desvelarse lo traumático de sus orígenes y al sugerirse una vida interior no desprovista de sensibilidad, y Quinto, acostumbrado a interpretar papeles de villano dual, resulta una acertada elección para encarnar las futuras aventuras del mítico vulcaniano.
El resto de los personajes discurren por lo que pueda esperarse de la primera madurez que refleja su edad en el filme, apuntando las características conocidas por todos los fans de la saga, pero un nuevo acierto de Abrams es volver a presentarlos, para que los neófitos puedan reconocerlos si revisitan las anteriores entregas.
Y por lo que hace al villano, Eric Bana adquiere los tintes de algunos de los archienemigos más recurrentes de la flota estelar, es decir, su marcado carácter genocida, hipertrofiado por la ayuda que armas poderosísimas pueden otorgar si caen en manos inadecuadas. No es ni de los más malos ni de los más fascinantes, pero lo que tiene gracia es que tiene en su punto de mira a la Tierra, y eso nos pone de nuevo frente al cine catastrófico de invasión extraterrestre revitalizado en los últimos tiempos entre otros por el mismísimo Abrams.
Con respecto a la duración y el ritmo, cabe apuntar que quizá Abrams no se ha acostumbrado del todo, a pesar de contar con varias películas a sus espaldas, al formato cinematográfico. La película transcurre con adecuado pulso dramático (si tomamos como adecuado el ritmo de un hipertenso), pero se acelera aún más al final para concluir un relato que ya comenzaba a pedir media hora suplementaria de metraje, con lo que resulta finalmente en conclusiones atropelladas. Abrams debería empezar a comprender que no puede contar con el recurso de hacer una entrega cada semana y cortar las alas de sus planteamientos argumentales, aunque esto redunda en un defecto menor para un producto más que satisfactorio.
Podemos decir, sin menoscabo de que futuras secuelas de la mencionada precuela resulten fallidas, que nos encontramos ante una acertada readaptación de la serie que satisfará cumplidamente las expectativas de la mayoría, y particularmente de ese nuevo híbrido de espectadores que nazcan a partir de ahora y que, como mister Spock, puedan considerarse hijos legítimos de dos mundos, a saber… el de los losties y el de los trekkies.
