Cómo hemos cambiado

A comienzos de los años 2000, el cine español vivió uno de sus mayores fenómenos de taquilla con El otro lado de la cama (2002), dirigida por Emilio Martínez-Lázaro.
Esta comedia musical, protagonizada por Ernesto Alterio, Paz Vega, Guillermo Toledo y Natalia Verbeke, rompió esquemas dentro del panorama cinematográfico nacional al combinar humor, enredos amorosos y canciones populares españolas reinterpretadas por los propios actores.
Su tono desenfadado, su retrato generacional y su estilo cercano al musical contemporáneo conquistaron al público, convirtiéndose en una de las películas españolas más taquilleras de su década, con más de 2 millones de espectadores y una recaudación superior a los 12 millones de euros.
El éxito fue tal que en 2005 se estrenó Los dos lados de la cama, una secuela que retomaba a los mismos personajes y ampliaba las tramas amorosas con nuevas incorporaciones al reparto, como Verónica Sánchez y Lucía Jiménez. Aunque no alcanzó el mismo nivel de frescura que la primera entrega, también fue un notable éxito de taquilla, consolidando la fórmula y confirmando el interés del público por estas comedias musicales urbanas.
Veinte años después, Telecinco Cinema recupera la franquicia con el objetivo de renovarla y adaptarla al paso del tiempo. En esta nueva historia, Javier (Ernesto Alterio) y Carlota (Pilar Castro), que no se han visto en décadas, estallan de ira al descubrir que sus hijos, Óscar (Jan Buxaderas) y Julia (Lucía Caraballo), planean casarse. Convencidos de que son demasiado jóvenes y de que aún tienen muchas oportunidades por delante, Javier y Carlota deciden unir fuerzas para boicotear la boda.
Centrando su mirada más en la película original que en su posterior secuela, Todos los lados de la cama retoma los ingredientes que hicieron de la saga un éxito de taquilla. La cinta vuelve a explorar las complejidades de las relaciones sentimentales de una generación que busca equilibrar amor, deseo y compromiso, manteniendo ese tono fresco y cercano que conectó con el público. A ello se suma un reparto coral que aporta dinamismo y diversidad a las tramas, así como la incorporación de varias canciones –pocas, pero significativas– que no solo acompañan la narración, sino que establecen un diálogo emocional con el espectador.
Sin embargo, los tiempos han cambiado. Aquella generación que en torno al 2000 defendía la libertad en las relaciones sentimentales ahora se enfrenta a una nueva realidad: sus propios hijos han ido más allá, adaptándose con naturalidad a las transformaciones sociales y a las nuevas formas de entender el amor. Todos los lados de la cama refleja esa brecha generacional con humor, mostrando cómo los jóvenes manejan códigos emocionales y afectivos distintos, más abiertos y flexibles que los de sus padres.
En este caso, dentro de esa libertad que caracteriza a la nueva generación, los hijos optan por el amor tradicional: deciden casarse simplemente porque se aman y desean compartir su vida. Esta elección contrasta con la visión de sus padres, quienes preferirían que sus hijos aprovecharan más la juventud, que exploraran distintas experiencias antes de comprometerse, que vivieran con la misma intensidad y espíritu aventurero con que ellos lo hicieron en su tiempo.
En esa compleja combinación generacional, conformada por unos padres que creen conocerlo todo acerca del amor y unos jóvenes cuya inocencia y rebeldía aún no han sido moldeadas por la practicidad de la vida adulta, se origina la verdadera tensión narrativa de la película. Este contraste entre la experiencia saturada de certezas y la frescura de quienes todavía buscan su lugar en el mundo genera un diálogo constante entre el pasado y el presente, entre lo aprendido y lo que aún queda por descubrir.

La obra se mueve, así, en un terreno de equilibrio delicado. Por un lado, la nostalgia que despiertan los personajes reconocidos por el público, figuras que remiten a una época cinematográfica anterior; por otro, la energía renovadora de una nueva generación de actores que asumen el liderazgo y aportan una mirada distinta sobre las emociones y los vínculos humanos.
Esa interacción constante entre lo viejo y lo nuevo, entre la memoria y la reinvención, se hace tangible en la composición del reparto. La película reúne a un grupo de jóvenes intérpretes –Lucía Caraballo, Jan Buxaderas, Sergio Abelaira y Leire Aguiar– que aportan frescura y una mirada renovada, con las figuras icónicas del elenco original, quienes regresan en apariciones especiales junto a Ernesto Alterio y Pilar Castro.
Entre ellos destacan Alberto San Juan, Secun de la Rosa, María Esteve, Natalia Verbeke y Guillermo Toledo, cuya presencia no solo actúa como un guiño al pasado, sino también como un puente emocional que conecta generaciones y refuerza la idea de continuidad con pequeños guiños para los seguidores de la saga (la forma de hablar de María Esteve, el niño melón, etc.).
Teniendo claro que la película se inscribe dentro del género de la comedia clásica, las canciones desempeñan un papel complementario fundamental, reforzando el discurso emocional y narrativo de los personajes. Aquello que no pueden comunicar mediante el diálogo se manifiesta a través de la música, que actúa como una extensión de sus sentimientos y pensamientos.

Las coreografías, cuidadosamente elaboradas pero sin perder la naturalidad característica de las interpretaciones —una seña de identidad de esta franquicia—, aportan dinamismo y frescura a cada secuencia. Los números musicales, distribuidos a lo largo del metraje, dotan al filme de una tonalidad divertida y amable, manteniendo siempre un equilibrio entre humor y emoción. En cuanto a la banda sonora, esta recurre a una selección de éxitos que abarcan desde el año 2000 hasta la actualidad, con presencia de artistas tan representativos como Nena Daconte, Cariño, La Oreja de Van Gogh, La Casa Azul o Camela, cuyas melodías aportan un componente nostálgico y reconocible que conecta directamente con el público.
Samantha López, quien da su salto al cine tras una trayectoria en la dirección de cortometrajes y series, asume el relevo de Emilio Martínez Lázaro para dar forma a una comedia que combina tradición y renovación. Sin perder de vista su vínculo con un pasado fácilmente reconocible para toda una generación de espectadores, López apuesta por poner la cámara al servicio de una actualización de los códigos narrativos y emocionales relacionados con el amor y el sexo.
Su propuesta busca tender puentes entre distintas generaciones, generando una sinergia que refleja de manera amena y accesible cómo ha evolucionado la sociedad contemporánea. Se trata de una comedia ligera y entretenida, fácil de disfrutar, que combina situaciones divertidas con constantes referencias y guiños al pasado (lo que mejor funcionan son los personajes de la película original). Aunque su discurso no introduce grandes novedades, se mantiene fiel al espíritu y la identidad que han caracterizado a esta franquicia.
Escribe Luis Tormo | Fotos Buenavista Internacional