Tony Scott en la memoria
Vigorosa y sorprendente primera hora de proyección, con un ambiguo Denzel Washington lleno de luces y sombras; aunque el interés de la apuesta se diluye en la parte final, con un inacabable duelo entre el villano y el héroe, en un entorno presuntamente original (un almacén con los aspersores de agua en marcha), pero lleno de imágenes esteticistas y clichés del género, incluidos cuatro finales innecesarios que acaban por anular buena parte de ese inicio meticulosamente construido con ayuda de la portentosa iluminación nocturna de Mauro Fiore.
Un atractivo plano inicial “a lo Hitchcock” nos permite ver Boston antes del amanecer, la cámara entra por una ventana abierta de un apartamento cualquiera cuando suena el despertador y vemos que la cama está hecha y el individuo acaba de lavarse los dientes. Más allá de la filigrana técnica de este plano-secuencia, el contenido es significativo: ahí vive alguien meticuloso en la forma de organizar su vivienda y es alguien que no puede dormir, que se levanta antes incluso de que suene el despertador a una hora temprana.
Durante unos minutos asistimos a la vida cotidiana de un personaje que tiene algo que lo hace demasiado bueno para ser verdad: pulcro, ordenado, siempre relajado, ayuda a los compañeros para que encuentren un trabajo mejor y siempre tiene una frase lapidaria para regalar a sus vecinos y también al espectador: “Tienes que ser lo que eres en esta vida, sea lo que sea”.
Además, es un lector empedernido y los libros en cada momento puntúan la situación del personaje o de la propia trama del film: desde El viejo y el mar, en el que el pescador aprende a valorar a su presa, pasando por esa obra en la que el protagonista se cree un caballero andante (podría ser El Quijote, aunque no se nos muestra el título en pantalla) hasta ese final en el que, ya aceptado su papel de justiciero nocturno, lee El hombre invisible de H. G. Wells.
El planteamiento de la película se toma su tiempo, mientras asistimos a su trabajo monótono en unos grandes almacenes, su capacidad de ayudar al prójimo y, en general, un tono que nos invita a pensar en que esconde algo, porque no encaja con el entorno en que vive.
Incluso ese tono de nuevo Mesías, de personaje que siempre hace lo correcto e invita a los demás a hacerlo, que podría llegar a ser cargante, se mantiene en un límite creíble. Hasta que una joven prostituta, compañera de sus desayunos al amanecer en un local de mala muerte, recibe una paliza de la banda de mafiosos rusos que la utiliza… y nuestro personaje dice basta.
La primera escena de acción es una de las más sorprendentes y mejor planteadas en este tipo de cine en años: literalmente, os introducimos en la mente del protagonista para comprobar cómo analiza la situación, los elementos disponibles para la batalla en la guarida de la mafia rusa, las armas de sus enemigos, los pasos que debe dar… y está resuelta con una sequedad y una violencia que no se veían en una producción comercial desde hace años.
Antoine Fuqua recupera algunos de los elementos que le hicieron famoso precisamente en su anterior colaboración con Denzel Washington, Training Day, y nos ofrece una resolución visualmente imaginativa y, al mismo tiempo, atroz.
Tras haber entrado en acción, la parte central del film nos muestra a este nuevo héroe anónimo con sus dos caras: da una oportunidad a quienes actúan de forma incorrecta y, si no la aprovechan, actúa. Desde un atracador que ha entrado en el gran almacén en el que trabaja (y que le obliga a actuar no por el atraco en sí, sino por su falta de sensibilidad al robar el anillo de la cajera: situación resuelta con un martillo y una brillante elipsis), hasta unos policías corruptos que, estos sí, prefieren devolver lo que han robado antes que volver a enfrentarse a este vigilante nocturno…
Es en esta parte donde se plantea abiertamente el dilema: ¿debemos aceptar el uso de la violencia cuando no queda otra solución?
Fuqua prepara la respuesta con todo un arsenal previo: hemos visto su paz, su tranquilidad, intuimos su potencial como arma letal, da nuevas oportunidades a los que se han salido del buen camino, perdona si reconocen sus errores… todo un tono mesiánico que no es evidentemente casual. Incluso antes de actuar acude a sus jefes en “su vida anterior”, una de esas agencias que tan poca publicidad hacen de sí mismas, no para pedir ayuda como malinterpreta un personaje: “Ha venido para pedir permiso”, sentencia la persona que fue su jefe hace tiempo.
De hecho nuestro personaje es un resucitado. Ha muerto, al menos en apariencia, en su vida anterior. Pero debe regresar para hacer justicia. No es el cuervo, ni tampoco un vulgar vigilante vengativo, pero la pregunta sigue abierta: ¿sí o no al uso de la violencia cuando incluso la policía forma parte de la red de corruptos?
Una pregunta que cada espectador debe contestarse a sí mismo. Obvio recordar que nuestro protagonista, siguiendo el modelo de la serie de televisión de los años 80 de la que toma el personaje central, decide poner las cosas en orden: regresa del más allá para hacer el bien… y que cada cual lo interprete como quiera.

