El drama de la infancia desatendida y desamparada
Es tremendo, pero es real, que una parte importante del mundo infantil vive un destino de mal trato, soledad y desamparo del que les resulta difícil salir y al que por sus condiciones sociales y culturales les es casi imposible sustraerse. Vidas infantiles violentadas e incluso abusos de todo tipo.
Cuando ocurre esta desgracia familiar, esta situación, no es raro que el niño se mantenga silente y reservado, como ocurre en esta película, a la vez que bella y puro cine, seria y dramática. Un metraje que marca los límites de la desgracia de una niña. Tan es así, que dan ganas de meterse en la pantalla y adoptar medidas contra su padre, fundamentalmente.
Infancia indefensa
Hay dimensiones afectivas y emocionales que fueron estudiadas por el psicólogo norteamericano Harry F. Harlow en su trabajo Love in the Infant Monkeys, con monos (macacos rhesus) y trasladados al terreno de la infancia por John Bowlby en su conocida Teoría del apego, donde puso de manifiesto la importancia de los primeros vínculos afectivos del niño y la niña con su madre para su posterior desarrollo emocional y social.
Justamente, a John Bowlby, como consultor de la Organización Mundial de la Salud, le fueron encargados estudios sobre las consecuencias experimentadas por niños que habían quedado huérfanos durante la Segunda Guerra Mundial, niños criados sin el afecto y la atención de unos padres. Estos niños presentaban retrasos emocionales, cognitivos y de sociabilidad, dificultades en el lenguaje lecto-escrito y otros.
La causa fundamental residía en que no tuvieron la posibilidad de mantener una relación privilegiada e «incondicional» con una madre real o sustituta, lo que les impidió establecer vínculos afectivos estables. Todo lo cual les afectaba en un amplio espectro psíquico. Si bien, como advirtió Bowlby, hay un umbral de reversibilidad o posibilidad de restablecimiento, si las condiciones de estos peques cambiaban.
No estamos en la segunda gran guerra, pero hay multitud de familias, bien pobres, bien disfuncionales, bien con adicciones y en cualquier caso anómalas, que no atienden bien a sus hijos. De lo cual resulta un problema humano y social de primer orden. Esta película habla de eso.
La película
Cáit (magníficamente interpretada por la encantadora Catherine Clinch) es una niña de nueve años que vive retraída, subsistiendo y resistiendo, frente a su numerosa y hostil familia en la Irlanda rural de 1981. La nena tiene tres hermanas y una cuarta está en camino.
Aunque no se dice en qué época se desarrolla (no es algo sustancial), lo sabemos por la ropa, el tipo de automóviles o el viejo aparato de televisión que puede verse. Años ochenta, una época deficitaria para una Irlanda pobre y atrasada en las zonas profundas, sobre todo, como las que salen en el filme.
Cáit tiene los ojos muy abiertos y es silenciosa y vigilante, para irritación de su madre exhausta, oprimida, sin duda maltrecha y ahora nuevamente embarazada (muy bien Kate Nic Chonaonaigh) de su quinto bebé. Vive en una pobre granja. Su padre es un pobre matón, abusivo y resacoso de tanta cerveza como bebe (bien Michael Patric) que maltrata a la mujer y a los hijos, incluida la niña, un hombre que se jugó los exiguos recursos de la familia, una ternera que les proporcionaba leche. Padres precarios en lo económico y en lo emocional, una pareja desgraciada con un hombre bebedor y una esposa resignada.
Abandonada en casa, intimidada en la escuela y atrasada en la lectura, Cáit es un problema más que sus padres no quieren enfrentar. Y sin decírselo a la niña y sin tener en absoluto en cuenta sus sentimientos ni su parecer, estos desapegados padres deciden que necesitan un descanso de Cáit: estos la van a enviar a pasar el verano con unos parientes lejanos, un matrimonio maduro y sin hijos.
Al principio del filme, mientras uno de sus hermanos grita el nombre de Cáit para decirle que su madre la busca, esta se esconde entre la hierba alta, en su propio espacio mental de ensueño, en su reserva: especie de fuga y quietud entre el verdor del prado. Allá, a gritos, una madre, mujer impaciente asediada y con numerosos vástagos; y el brusco holgazán del marido-padre. Un encuadre que es todo un dislate para la niña.
Cáit se ha acostumbrado a mirar como si fuera invisible. Un mirar a modo de mecanismo de resistencia y defensa, un mecanismo propio de los que no hablan, de los silentes que observan y callan pero que se dan cuenta de todo. Muchas veces los maltratados obran así. En ese silencio rocoso hay melancolía, necesidad de afecto, también lucidez, supervivencia: mejor callar. En la niña, una mirada que vale como muchas palabras juntas.
La cosa, pues, es que Cáit ha crecido inmersa en la hostilidad de una familia que no la quiere y menos la comprende, y un centro escolar que la rechaza y ni siquiera se esfuerza en enseñarla a leer de forma aceptable. Pero lo que impregna y tinta la película es la maravillosa manera de ver el mundo de Cáit.
Primera película que dirige Colm Bairéad con la mirada de una niña que conmueve al espectador, una niña rara que incluso resulta molesta para el mundo que habita. Una extraordinaria obra de principio a fin, cinta discreta de extrema sensibilidad en cada punto de luz de la historia. Guion magnífico, profundo y poético del mismo Bairéad, adaptación de una novela de la escritora de cuentos irlandesa Claire Keegan, que viene a ser una visión infantil sobre un mundo caído.
Tiene la obra una apariencia sencilla, reducida a la mínima expresión, pero con mensaje, ideas y elementos de enorme interés. La cinta es ante todo la niña y su situación. No hay dificultad en entender la historia. Pero eso sí, hay ciertas capas, niveles y sutilezas, que dotan al relato de una profundidad que deviene creciente emoción con el transcurrir de las escenas. Pues, aunque pueda dar la apariencia de que hay pocas piezas o elementos, a poco que estemos atentos, nuestra mirada descubrirá que no hay imagen ni detalle que no tenga un significado y un sentido de la historia.
Tiene la película una textura preciosa, imágenes claras enmarcadas por la directora de fotografía Kate McCullough, como un reflejo en el agua, formato 4:3. Cuando Cáit se traslada a vivir a la casa de la prima de su madre, todo parece estallar en colores brillantes y definidos. La tía, casada con un lacónico granjero, encierra una historia de amor y pérdida. Todo ello está acompañado de una encantadora partitura melódica de Stephen Rennicks.
Como decía, Cáit, cuando llega el verano y se acerca la fecha del parto de su madre, marcha a casa de unos parientes lejanos y en mejor posición. La lleva su padre y llega sin más pertenencias que la ropa que viste. Se trata de la casa de una prima de su madre, Eibhlín (una encantadora Carrie Crowley) y su taciturno esposo Seán (un medido Andrew Bennett), que poseen una granja lechera próspera y bien administrada, lo cual enfurece al malhumorado padre cuando llega para dejar a Cáit en un lugar perdido en medio de la nada. Incluso ni siquiera tiene buenos modales en una breve conversación antes de su regreso a casa de vuelta, menos aún demuestra agradecimiento. En su prisa por largarse, tiene un lapsus de memoria que tendrá graves consecuencias para la nueva vida de Cáit: se ha llevado su pequeña maletita.
A medida que avanza el caluroso verano, la estupenda cinematografía de Kate McCullough en composiciones de fantásticas texturas y el diseño de producción de Emma Lowney, crean un mundo mágico y hermoso en el que Cáit se siente a la vez exaltada y contenta: casi cada toma es una joya pictórica vívidamente compuesta, de una niña que se siente cómoda en soledad y con sus nuevos parientes.
Hay un misterioso estanque artificial de agua de lluvia en el bosque circundante que, según Eibhlín, tiene poderes sobrenaturales. La niña se siente atraída por el manantial, lo cual tendrá su sentido en la trama.
Después de un velorio al que asiste la niña con sus padres adoptivos, a la vuelta a casa la acompaña, en tono de comedia negra, cinismo y chismorreo, la vecina Úna (una excelente actuación de Joan Sheehy), que ha cuidado a Cáit la tarde de un funeral. En el camino le cuenta a la niña todo lo que sus padres adoptivos no le habían contado, asuntos muy delicados. Lo cual tendrá sus consecuencias y el desagrado del padre adoptivo que no entiende tanto cotilleo maligno.
Pero veamos. La quietud de Cáit es quizás la quietud de una víctima de abuso, o quizás la quietud de una persona inteligente que sabe que no hablar es la manera de sobrevivir. Como le dice Seán: «Muchas personas perdieron la oportunidad de no decir nada». Y cuando Cáit vuelve a casa tras estar con Úna, su inobservancia de esta regla de oro, y soltar la frase «No pasó nada», lo que provoca una nueva puñalada de dolor, tras haberse enterado que sus actuales padres tuvieron un hijo perdido en un mortal accidente.
Tanto Cáit, como el matrimonio Cinnsealac, Eibhlínv y Seán, arrastran su angustia y su dolor. Pero en ese verano compartido con la niña, poco a poco surge un vínculo entre ambas partes que les irá cambiado la visión del mundo. En poco más que una hora y media de metraje, Bairéad alcanzará todos los posibles niveles de belleza y lenguaje visual, a la vez que hace que cada plano marque los estados mentales y los temores de los protagonistas, sin que estas tengan que expresar verbalmente qué piensan o sienten.
Crowley y Bennett ofrecen interpretaciones desgarradoras y excelentes como pareja desventurada y sin hijos que ha acogido a Cáit, en particular Eibhlín, una mujer inteligente, elegante y de buena educación, muy comprometida con una niña que ha llegado a ella sucia, confusa, harapienta y lastrada emocionalmente. En esa casa Cáit encontrará el calor, la atención y la ropa limpia que le han negado en su hogar; también encontrará atención, comprensión y cariño. Incluso cuando moja la cama, hecho ante el cual sus padres eran crueles o indiferentes.
Con el tiempo, Cáit experimenta una transformación que cambia su vida. Con detalles tan importantes y simples como que le dejen una galleta extra en la mesa junto a un plato vacío. En ese mundo, la misteriosa y sigilosa Cáit siente por vez primera una calurosa acogida, algo que desconocía. Junto a esta experiencia, maravillosos e idílicos paisajes la rodean precipitando una enorme sensación de felicidad y bienestar.
Hay algunos ejemplos de la comprensión que la niña encuentra en su nueva familia. Así, cuando se orina en la cama durante la noche, la mujer no le riñe, le dice sencillamente que el colchón es tan viejo que llora. Otra: el marido, inicialmente taciturno, acaba por mostrarle el cariño que sus padres no pueden ni saben darle. O, cuando una mujer le pregunta a Cáit por qué habla tan poco, el hombre explica que Cáit utiliza las palabras justas, lo cual sería de desear para otra gente.
A la película le ocurre igual: utiliza las imágenes, los diálogos justos y los silencios. Como escribió el pote a Hierro: «Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras. / Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente. / Que tú me entendieras a mí sin palabras / como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde».
Como apunta Oti: «Un comentario sobre la humedad que empapa el colchón, una galletita dejada en el borde de la mesa, la ternura al abrocharle los botones de una blusa…, todo es de una perfección moral y de una integridad que abruma; incluso el retrato distorsionado y equidistante entre lo irónico y lo dramático del entorno, la vecina chismosa o el padre zafio».
