Teresa frente al inquisidor: controversia y arte

Comienza esta cinta de Paula Ortiz con imágenes de la santa de Ávila en su infancia con pájaros, agua, luz, comienzo naturalista donde están los sueños de Teresa en su niñez y en su adolescencia, cuando aparece el conocimiento del cuerpo, de la sensualidad, también la enfermedad y la resurrección. Hay escenas oníricas, como cuando despierta tras una convalecencia la joven Teresa, a la que interpreta muy bien en este período Greta Fernández.
Pero están también las pruebas, cuánto ha de pasar la santa para mantener su lugar del «vivir sin vivir en mi», de aquella que espera tan alta vida «que muero porque no muero». De la que puede clamar «Alma, buscarte has en Mí, / y a Mí buscarme has en ti». Mujer que se abre a un destino monástico, trascendente… y enjuiciado también. Una Teresa que espera cargada de paciencia, puesta la mirada en Cristo y en su través, el cielo, al inquisidor.
Sabe la santa que, de esa visita, de la actitud, del testimonio y de las palabras del inquisidor dependerá su futuro. Un futuro que ella anhela sirva para seguir gozando de un espacio interior de recogimiento, de un espacio físico acorde para continuar su vida de oración y libertad. El filme es adaptación de la obra de teatro La lengua en pedazos, de Juan Mayorga, basada en el Libro de la Vida, de Teresa de Jesús.
La directora Paula Ortiz lleva a buen término una empresa arriesgada, no apta para cualquier público, un filme tan elevado en lo espiritual como bello en lo cinematográfico. Está conducido por un guion de la propia Ortiz junto a Javier García Arredondo, adaptando la obra de Mayorga, que le valió al dramaturgo el Premio Nacional de Literatura Dramática.
La acción se desenvuelve en la cocina del convento de San José, primera de las fundaciones de Teresa. Mayorga explica: «Un ser a contracorriente en nuestro propio tiempo, por eso resulta tan fascinante, porque, al tiempo que nos atrae, nos es extraña. Aunque no se comparta su credo, asombra la enorme voluntad que en él se apoya. Y asombra una palabra tan violentamente hermosa cuando habla de su cuerpo herido como cuando pinta ángeles o infiernos».
En esa cocina, que es un lugar importante para Teresa cuya sentencia dice: «Entre pucheros también anda Dios»; en esa cocina se produce un choque de titanes, el combate de la mujer reformadora con un hombre de Iglesia en el más estricto y severo sentido. Es el inquisidor, que tiene el propósito de clausurar el convento de San José y hacer que Teresa regrese a la ortodoxia del Carmelo.
Es un combate de fe, de integridad, de enjundia espiritual, un combate teológico que lo es también político y personal. Teresa enfrenta con su fe y sus sólidas convicciones y experiencias místicas, los argumentos y amenazas del inquisidor. Afirma que Dios se le aparece y le habla. Su contraparte hace por desacreditar esas visiones como productos ilusorios. Estamos ante una obra sobre el amor, el dolor, la muerte y el sentido de la vida. Lo es también sobre la fuerza espiritual, la obediencia y la libertad.
Teresa propone dudar, pues al prójimo hay que persuadirlo desde la propia naturaleza humana que es por definición insegura. No pretende imponerse, sino volcar su humanidad para darse a buenas al otro, para que una visión del mundo no se sienta como invasora sino como diálogo, que es mejor, más valiosa. Obra que recrea, así, la plática entre la santa y su inquisidor.
Porque la santidad, la sublimación personal, ha de tener un inquisidor escudriñando la veracidad que anida en la mística, en la visión espiritual y en el milagro. En este caso, la inquisición se coloca enfrente, presentando cara, como que quiere servir de pantalla pétrea a la fragilidad que encierra lo humano, la duda, el desconcierto. Construido todo ello, a su vez, a partir del corpus teresiano.
Teresa explica que se fue al convento por ser este un espacio sin jerarquías, donde nadie trabaja para nadie y todo es de todas. Así es como la mística consigue que las hermanas de su convento sean unas mujeres unidas, incluso contra el patriarcado del Vaticano. Entonces, lo que le pasa al inquisidor es que ve que esa mujer, aunque dubitativa, tiene enorme talla y fuerza, y acusa a la santa de haber lanzado una guerra contra el mundo.
El reparto es de auténtico lujo, con una Blanca Portillo inconmensurable que encarna a la religiosa, la literata y la mística que fue y es Teresa de Ávila; enuncia nuestra actriz los diálogos con una naturalidad tal, que el artificio de la actuación desaparece; y un Asier Etxeandea sensacional como un inquisidor nada tópico, que no odia a Teresa, solo sospecha de ella y anhela cambiarla, pero es capaz de sintonía y de definir sus posiciones en este combate dialéctico.

