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Siempre se aprende a vivir
Escribe Carlos Losada
Sí, debemos convencernos que siempre aprendemos a vivir, y ya desde la más tierna infancia, valga la perogrullada. Porque en el fondo, y a veces hasta en la forma, esto es lo que nos quiere contar en su película Jan Sverák, dentro de un humor a flor de piel y con inmenso cariño por todos sus personajes.
Para ello cuenta con guión casi modélico, que bucea en la cotidianidad, sin olvidarse de la fantasía que la mente siempre precisa para sentirse mejor. Y así, el personaje de Josef, un convincente y eficaz Zdenek Sverák, es el ser humano dispuesto a seguir aprendiendo cuando las circunstancias le empujan a cambiar de profesión, estando ya a punto de la jubilación. De profesor en un instituto de Praga, con la mayoría de alumnos desmotivados o impertinentes, a reponedor de envases en un supermercado, pasando por una empresa de mensajería, en bicicleta, Josef aprovecha todas las oportunidades para adaptar su vida, aprender lo que no sabe y ser feliz con lo que hace, que es la base de la vida.
Y no la felicidad por la felicidad, sino sentirse a gusto consigo mismo y con los demás, ayudándoles en sus quehaceres o sentimientos, que van desde la oportunidad de emparejar a posibles solitarios o depresivos, hasta las charlas más eficaces para sentir que su nieto forma parte de su vida y tener aún una presencia apacible, y casi soñadora, con su esposa, después de cuarenta años de matrimonio. Sin olvidar sus ensoñaciones, en los compartimentos del tren, con mujeres que le ofrecen sus encantos y su comprensión.
Todo narrado con pulcritud, sin aspavientos, como no queriendo meter ruido, pasando de la cotidianidad a las ensoñaciones con una naturalidad desarmante. Y a veces con bellos planos, como ese globo que se eleva del lago y la imagen semeja una postal necesaria para nuestra retina, para sentirnos bien con nosotros mismos y el mundo, pese a todo. Incluso la reconciliación con su mujer, que también tuvo sus escarceos con el oficial casamentero del ayuntamiento, tiene humorada lógica.
Tal vez le sobre alguna buena voluntad, tanto humor sin aristas, y prestar más atención a personajes fundamentalmente cotidianos, como ese compañero de trabajo en el supermercado con el que se turna para reponer los envases; incluso echamos de menos alguna relación más cínica con sus ensoñaciones.
De todos modos, podemos disfrutar con esta pequeña y agradable película, que nos recordará una faceta de nuestra vida que no convendría menospreciar: la sencillez.
