Templario (2)

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Poder, crueldad, codicia…

templario00Eso pretende contar, testimoniar, entre otras cosas que después veremos, esta no despreciable película; aunque abocada casi siempre, a exhibir, más que la crueldad de una época, y de una sociedad, cómo las batallas y las luchas cuerpo a cuerpo sólo generan cuerpos cortados y desmembrados con habilidad, sangre que lo salpica todo y tremendos gritos que pretenden amedrentar a los enemigos. Como comic no está mal; pero el planteamiento del director, Jonathan English, con voz narrativa incluida, hace suponer mejor análisis histórico.

Inmediatamente afirmamos que dicho análisis existe, a pesar del espectáculo sangriento, reiterativo, como para contentar a quienes piden carnaza —otros lo llaman emoción—. Sí, el tremendo siglo XIII inglés está presente en las imágenes que se nos muestran en Templario, empezando por la del rey Juan I, el castillo de Rochester, el poder y opresión de la Iglesia, las dudas de los nobles, los mercenarios… Incluso en la mayoría del vestuario y decorados; y más en la hábil fotografía.

El relato, siempre implicado con la época, como debe ser, da la impresión de que así actuábamos en plena Edad Media. De la crueldad del rey Juan I, el llamado Juan Sin Tierra, no queda ninguna duda. Acrecentada, si cabe, por la magnífica recreación que de él hace Paul Giamatti, entonado siempre, con su afán de demostrar que él es rey por la gracia de Dios —por cierto, viéndole, oyéndole, nos percatamos que se lo pasó muy bien en el rodaje—, y que lo demás no tiene importancia.

Y en este caso sí que hemos topado con la Iglesia. No puedo por menos de citar a Aldous Huxley para demostrar cuánta razón tenía en su novela Mono y esencia —publicada en 1948—, y de una actualidad cruel y más que exacta, diríamos que predecible. Hay una frase en ella que nos viene redonda para Templario: “Iglesia y Estado, codicia y odio”.

Viendo esta película, con sus luchas despiadadas por la tierra y el poder, la Iglesia de la época —1215—, incluido el Papa de Roma, no solamente tomaban partido, sino que se ponían del lado de todos y cada uno de los poderosos, de quienes ostentaban el poder: era la mejor manera de acrecentar su amor por la codicia, por el poder terrenal, del que sus enseñanzas dicen que debe ser despreciado. Por eso la figura del templario tiene singular interés, sobre todo por su significación histórica.

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Poner su espada a favor de la justicia era su ideal, intuyendo cual podía ser el lado menos favorecido, para ayudarle. Así lo hizo en las Cruzadas, cuyas atrocidades llenan su conciencia; y ahora se encuentra, como cabía esperar, con el odio que genera el poder en quienes no lo poseen. Y en los que lo poseen más, porque temen perderlo. Esa es la patética y cruel postura del rey Juan I. Esas posiciones, y esos debates entre poder y codicia, tienen su mejor momento cuando se aprestan a la batalla, para defender el castillo de Rochester, estratégico para conquistar Londres.

Todo a raíz de que Juan I, en su creerse rey por la gracia de Dios, decide abolir la Carta Magna, que dice le obligaron a firmar, y poder ejercer de monarca absoluto. Y ahí llegan las alianzas que construye el barón Albany —excelente, como siempre, Brian Cox— y la aparición de Marshall, el templario —correcto James Purefoy—, y otros que le ayudan, como el joven Guy —convincente, creíble, inocente, Aneurin Bernard—, que va aprendiendo lo que es el odio, y que matar no es noble ni honrado, ni honesto, lo diga quien lo diga.

Lo demás —escribimos antes de la sangre— está de añadidura. Sobre todo el supuesto idilio, consumado, entre el templario y Lady Isabel —nunca nos creímos a Kate Mara, y menos aún por cómo va vestida—, que en todo momento rezuma una cursilería y una incredulidad, con posturitas de hoy mismo, que va más allá de las imágenes, que en este caso Jonathan English las muestra con un cierto pudor, y que nada tiene que ver con la historia de poder, crueldad y codicia que se desarrolla.

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Las consecuencias de esta mezcla, digámoslo así, no conducen a ningún lugar, salvo a lo que hemos constatado respecto al poder y la Iglesia; y que se pudo haber profundizado para ofrecernos un mejor testimonio de unos tiempos que casi siempre se los idealiza, y que han sido el testimonio del poder terrenal de una Iglesia que preconiza que su reino no es de este mundo, y de unos reyes atrabiliarios y únicamente ansiosos de dominio.

Templario nos interesa más en sus sugerencias, porque nos cuenta una historia basada en hechos reales, que en sus pretenciosos alardes por mostrar una violencia, tan cierta y real como detestable, con una obsesión digna de mejor causa.

Porque esas sugerencias constatan la realidad de unos tiempos brutales, donde la vida no tenía más valor que poder vivirla cada cual como podía, y le dejaban. El resto, adornos para distraer y despistar, aunque siempre nos quedará Aldous Huxley para espabilarnos en busca de nuestro conocimiento “de la verdadera naturaleza de las cosas”, que dijo en otra de sus memorables novelas, Viejo muere el cisne —1939—.

Porque cada espectador sabe, quien más, quien menos, que el cine sí nos ayuda en todas y cada una de las ocasiones para incrementar nuestra avidez de conocimientos. Y Templario también aporta su granito de arena, lo que no es poco.

Escribe Carlos Losada 

 Título  Templario
 Título original  Ironclad
 Director  Jonathan English
 País y año  Reino Unido-Estados Unido, 2010
 Duración  121 minutos
 Guión  Jonathan English
 Fotografía  David Eggby
 Música  Lorne Balfe
 Distribución  DeA Planeta Home Entertainment
 Intérpretes  Jason Flemyng, Paul Giamatti, Kate Mara, James Purefoy, Brian Cox, Charles Dance
 Fecha estreno  22/07/2011
 Página web  www.facebook.com/ironclad.film?ref=ts