Es destacable la delicadeza y la maestría de la cámara, que acierta a atrapar cada hebra de emoción y sentimiento que se produce en la relación de la niña con sus nuevos padres; cada atención, cada esmero o detalle, cada momento de comprensión recíproca, cómo se rellenan los vacíos entre ellos, los naufragios y los logros. Se trata de un muy dolido matrimonio por la pérdida de un hijo, lo cual los lleva a ser muy delicados con un ser de pureza inaudita y sin un lugar concreto en el mundo.
Es digno de mencionar que este frágil y delicado filme no cae nunca en la sensiblería o mansedumbre ñoña. Más bien localiza con naturalidad lo emotivo y lo reviste con gran ingenio de turbación y emoción, pero sin brusquedad visual o textual.
Hay una escena en la que la que nuestra niña lee Heidi antes de acostarse. Lo que resulta es que esta película, a pesar de toda su oscuridad y dolor reprimido, tiene la claridad y el gusto de intercalar ese conocido cuento infantil alpino algo pasado de moda, sobre una niña enviada a vivir a un lugar hermoso con su abuelo. Lo cual que colabora a lo entrañable y conmovedor de la narración.
Concluyendo
Con una adecuada duración, buena en su tono y en lo sentimental, la cinta está contada con gran distinción y hermosura, con interpretaciones dirigidas a que brote la riqueza de matices de los personajes: el de la niña y el de sus padres de acogida, unos padres auténticamente sorprendentes y una niña sensacional que, más allá de las comparaciones, me recuerda a Ana Torrent.
Obra de una contención tan personal y subjetivada que cualquier atisbo de cálculo (podemos pensar en la vecina, un personaje algo burdo en su construcción que cumple una función demasiado obvia dentro del cuento) es tomado y abducido por la razón y el corazón del relato. Al fin, los personajes han resuelto, de una manera u otra, cohibir su tristeza, haciendo que su presente esté determinado más por lo que silencian que por lo que revelan.
Definitivamente, es muy bonito que la catarsis evite la palabra: para un personaje cuya manera de estar en la vida y en el mundo es la observación, la rebelión no consigue mostrarse sino a través del movimiento, del abrazo y de una carrera frenética para no perder el afecto.
Lo mejor de esta cinta es, como afirma Sánchez: «La textura diáfana, cristalina, de sus bellas imágenes, teñida de la mirada melancólica de la protagonista».
Bairéad da a al relato un ritmo lánguido y deja que sean las composiciones de los planos los que verdaderamente expresen la zozobra de los personajes. Y que actividades como mondar patatas o correr por el campo funcionen como símbolos de amor absoluto, comunicando con emocionante exactitud el efecto perfumado que esos momentos tienen para un ser humano que ha vivido demasiado tiempo privado de los más menudos signos de ternura.
A pesar de la honestidad y la inteligencia que tiene a raudales, no impide que el camino que la niña tiene por delante esté cargado de incertidumbre. De igual manera, lo que vemos ayuda a convencer al espectador de que Cáit, tras su grata y terapéutica experiencia con sus padres adoptivos, tendrá los suficientes recursos para adaptarse en su vida futura. Incluso en el incierto final que queda abierto.
Todo está conseguido principalmente a través de una colorida escritura de gracia emocional e intensidad, en el libreto limpio y ordenado de Bairead y la franqueza dulce, reservada y emocional de los azules ojos de Catherine Clinch. Lo que siente la niña a través de los matices faciales y la expresión del cuerpo, más que por el diálogo hablado. No creo errar si digo que me parece un gran triunfo para un director debutante.
El final de la película es particularmente conmovedor, pues junta en su punto más elevado el conflicto de la historia, y explica a la vez cómo la suma de detalles menores puede hacer, no sólo una magnífica película, sino que puede ser el resumen de la existencia.
En suma, película elocuente y sensitiva a la hora de indagar el poder del silencio como instrumento de protección y para sugerir entereza, contención, soledad, miedo y vergüenza. Una película de lujo, con un drama que vive y vibra en su interior, un drama que enriquece, y unos diálogos, no muchos, de excelencia, hablados en gaélico.
Escribe Enrique Fernández Lópiz