La tragedia de un hombre ridículo

Desde la primera escena, queda claro que Óscar es un personaje lamentable: con su cabello desaliñado, dientes torcidos y camisas baratas, siempre luce algo descuidado.
Al mismo tiempo, disfruta perdiéndose en monólogos sobre la profundidad de la poesía, que incluso otros escritores encuentran tediosos.
Cuando, al comienzo de la película, se arroja sobre la cama durante una conversación con su madre y grita entre lágrimas que, después de todo, es poeta —«¡Un Poeta!»— y que no podría ni querría hacer otra cosa, queda claro que no solo hay que sentir lástima por este personaje trágico. ¡Sino también que todo resulta bastante divertido!
Óscar (Ubeimar Ríos) es poeta. O al menos lo era, aunque él no lo vea así. En sus veinte, publicó dos poemarios con un éxito moderado. Ahora, en sus cincuenta, vive de nuevo con su madre. En un caso extremo de negación, insiste en que sigue siendo poeta, y nada más. Rechaza consejos e ignora las pocas opciones que le quedan. La autocompasión y el alcohol son sus compañeros constantes. Su hermana le consigue un trabajo como profesor.
Considera que el trabajo está por debajo de su nivel, como la mayoría de las demás profesiones. Pero lo acepta. Cuando descubre que una de sus alumnas, Yurlady (Rebeca Andrade), también es una poeta con talento, recupera la esperanza. Por fin tiene un objetivo concreto: quiere convertir a Yurlady en una estrella. Sin embargo, las cosas dan un giro inesperado que Óscar no había previsto.
Una de las grandes virtudes de este segundo largometraje del guionista y director colombiano Simón Mesa Soto es la naturalidad con la que transita entre el drama y la comedia. Muchos elementos poseen tanto un toque de humor absurdo como de repulsión y tristeza. Por ejemplo, cuando Óscar llena su termo con alcohol por la mañana, que lleva al trabajo en la escuela, y luego recita monólogos divagantes y pseudointelectuales sobre poesía a sus alumnos, resulta innegablemente hilarante. Al mismo tiempo, nadie querría estar en su lugar. O cuando le ruega desesperadamente al librero de su barrio que promocione sus dos antiguos poemarios para poder volver a ganar algo de dinero.
Cuando Yurlady, de diecisiete años de edad, entra en su vida, al principio parece que Óscar por fin ha encontrado una tarea que disfruta y que no le hará quedar en ridículo. Al cultivar este joven talento, tiene un objetivo concreto en mente. Sus intenciones pueden ser las mejores, pero también aborda la tarea de forma incorrecta. La situación se descontrola por completo.
Los restos de su propia existencia deben ser constantemente despejados; entre los intentos fallidos, a veces aflora una buena intención, pero entonces el destino golpea de nuevo, y Óscar también debe afrontarlo. No se detiene, porque así es su vida. Y aunque dejamos a Óscar en un momento profundamente triste, sentimos un extraño optimismo de que no se rendirá, al menos que seguirá intentándolo hasta que la realidad lo vuelva a poner en su sitio.
Así, por un lado, se vuelve cada vez más patético; por otro, todo da lugar a escenas maravillosamente absurdas. Una y otra vez, parece tener al mundo entero en su contra. Su terquedad exaspera a sus compañeros poetas. Óscar se siente excluido, pero desea desesperadamente seguir formando parte del grupo. Así, Un poeta se revela como una sátira del mundo del arte y la literatura, una que no se anda con rodeos a la hora de abordar el tema de la valentía…
Con la numerosa familia de Yurlady viviendo en un pequeño apartamento, con escaso acceso a la educación superior, y mucho menos a la poesía, se introduce una capa adicional de crítica social en la historia. La trama que Un poeta finalmente toma es innegablemente seria. Sin embargo, al mismo tiempo, la película intensifica progresivamente sus elementos absurdos.
El guion equilibra magistralmente estos dos aspectos. A pesar de toda la tontería y el absurdo, las acciones del protagonista de la historia siguen siendo comprensibles, aunque el espectador reconoce de inmediato que, una vez más, está tomando la decisión equivocada.
Escribe Francisco Nieto | Fotos Atalante