De mí… De mí… DE MÍ…
Jonás Trueba (1981) realiza ahora su primer largometraje. En cine en 2000 había realizado un corto que desconozco pero que tuvo una acogida bastante favorable. Era Cero en conciencia, cuyo título probablemente sea una especie de juego, ¡faltaría mas!, con el que poseía una de las películas de Jean Vigo, Cero en conducta.
Y es que el problema, o la brillantez, vaya usted a saber, que se aprecia en este nuevo realizador, es la hábil (o engañosa) explotación de su vena cinéfila, incluso explícita desde su nacimiento: su nombre se relaciona con un título de Alain Tanner Jonás, que cumplirá 25 años en el año 2000.
En el año 2000, fiel al calendario, Jonás rodó su primer corto aunque, lastima, no cumpliera 25 años. Pero, eso sí, apuntándose al sentido cinéfilo de algunos cineastas o críticos cinematográficos, lo firmó como Groucho Trueba. De la misma manera que haría con dos guiones posteriores que escribió con quién dirigiera las películas: su amigo Víctor García León, hijo de José Luis García Sánchez y Rosa León. Un tercer guión, tan poco interesante como los anteriores, lo firmó ya con su padre, Fernando Trueba, que fue quién dirigió la película. Es El día de la victoria.
En su escalada en el mundo del cine llega ahora con estas canciones que hablan de quién sabe qué. Se puede entender lo que se pretendía, pero el resultado final resulta pobre y caótico. Una cosa es lo que se desea, otra lo que realmente se consigue. En este caso, muy poca cosa.
Es en su origen un filme que no mueve a engaño ante su decido carácter personal; es decir, el filme habla sobre la juventud del propio director, sus vacilaciones, querencias, amores y desamores. Lo malo es que lo personal se extrapola a lo general, de forma que la película pretende ser la crónica, fallida, de toda su generación.
Jonás se convierte así como realizador en un gran ególatra en lo primero y ambicioso, pero incapaz de mirar más allá de su propia persona, en lo segundo. No representa ni la generación (tiempo, lugares, ambientes) del director ni ninguna otra. El conjunto es simple, ingenuo en la parcialísima visión de una estas estaciones amorosas de idas y vueltas. Parece ser lo único que personaliza a los diferentes jóvenes personajes que deambulan por la pantalla, tratando de identificar sus pasos y acciones con las canciones de un determinado tiempo.

De Truffaut a Patino
Como es natural el primer largo de Jonás Trueba (¿por ser el primero?) está repleto de citas. Además de las canciones que intentan conducir los distintos capítulos en los que está dividido el filme, abundan tanto las citas literarias como las cinéfilas. Las literarias abruman a través de la verborrea de una incasable voz en off narrativa. Una voz que trata de confundir al espectador al pasar la historia del yo personal a la tercera persona, es decir a un él. Estamos pues en un punto tal que el yo soy, hago, vivo y pienso se transforma en el ese es quien hace, vive y piensa.
El sonsonete del narrador o pensador, que martillea sin respiro, sólo se abandona para dar paso a unos diálogos ingenuos, dichos (y hechos) desde la improvisación o, quizá sería mejor decir, desde la naturalidad. Una naturalidad que también trata de trascender a la interpretación. El resultado es negativo, lamentable, porque no hay nada peor que interpretar un papel desde una forzada espontaneidad.
La cinefilia de Jonás se presenta desbocada, errática. Directores y películas se mezclan en referencias de imágenes o de diálogos de determinados filmes. Tanto da. Lo importante es aclarar que el realizador conoce las películas, ha visto y absorbido muchas. Por eso desea explicárnoslas desde un deleite que es exclusivamente suyo.
Mucho se ha hablado de las referencias existentes al cine de Rohmer o al de Truffaut, y de forma muy especial la identificación que existe entre el protagonista y el Antonie Doinel de concretamente Besos robados. Algo hay de eso, pero también notables diferencias entre ambos personajes. El de Truffaut, por ejemplo, ni era un intelectual, ni mostraba tal falta de interés por las cosas, por el mundo en el que vive, como muestra aquí el protagonista.

Y no digamos su forma de enfrentarse al mundo o la forma en que el mundo se enfrenta a él. En la película de Jonás Trueba su protagonista es un (imposible) licenciado en filología, escritor de grandes dotes poéticas. Al parecer, porque si nos dejamos llevar por la película tal personaje, aparte de un inmaduro, es un negado absoluto dentro de cualquier realidad. Por no ser, ni siquiera es admisible su existencia real.
Su amor por la literatura o el cine ni se palpa, ni se ve, aunque trabaje Ramiro, así se llama el personaje principal, en la improbable librería de ¡su tío!, lugar que suena más a un almacén en que se apiñan ejemplares sin ton, ni son. Todo sea para que el personaje del librero (el citado tío) lo interprete Ramón Fontsere. Un establecimiento cavernícola, con elementos o trazos esperpénticos que da lugar a dos intentos de escenas chistosas que no se sabe qué hacen en el filme.
La verdad, de todas formas, es que el personaje del librero es importante para que el guión pueda inventarse el absurdo de la publicación de unos poemas que escribe (o escribió) el sobrino. Todo ello conduce a la secuencia más estrambótica de la película: cambiar en la edición del libro una letra del apellido de Ramón, pasando a ser Lastre en vez de Lastra. ¿Se entiende la fina ironía del director?

En el filme, Ramón se mueve de acá para allá, marchando de una casa a otra, de esa otra a un bar, o a la librería o a la discoteca o simplemente anda sólo o acompañado por Madrid. Para mecer su danza inquieta, se bastan las canciones y la voz, que como he dicho puede ser suya o no… al cambiar con total desparpajo de primera a la tercera persona. Tanto da. Desde luego el personaje de Truffaut, sin carrera universitaria, buscándose la vida en varios trabajos, dista mucho de este hijo de papá o de mamá. Además, asegura a un compañero (al que visita por exigencias del guión) que vive con su madre, aunque el espectador se pregunte si eso forma parte de la realidad o de la ficción: la madre no aparece en ningún momento.
La relación del filme con el cine de Truffaut podría estar en la forma de narrar o, como en Los 400 golpes, en su forma de convertir una ciudad en un elemento importante de la acción. Allí París, aquí Madrid. E incluso pretender que las rupturas narrativas del relato (o cierta planificación sobre todo referente a la cantidad de primeros planos de caras directas que hablan al espectador) son propias del autor de La piel suave. Realmente hay algo de ello, pero no todo, ni siquiera lo esencial. Las rupturas narrativas (el intentarlas) estarían más cerca del cine de Godard, mientras que la estructura de la película ―desde su claro intento de intelectualidad― se acercaría a Nueva cartas a Berta. Incluido el equívoco entre lo que se dice y lo que se ve (y quién lo dice y lo que se ve).
De cualquier forma, las comparaciones dejan en pobre lugar a Todas las canciones hablan de mí. Si nos centramos en el filme de Patino comprobamos cómo allí si se deduce la crónica de una generación, de forma que la película se convierte en un documento (todo lo intelectual que se quiera) sobre la realidad de una ciudad y de un país en un determinado periodo, los años sesenta. Nueve cartas a Berta es una obra importante (Los cuatrocientos golpes y, en menor medida, Besos robados, lo son en otro aspecto), imprescindible y necesaria para conocer (y reconocer) un periodo histórico y una juventud que se debatía entre la realidad oscura de dentro y el sueño esperanzador (e imposible) de fuera. Además, en ese título sí que existen verdaderas y coherentes rupturas narrativas. La ciudad que encerraba a Lorenzo, el protagonista, era Salamanca, oficiando la ceremonia que aquí, con Madrid, quiere sellar Jonás Trueba. Una mayor similitud entre ambos títulos vendría dada por la insistencia de la voz en off y por la división en capítulos, señalado cada uno de ellos de forma numérica, dentro de la progresión anímica del protagonista, por medio de títulos irónicos y altisonantes.

