Un cántico a la generosidad

«Pero también
la vida nos sujeta porque precisamente
no es como la esperábamos».
(Jaime Gil de Biedma)
Una tarde calurosa de primavera en Madrid, he podido disfrutar de un largometraje que alberga en su interior una buena dosis de entusiasmo por la vida, de confianza primaveral en la existencia, de intento humanístico por encontrar nuestro lugar en el mundo.
Una quinta portuguesa, de Avelina Prat, supone un cántico a la generosidad y una mirada esperanzada sobre los seres humanos en estos tiempos sombríos (la expresión de Brecht puede aplicarse a la coyuntura presente).
La película cuenta con una estructura tripartita que, si bien permite consolidar un notable guion, firmado por la misma Prat, y apuntalar de forma correlativa la simbología circular de la historia, evidencia un desequilibrio entre las tres partes de la narración fílmica. La parte central, rodada en el norte de Portugal, se erige en el centro nuclear de la obra y la misma adquiere su máximo esplendor en las secuencias filmadas en la finca rural lusa. El espectador siente que el filme tarda en arrancar. Además, el giro discursivo que implica el retorno de Fernando a Barcelona resulta algo forzado.
El juego de identidades que en el cine manejó con maestría Wilder, en películas de la altura de Irma la dulce (1963), nutre el armazón narrativo de la propuesta de Prat. Sin embargo, lo que en Wilder conecta con su enfoque humorístico, jovial, aquí viene a ahondar en un drama de tintes filosóficos, metafísicos, a ratos bergmaniano.
Una quinta portuguesa sorprende por su magnífica mezcla de sencillez y emoción, de templanza y profundidad. Las imágenes, la serenidad y la hondura de su estilo, nos recuerdan enormemente al teatro de Chéjov y a sus magnas piezas: La gaviota, Tío Vania y, sobre todo, El jardín de los cerezos.
Esta obra teatral, la última que escribió el dramaturgo ruso, posiblemente constituya la máxima referencia literaria del largometraje de Prat: el personaje de Amalia, interpretado con brillantez por María de Medeiros, posee un indudable aliento chejoviano, como chejoviana es la simbología de los almendros blancos: ¿no son los almendros, los cerezos, una metáfora sobre el paso del tiempo, con todo el caudal melancólico acerca de las épocas pretéritas?
Otro puntal muy destacado del filme lo encontramos en la sublime interpretación de Manolo Solo, que da vida a Fernando. Creo que puede ser el intérprete español más potente de nuestros días. Su actuación se halla al nivel de sus papeles en El buen patrón (2021), de Fernando León de Aranoa, o Cerrar los ojos (2023), de Víctor Erice. Precisamente, con el personaje de Miguel Garay, acaso el trasunto cinematográfico del propio Erice, el personaje de Fernando tiene algunos parecidos notorios como su crisis existencial y su búsqueda, llena de vaivenes y sorpresas, por encontrar un sentido a la existencia.
A pesar de que las escenas que comparten Medeiros y Solo son notabilísimas y hay un trabajo espléndido en torno a la oralidad, los relatos que cuentan vidas ficticias o los relatos que narran su vida auténtica, y en donde no es difícil encontrar ecos de Chéjov y también de Wilder, Ford o Renoir, Una quinta portuguesa destaca, a su vez, por sus excepcionales secundarios. En este sentido, hay que poner en valor a Rita Cavaço, que da vida a la cocinera de la quinta, un personaje lleno de luz, vitalista, de raigambre popular, que viene a establecerse como un contrapunto a todas las preocupaciones sentimentales y familiares de Amalia y Fernando.

Si la vuelta de Fernando a Barcelona, en el tramo postrero del filme, implica, como hemos señalado, una bajada en el pulso narrativo de la película, no es menos cierto que en esa parte final hay algunos guiños muy logrados a películas de la trascendencia de La ventana indiscreta (1954), de Hitchcock, y que sin el buen hacer Branca Katic en el papel de Olga, esta parte de cierre aún se resentiría más en contraste con el fulgor fílmico del tramo portugués, epicentro del largometraje.
En Portugal, la obra se rodó en la Quinta de Aldeia, situada en la villa de Ponte de Lima, cerca de la aldea de Lanheses, donde en 1985 Manuela Serra realizó O movimiento das coisas, creación magistral del cine luso y europeo, y otro de los filmes de cabecera para la arquitectura discursiva de Una quinta portuguesa: se nota su influjo en las diversas labores de Fernando en el jardín, en el acercamiento a los seres humildes como la cocinera o el dueño del bar, en la hermosura de los planos de los árboles, así como la inclusión de la lluvia y las neblinas en algunas secuencias de transición.
Antes del título definitivo, Prat barajó los títulos de La quinta o La quinta de los almendros blancos. Ver esta película en versión original subtitulada, con la belleza y la expresividad sonora del portugués, aumenta más si cabe la estima por una obra muy sólida.
«Passo e fico como o universo».
(Fernando Pessoa)
Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Filmax