Teresa e inquisidor. Él buscando la mentira, si es que la hubiera; ella manteniendo calmada y silenciosa su revolución. Ambos sensacionales. Acompañan Greta Fernández (Teresa niña), Ainet Jounou, Cosuelo Trujillo, Uko Olazabal, Julia de Castro, Claudia Traisac, Luís Bermejo y Miriam Moukhles.
Tiene una intensa música de Juanma Latorre que llena el convento y la pantalla de notas que suben y ascienden. Una fotografía apagada pero emocionante de Rafael García, mueve los cimientos de la fe y la alegría de una santa que además fue sabia y grande en lo intelectual y en lo literario.
Tenemos, que tanto el teatro de Mayorga, como el cine de Paula Ortiz, tienen dos ideas comunes, y en torno a ellas han ido configurando sus lineamientos artísticos y sus carreras: el encuentro con el otro y la relación del pasado y el presente.
Ortiz se afirma en el artificio. Su objetivo es explorar una figura inasible, prácticamente incognoscible, si no es con los ojos de la fe. Palabra recitada. Buscando lo excelso y elevado en el montaje, el sonido, las visiones poéticas, los estudiados planos buscando lo excelso. Un imaginario de lo sagrado. Sirve todo para envolver en elementos propiamente cinematográficos un texto que claramente ha nacido para la austeridad escénica. Pero regados por la poética de Ortiz, una poesía penetrante y vehemente.
Pero está también, como apuntaba antes, la duda. Teresa esgrime la duda como vía para convencer; lo que traslada esta versión de la santa de Ávila es una visión del mundo que no se imponga, que no sea más que otra, sino que convenza por ser mejor, pues es parte de lo humano: el valor de lo humano como primordial en la búsqueda de Dios. Un argumento que eminentes teólogos como José María Castillo han expuesto al hablar de la «humanidad de Jesús». Aquí estamos frente a la humanidad de Teresa.

Teresa fue mujer de debate, de discusión en el mejor sentido, que daba la vuelta a las cosas. Lo hizo creyendo en Dios y encomendándose a Él. Pero contendió muchos aspectos relativos a la fe católica. Lo hizo con el diálogo platónico. Siempre fue, podríamos decir, rebelde, incluso cuando su vida estaba en riesgo.
Nos muestra Paula Ortiz visiones del mundo y de la vida en el siglo XVI, que aún hoy perduran. Frente a las afirmaciones apodícticas y dogmas, la duda, la apertura de otras opciones y alternativas. Además, en la fragilidad que acompaña a la duda, está la fuerza de una mujer que extrajo del encierro y la clausura una defensa para las mujeres. Sus votos no eran dóciles, eran exponente de oposición frente al matrimonio y la prevalencia del hombre; y la igualdad, un ejemplo para sus superiores.
Hay precisión en los encuadres, en los cambios de clima, en las secuencias, una cámara atenta a la interpretación, al gesto, a la insinuación, un trabajo fino cinematográficamente hablando.
Pero quizá, por un exceso de figuras, símbolos y retórica Teresa pierde filo e incluso santidad en el por momentos duro duelo dialéctico con el inquisidor, duelo que en más de una ocasión se enroca y se enrosca en posiciones poco esperadas para una figura como la de Teresa de Ávila. Una pugna excesiva a veces, muy tensos los contendientes, y la sensación de un misticismo jironado en esa disputa dura por momentos.
Por eso, desde mi manera de ver, el filme, al que cabe ensalzarlo por las razones expuestas y porque, sin más, es una película muy interesante, sorprende un tanto en su intensidad y enfrentamiento, lo cual no condice con la poética de Santa Teresa, con su vida mística, con su existencia de riesgo espiritual, de valentía y de figura cimera en lo intelectual. Recuerdo aquí que fue el 27 de septiembre de 1970 cuando el papa Pablo VI nombró a Santa Teresa de Jesús como la primera mujer Doctora de la Iglesia.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin