Tournée (2)

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Contra Mathieu Amalric

tournee-0Con la coartada de la recuperación artística de un género ínfimo, el burlesque, el director y protagonista Mathieu Amalric postula una reivindicación de la figura del artista puro, consagrado al culto del ars gratia artis (lema de una mítica y rugiente productora cinematográfica extinta).

Partiendo de la puesta en escena de un espectáculo kitsch, cuyos orígenes se retrotraen a manifestaciones de origen popular que a lo largo del siglo XIX (la opereta cómica, vienesa, Offenbach…) discurren en paralelo a la cultura elevada, burguesa, hasta que en el siglo XX son reivindicados por la vanguardia artística a través del cabaret, eclosionando en los convulsos y turbulentos años de la República de Weimar, en Berlín principalmente.

Tomando como punto de partida, pues, el espectáculo en sí, se lleva a cabo una casi documental, objetiva y contenida exposición de números musicales protagonizados por un quinteto de mujeres norteamericanas a las que Joaquim Zand (Amalric) ha reclutado en su exilio estadounidense para iniciar la tournée del título por tierras francesas. El prólogo y el epílogo de la película, con las voces en off de las artistas, sus risas y sus diálogos, sobre una pantalla en negro, muestran la perspectiva adoptada por Amalric: no sólo exponer la historia, lo externo, lo objetivo de ese mundo aparentemente periclitado de plumas y de lentejuelas, sino bucear en la intrahistoria, en lo íntimo, en el backstage personal de los protagonistas.

Si la primera secuencia, después de desaparecer la pantalla en negro, refleja el camerino y los espejos donde las chicas empiezan a prepararse para el espectáculo, en un subrayado explícito de la artificiosidad del espectáculo, el resto del filme no sólo invalida el maquillaje cutáneo y corporal de las actrices, sino que pretende poner de manifiesto que ese maquillaje no sólo es circunstancial e instrumental, sino que recubre el alma de cualquier artista que sea artista de verdad, es un atributo de su ser, pues no existe distancia entre el escenario y la vida, entre la representación y la vivencia.

Otra cosa muy distinta es que la película logre poner en escena tal pretensión, mejor, que consiga llevar a buen puerto este canto del cine entusiasta por la reivindicación del espectáculo como esencia, como ADN constitutivo de los integrantes de la farándula.

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La dialéctica que se establece entre la escenificación de los diferentes números musicales que protagonizan las chicas y su vida postescénica funciona en los primeros cuarenta y cinco o cincuenta minutos, pero se agota cuando la vertiente intimista adquiere mayor presencia y, especialmente, cuando el protagonista se enseñorea de la función. El retrato de este crápula, de este bohemio redivivo, resulta cargante no por su pretendida amoralidad o carácter canallesco, sino por el resabio de victimismo complaciente que rezuma. Un anti-héroe, un marginado, un outsider del mundo del espectáculo que se regodea en su condición de artista incomprendido, de hombre vapuleado, cuyo aparente malestar y encanallamiento no es fruto de un patetismo sobrevenido, como él pretende, sino de un patético parasitismo que no se sustenta sobre ningún valor extraordinario, ya que en ningún momento se nos muestran cuáles son esas excelsas cualidades ocultas que debe atesorar este perro apaleado de lo artístico, así como tampoco queda muy claro su función de productor, jefe de pista, guardia del harén, de gineceo que pasea por su desagradecida patria una pléyade de freaks, que basan su extravagancia ni más ni menos que en la ¡autenticidad! con que ejercen y exhiben sus vidas, intentando inocular en los espectadores su sabiduría profesional-vital.

Joaquim Zand deviene un nuevo Ulises dentro de la estructura del relato, de su odisea particular: habiendo renunciado a una posición prominente en la televisión francesa, intuimos que el motivo de su expulsión es doble. Por un lado, se sentía limitado en su valía, obligado a desempeñar labores en las que su pureza artística se veía prostituida; de otro, deja tras de sí todo un rosario de deudas y desplantes, de sablazos e incumplimientos.

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Su regreso ha de proporcionarle el éxito y el reconocimiento al que renunció bien por hastío, bien porque le fue hurtado, es indiferente dentro de la ambigüedad en que se desenvuelve el guión. Este regreso no tendrá un efecto catártico ni será una anagnórisis restitutiva. Por el contrario, comportará una profundización en la degradación del personaje. Diferentes episodios mostrarán su fracaso en su faceta como padre, como marido, como amante, como amigo. Cabe resaltar que estos episodios rozan lo patético sin un mínimo atisbo de patetismo.

Consciente de esta derrota, iniciará una deriva personal por las carreteras secundarias galas, por estaciones de servicio, gasolineras y bares de la Francia profunda. Su condición de expulsado del paraíso parisino le sirve al director para mostrar una radiografía de la otra Francia, alejada del glamour y de los oropeles parisinos. La travesía discurre por las zonas portuarias francesas, lo que le permite cierto naturalismo en la representación tanto de la geografía física como de la sentimental. Parece subyacer la reivindicación del paisaje moral propio de Jean Gennet, turbio, portuario, lóbrego, pero auténtico, sin esteticismo alienante.

El puerto de refugio lo encontrará en una de sus girls, la más destacada de la troupe no por su propia valía, sino por enarbolar una insobornable dignidad en medio de su vasta soledad, lo que la arrastra a la singladura de su colérico director, para descubrir si está ante un príncipe o un sapo. Ambos emprenden una especie de escapada final, refugiándose en una solitaria y otoñal isla, en un decrépito y abandonado hotel, correlato objetivo del estado anímico de los personajes. En medio de ese espacio devastado, la compañía se reagrupará, resurgiendo Joaquim, cual ave fénix, de sus cenizas; reconstituyéndose el grupo de sus propias astillas vitales, para clausurar el filme una edulcorada y grotesca llamada del propio director a la continuidad del espectáculo.

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Posiblemente si el egotismo del que hace gala Amalric hubiese tenido unas bridas más consistentes, su película lo hubiese agradecido. Una mayor distancia real, no sólo formal, con lo que quiere mostrar al espectador, hubiese resultado más beneficioso, a pesar de lo bizarro de su empeño, que se pasea por el abismo de lo hortera y lo melodramático.

Pero está tan satisfecho de sí mismo, del universo que quiere retratar; se reboza tan a gusto en esa áurea de santo y mártir artístico, en la niebla dulzona que emana de su perenne pitillo, de esa pose a lo Yves  Montand, a lo Serge Gainsbourg, que la singladura de su travesía resulta errática, que el mar proceloso que quiere atravesar se convierte en un plácido y aburrido lago; que la perseguida sinceridad y autenticidad se convierten en impostada pose, en retórica prosaica, en todo aquello de lo que ha pretendido escapar. El albatros baudeleriano es una simple gaviota, francesa pero gaviota.

Como decía el poeta: “Oh innoble servidumbre de amar seres humanos,/ y la más innoble/que es amarse a sí mismo”.

Escribe Juan Ramón Gabriel

 Título  Tournée
 Título original  Tournée
 Director  Mathieu Amalric
 País y año  Francia, 2010
 Duración  111 minutos
 Guión  Mathieu Amalric, Philippe Di Folco, Marcelo Novais Teles y Raphaëlle Valbrune
 Fotografía  Christophe Beaucarne
 Montaje  Annette Dutertre
 Distribución  Avalon
 Intérpretes  Mathieu Amalric, Miranda Colclasure, Suzanne Ramsey, Linda Marraccini, Julie Ann Muz, Angela De Lorenzo, Alexander Craven
 Fecha estreno  13/05/2011
 Página web  http://www.avalonproductions.es/tournee/