Quo vadis?
Otro de los errores del filme estriba en no ser nada, ni siquiera existir, al dar vueltas sobre sí mismo desde la inexistencia de unos personajes mal escritos y peor resueltos. Estamos frente a ideas, no frente a personajes. Los jóvenes del filme, ellos y ellas, no viven, simplemente tratan de actuar de acuerdo a las indicaciones de una dirección incapaz de hacer vivir lo que en el guión no es más que (falsa) literatura. La historia no progresa porque no existe.
Todo está parado desde el principio en un trayecto de ida y vuelta, circular: al final se intenta da la vuelta a la situación para reconducirla a antes del comienzo. O sea, se parte de una situación para volver a (arreglándose el desaguisado amoroso) la misma existente, sin otra razón que aquella que lleva a Ramiro a recalar en otros puertos, relacionarse con otras mujeres antes de hacer las paces con aquella con la que vivía. Conocimiento, relación elaborada forzadamente en alguno de los encuentros que propicia el filme (la hermana pequeña del amigo al que se encuentra o se llega por imposición del guión) o concebidos de forma tan precipitada como ingenua.
Por lo que se refiere a este segundo punto, resulta inexplicable que Ramiro (o cualquiera) pueda admirar a una compañera de universidad como la inteligente sabelotodo (para reforzar ese aspecto se la presenta con gafas), que aquí nos presenta. No sólo eso, también ver al protagonista babear ante la repelente niña Vicenta… Secuencia, la de este encuentro, en la que se garabatea el pensamiento del protagonista (falsos remedos de la nouvelle vague), al que se ve acariciar el pelo de su compañera o pasear con ella imaginando que su antigua compañera también está presente. Divina ingenuidad que toma como renovador este ingenuo procedimiento.

Ya dijimos que otro de los problemas del filme es la falta de espontaneidad en los diálogos y en la actuación (la forma de andar deprisa incluso resulta risible) de los distintos intérpretes. Se fuerzan sus formas, diálogos, movimientos, gestos, con el fin de que sus actuaciones suenen a naturales.
Aun peor es rodar ciertos momentos en determinados lugares ―o hacer creer que se ruedan allí― cuando es imposible hacerlo, sobre todo, por problemas de coste. Así por ejemplo, la pobre secuencia que transcurre en una ¿discoteca? Se narra por medio de planos únicos y cortos con el fin de evitar mostrar un ambiente inexistente. Antes, para dar la sensación de existencia de tal lugar, se ha hecho que una serie de personas (acaso gente del equipo, amigos que pasaban por allí) aparezcan en una larga cola a la puerta de la improvisada discoteca. ¿Por qué tal aire de inexistencia en una secuencia que podía haberse trasladado a otro lugar o haber buscado una solución distinta para desarrollarla?
Inexplicable, algo grave en un filme como este, centrado en canciones, es lo mal trabajada que esta la banda sonora. Se supone que ha sido rodada con sonido directo, pero en ciertos momentos (sobre todo en exteriores) da la sensación que los fondos sonoros en segundo plano han sido (mal) añadidos. La banda sonora, en especial los diálogos, lamentablemente, es ininteligible en gran parte del filme.

…Y final
Existe una falta de adecuación de lo que vemos con el momento (¿hoy?) en el que transcurre la historia. Sí claro, hay teléfonos móviles y se vislumbran ordenadores, pero el personaje principal se dedica a escribir (o lo intenta) sus nuevos poemas en una libreta/cuaderno que aparece inmaculado en vez de utilizar el ordenador. Al menos tal acto fuera de la realidad da lugar a un buen momento, sin duda el mejor de la película: el intento de empezar a escribir una página en blanco, dominado todo el plano por un bolígrafo que, de la mano de su dueño, permanece quieto o indeciso sobre el papel. Un bello instante con el que nos quedamos. Esperamos que momentos como este sean los que iluminen las posteriores obras de Jonás Trueba.
Poca cosa pues nos procura esta película. De todas formas, vamos a pensar que lo escasamente positivo que posee sea suficiente para poder recibir con cierta esperanza sus próximas películas. Ojalá consiga realizar títulos interesantes. Lo conseguirá si olvida la cinefilia que le atenaza, al tiempo que deja a un lado su ansia por testificar a toda una generación desde una hipócrita (in)modestia.
Escribe Mister Arkadin
| Título | Todas las canciones hablan de mí |
| Título original | Todas las canciones hablan de mí |
| Director | Jonás Trueba |
| País y año | España, 2010 |
| Duración | 107 minutos |
| Guión | Jonás Trueba y Daniel Gascón |
| Fotografía | Santiago Racaj |
| Distribución | Alta Classics |
| Intérpretes | Oriol Vila, Bárbara Lennie, Ramón Fontserè |
| Fecha estreno | 10/12/2010 |
| Página web | http://www.todaslascancioneshablandemi.es/ |