Fuqua, Washington y el añorado Tony Scott
Decía el productor Todd Black que Denzel Washington —impecable en su trabajo con dos caras: cariñoso trabajador, pero brutal y frío cuando retorna a sus orígenes— andaba buscando una franquicia, porque hoy en día en Hollywood no eres nadie si no tienes garantizado un nuevo episodio de tu propio (super)héroe cada dos años. Y la ha encontrado.
Lo que no ha podido recuperar es a su querido Tony Scott, el director con el que mejor se ha entendido en su carrera profesional, obteniendo papeles de interés dramático (el duelo entre Denzel Washington y Gene Hackman en Marea roja) o films donde la estética es lo más importante, como El fuego de la venganza, una historia de venganza con la que este film guarda más de un parecido.
De ahí que, siendo productor y estrella de The Equalizer, Denzel haya optado por buscar una estética muy cercana al director de Deja Vú o Asalto al tren Pelham 123, contando para ello con una excelente fotografía de Mauro Fiore, sobre todo en las tomas nocturnas, donde la lluvia siempre está presente y el trabajo combina los teleobjetivos con los suaves travellings acompañando a nuestro protagonista.
Para redondear el planteamiento, también acude a la música de Harry Gregson-Williams, el compositor habitual de Tony Scott en este siglo, quien al margen del entrañable tema inicial (que nos describe la monotonía y la soledad del día a día del protagonista y titulado significativamente Alone) opta en general por una banda sonora rítmica, con predominio de sintetizadores, con un dinamismo creciente y cuyas escenas de acción (en particular el asalto nocturno al apartamento donde vive McCall, nuestro protagonista) remiten directamente a la música creada para la serie de Jason Bourne por John Powell… cita que tampoco es gratuita del todo, dado que ambos personajes ciertas habilidades físicas, un pasado como miembro de una agencia un tanto oscura y, en teoría, fallecieron hace algún tiempo.

Tras rodar numerosos videoclips y algún porno softcore para Playboy, Antoine Fuqua debutó en el largometraje imitando a dos pesos pesados del cine de acción —John Woo y Quentin Tarantino— con Asesinos de reemplazo (1998), una escasamente distinguida sucesión de peleas a mayor gloria de Chow Yun-fat, que debutaba así en el cine de Hollywood de la mano de su protector en Hong-Kong, el productor John Woo.
Tampoco alcanzó mayor distinción con Bait (2000), otro producto a mayor gloria de su estrella, en este caso el histriónico Jamie Foxx, un film con una lamentable indefinición entre comedia graciosa (a lo Eddie Murphy, para entendernos) y thriller con gotas de denuncia.
Precisamente un thriller protagonizado por Denzel Washington iba a encumbrar a Fuqua, Training day (2001), un brillante ejemplo de road movie en un solo día en la que el novato Ethan Hawke descubre que su compañero y jefe en el cuerpo de policía es poco menos que el diablo en persona.
Hoy sigue siendo su mejor película, por más que Shooter (2007), Los amos de Brooklyn (2009) y Objetivo: La Casa Blanca (2013) también se muevan con discreta fortuna por el territorio del thriller más o menos convencional, espacio en el que Fuqua se desenvuelve con soltura, retratando la noche y la ciudad con cierto estilo, aunque también ha visitado otras facetas del cine de acción, como el bélico en Lágrimas del sol (2003) y el péplum El rey Arturo (2004), que contiene la que probablemente es una de sus escenas de acción más brillantes: la batalla en el lago helado, con el pequeño grupo de arqueros en el centro y las hordas que intentan acabar con ellos entrando desde la orilla… hasta que el hielo se hunde.
De su puesta en escena cabe destacar un estilo elegante en la planificación, casi siempre con la cámara en suave movimiento, acompañando a los intérpretes o envolviéndolos como un manto en la fría noche, lluviosa, en la que se mueven la mayor parte del metraje.
De sus personajes, quizá reseñar ese amor a la patria y al cuerpo de seguridad al que pertenecen o han pertenecido y su pasión por el trabajo bien hecho. Son auténticos profesionales: desde el novato de Training Day hasta el veterano de The Equalizer que regresa a poner orden, pasando por el francotirador engañado en The shooter o el ex escolta que salva al mismísimo presidente de los Estados Unidos en Objetivo: La Casa Blanca.

Capaz de mantener un buen tono general, sorprende en algún momento puntual por su brillante resolución, como la ya comentada escena del primer ataque de McCall, cuando acaba con los cuatro jefazos de la mafia rusa, quizá su trabajo más brillante hasta ahora, junto a la ya citada batalla del lago helado de Arturo, Lancelot y Ginebra contra un batallón de enemigos.
Lástima que al final The Equalizer caiga en ese innecesario esteticismo —tan propio de los orígenes de Tony Scott: Top Gun, Días de trueno—, con esa pelea bajo las gotas de lluvia a contraluz, al ralentí, con la violencia multiplicada por el efecto de las gotas de agua cayendo sobre los dos personajes… un duelo inacabable que ya vimos al final de un episodio de Arma letal y de otro episodio de Matrix, por citar dos ilustres precedentes.
Aunque peor es que tras ese final, más propio de cualquier vigilante nocturno de los 80, Fuqua no sepa cómo acabar e introduzca tres finales más, lo que resulta, como mínimo, desilusionante después del despliegue de la primera hora.
El segundo final, en Moscú —donde acaba no sólo con la mafia en Estados Unidos, sino también con sus orígenes—, pese a estar resuelto con un elegante off visual, ya lo había rodado en el gratuito epílogo de The Shooter. El tercer final, con la prostituta que originó la puesta en marcha de la máquina de matar, resulta innecesario por exceso de acaramelamiento, a estas alturas sobra tanta explicación. El cuarto final sirve para enlazar con la serie de televisión de los 80 en la que se basa este film.
Y, en definitiva, para certificar que estamos ante la ansiada franquicia de Denzel Washington. Si la taquilla responde, en un par de años nuevos episodios. Aunque no está claro su éxito: es un film demasiado adulto para el público actual… y además plantea dilemas, algo que en el mundo de los superhéroes actuales no tiene apenas cabida: todos son de una pieza, excepto los oscuros caballeros de Cristopher Nolan.
Escribe Sabín
