THE RUNAWAYS (2)

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Bad attitude

The runaways¿Puede Floria Sigismondi ofrecer algo cinematográficamente más sustancioso que un fugaz retozo lésbico entre Kristen Stewart y Dakota Fanning? Esta sería la pregunta pertinente ante lo que tiene visos de parecer poco más que una biopic pretendidamente polémica basada en el atractivo juvenil de sus protagonistas. Y la respuesta no debe hacerse esperar: más bien poco.

Aunque Sigismondi es una reconocida realizadora de videoclips de estrellas del rock como David Bowie, The Cure, Marilyn Manson, Björk o Muse, no consigue acreditar solvencia en la gran pantalla: su primera incursión en el celuloide se constituye en un impersonal híbrido entre los dos formatos, como si la directora no quisiera soltar del todo las abrazaderas del andador que la ha traído desde el mundo del vídeo a dar sus primeros e inseguros pasos en el cine.

Sigismondi sólo se suelta cuando consigue relatar musicando, y son esos los escasos momentos en que mantiene el pulso de una realización que de otro modo adolece de intensidad y de fuerza, todo un pecado para lo que se supone que debe ser una película basada en el Rock and Roll. Ello sólo demuestra una carencia casi absoluta de recursos narrativos, dado que lo que suele sostener la coherencia de un videoclip es sobre todo la música, recurso en torno al cual se adaptan todos lo demás y que, por lo general, ni siquiera ha sido compuesto por el realizador del mismo. Así, por mucha fuerza visual que imprima Sigismondi a sus imágenes, por mucha soltura que muestre para captar la electricidad del escenario, se tiene la sensación de que poco o nada sería capaz de transmitir sin el apoyo de una banda sonora que no se limita a The Runaways, sino que incluye también a gigantes como Iggy Pop, David Bowie, Suzie Quattro, o Sex pistols, y que acaban por hacer el trabajo de cargar emotivamente la cinta.

¿Puede Floria Sigismondi ofrecer algo cinematográficamente más sustancioso que un fugaz retozo lésbico entre Kristen Stewart y Dakota Fanning?

Afortunadamente, no sólo de la realización vive una película. The Runaways cuenta una historia atractiva sobre el vértigo que produce la combinación de juventud, Rock’n’Roll y éxito, y está medianamente bien interpretada por sus estrellas adolescentes, Fanning y Stewart, que paradójicamente no son sino una sombra al lado del apabullante trabajo de Michael Shannon. Porque si hay algo que merezca la pena de este melifluo biopic es la estupenda caracterización de Kim Fowley que realiza el actor nominado al Oscar por Revolutionary road.

Fowley, productor musical cuya carrera se desarrolló principalmente en el salvaje período que transcurre entre los años sesenta y ochenta, se nos muestra aquí como un excéntrico y en ocasiones despiadado hacedor de talentos que no duda en forzar al límite la capacidad de resistencia psicológica y moral de sus estrellas. Su profundo conocimiento de los más bajos impulsos del público, sustrato del Rock’n’Roll más primario (y algunos dirán que más auténtico), le llevó a explorar las nuevas fronteras de lo comercializable, dando impulso a un grupo de chicas casi pre-adolescentes que debían mostrarse provocativas, lascivas y duras en un mundo en que los hombres no estaban dispuestos a dejarse arrebatar el cetro de la provocación y la dureza representada en la música Rock.

Una lástima, en fin, dado lo mucho que podría ofrecer esa pequeña recreación de una fantástica epopeya de la cual surgieron al menos dos notables intérpretes: Joan Jett y Lita Ford

Shannon hace honor a  Fowley acaparando todo el magnetismo animal en tres o cuatro escenas, glosando una de las más acertadas descripciones del rock’n’roll que puedan hacerse con cuatro frases y evocando toda la estética glam de los setenta como si la llevara en la sangre. Es de lo poco que salva los muebles de una película que discurre por los tópicos sobre las drogas y el desarraigo sin apenas conmover, que sólo seduce por la mención de una época que en sí misma tiene suficiente fuerza como para provocar seducción y que apenas consigue que nos interesemos por unos personajes que acaban desdibujados, planos, no por su falta de intensidad en la interpretación o su escaso carisma, sino por el débil pulso de una realización vacilante, que se pierde en los detalles y adentra poco en las motivaciones, avanza trabajosamente en los interludios y acaba por mostrar nada más que la historiografía, sin profundizar en la historia.          

Una lástima, en fin, dado lo mucho que podría ofrecer esa pequeña recreación de una fantástica epopeya de la cual surgieron al menos dos notables intérpretes: Joan Jett y Lita Ford, y que abrió el cerrado círculo de los instrumentistas de Rock a las mujeres, que hasta entonces habían de conformarse con ser cantantes.

Por otro lado, el empeño de mostrar sólo el fracaso personal y profesional de Cherie Currie no parece sino querer ofrecer carnaza a una sociedad ya de por sí adicta al mal ajeno, lo que además es poco honesto con la industria musical que tanto ha hecho por Sigismondi. Creo también, que no por elaborar un producto comercial medianamente alimenticio, el mundo del cine vaya a hacer mucho por ella.   

Escribe Ángel Vallejo