Amor con amor se paga
Después de ser premiada y aplaudida por la crítica y el público, en festivales de todo el mundo, llega a nuestros cines la última película de Ann Hui (Tao Jie/Una vida sencilla), una historia basada en hechos reales que aprovecha la reciprocidad afectiva entre un joven amo y su leal criada para radiografiar, crítica e irónicamente, la industrialización de la vejez en la sociedad contemporánea.
Ah Tao ha trabajado, durante toda su vida, como sirvienta para la familia Leung. Ahora, sesenta años después sigue cuidando de Roger, el hijo mayor, un productor cinematográfico de mediana edad que aún vive en Hong Kong. Un día Tao sufre un derrame cerebral cuyas secuelas le hacen replantearse su futuro. Es entonces cuando decide jubilarse y marcharse a vivir a una residencia.
Sin ningún familiar que vele por ella, Roger se ocupará, a partir de ese momento de buscarle la mejor, tratando de devolverle parte del cariño y dedicación recibidos durante tantos años, atendiéndola y cuidándola como si se tratara de su propia madre.
La directora
Ann Hui es una veterana cineasta china nacida en 1947. En su infancia su familia se trasladó a Hong Kong, en cuya universidad se graduó en Lengua y Literatura Inglesa. Después, estudió cine en Londres durante dos años, y en 1975 regresó a Hong Kong donde trabajó como asistente del director King Hu, antes de dirigir series dramáticas y cortometrajes documentales para la televisión.
Autora de referencia de la conocida como Nueva Ola del cine hongkonés, hizo su debut cinematográfico en 1979 con la película The secret, un thriller basado en hechos reales, aclamado por la crítica y el público de la época. Desde entonces ha realizado más de veinticinco películas de géneros tan dispares como drama (social, familiar, amoroso…), terror, comedia, romance, aventuras, acción, artes marciales… muchas veces hibridados.
Sus temáticas más comprometidas con la realidad han tratado de incidir sobre problemas sociales, políticos, familiares…, relaciones entre personas de diferente clase o edad, choques generacionales, homosexualidad…, o la vejez, como en este caso.
Algunas de sus películas más representativas son: Boat People (1982), un drama sobre la situación de los campesinos vietnamitas en la postguerra que contrapone la mirada de la propaganda oficial a la realidad; Summer Snow (1995), sobre los problemas que acarrea convivir con un familiar afectado por alzheimer; Eighteen Springs (1997), una historia de amor marcada por los prejuicios sociales de clase; Night and Fog (2009), un drama social basado en una historia real de violencia conyugal y All about love (2010), una comedia romántica sobre el amor entre dos mujeres en dos etapas diferentes de su vida.
Directora de gran prestigio internacional, Casa Asia le otorgó en 2011 el Premio Honorífico a su trayectoria (Casa Asia Film Week), y en 2012 organizó en Madrid, en colaboración con el Museo Reina Sofía, una retrospectiva sobre su obra.
La película
“Me considero muy afortunada de haber hecho esta película con los elementos que más me gustan de la cinematografía: una historia real, el estilo documental, el humor, una entusiasta declaración de principios, una historia conmovedora y la mezcla de grandes estrellas con actores no profesionales”.
En este sucinto y completo párrafo resume la directora los ingredientes fundamentales que componen su película, un drama de la vida cotidiana con enfoque de comedia, basada en hechos reales, que cuenta una historia universal, extrapolable a cualquier parte del mundo, con la que cualquier espectador (oriental u occidental) es capaz de empatizar.
Realizada sin alardes narrativos ni estéticos, la película cuenta una historia sencilla, como la vida que retrata, en la que el contenido se impone sobre la forma, aunque la autora no renuncia a su personal forma de contarla. Por eso, a pesar de estar realizada con un estilo naturalista, los códigos narrativos y visuales de la ficción imponen el ritmo (interno) del relato y una cadencia (externa) dinámica, potenciada por un montaje cortante intencionadamente significativo.
Hui malea la temporalidad del relato, manteniendo la estructura lineal en flash-back, con elipsis narrativas secas y transiciones que agilizan el discurso y suprimen tiempos superfluos, innecesarios o incómodos, que impiden recrearse en los momentos dramáticos, sin renunciar a la sensibilidad y cierta contenida emoción.

Un dueto brillante (Tao/Ip-Roger/Lau)
La historia se centra en la entrañable relación que se establece entre los protagonistas principales, haciendo de ella el soporte fundamental de la película. Dos personajes solitarios, la modesta y servicial criada y el amable y educado amo, que conviven juntos y separados, desde siempre, cada uno fiel a su estatus social (que no afectivo), y que llegado el momento de la separación definitiva, hará que ese vínculo afectivo se desvele y estreche.
Encarnan a esta peculiar pareja dos célebres actores asiáticos -cuya actuación trasluce complicidad, naturalidad y sincera sinergia-, que conectan de forma inmediata con el espectador protagonizando un dueto interpretativo que brilla con luz propia.
La veterana y reputada actriz hongkonesa Deanie Ip, con más de cincuenta películas realizadas, ha conseguido, con su interpretación de Ah Tao, el reconocimiento internacional. Una actuación naturalista, llena de matices, gestos y miradas de contenida expresividad que le ha valido, entre otros premios, la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia 2011.
Abandonada al nacer, Ah Tao fue inmediatamente adoptada, pero sus padres murieron cuando, aún, era una niña, aunque lo suficientemente mayor como para ganarse la vida por sí misma. Sin familiares que se ocuparan de ella, entró a trabajar como criada para la familia Leung, con la cual ha permanecido las últimas seis décadas de su vida, sin apenas contacto con otras personas de su entorno.
Es una mujer conformista y generosa, no aspira ni pide nada, ofrece lo que tiene y agradece todo lo que recibe. Ha visto nacer a Roger y sus hermanos (Sharon y Jason) y ha cuidado de todos, padres e hijos, hasta que emigraron a América. Roger es el único miembro de la familia que permanece en Hong Kong, y Tao se quedó a vivir con él para seguir atendiéndole.
Toda la familia Leung la aprecia (la madre de Roger también acude a visitarla a la residencia y se muestra complacida de que su hijo haya asumido la responsabilidad de cuidarla), pero Roger siempre ha sido especial para ella (el consentido, según su hermana), por eso Tao valora tanto su afecto.
En una maleta pequeña guarda toda su vida, su pasado, sus recuerdos; entre ellos, una foto añeja de ella, cuando era joven, con Roger niño, testimonio evidente del cariño (a falta de hijos propios) casi maternal que le profesa. Para Tao recibir un trato tan cariñoso de su parte (la escena de los dos caminando de la mano, como si fueran madre e hijo, cuando salen del estreno de la película, es uno de los momentos más emotivos) es la compensación a su vida de plena dedicación.
Andy Lau es un prestigioso actor nacido en Hong Kong y una de las personalidades más famosas e influyentes del sudeste asiático (también cantante, productor y presentador de televisión), donde tiene una amplísima y premiada carrera profesional y una discreta vida personal. En Occidente es conocido por sus interpretaciones en Días salvajes (1990) de Won Kar-Wai, Juego sucio I y III/Infernal affairs I y III (2002 y 2003) de Andrew Lau y Alan Mak y La casa de las dagas voladoras (2004) de Zhang Yimou.
En la película interpreta a Roger, un productor de cine competente, entregado a su trabajo, al que las cosas le van bien profesional y económicamente. Es atractivo, soltero y vive solo en su piso con Tao y una gata. Como persona es educado, sencillo, amable y muy equilibrado. Como hombre, un desastre. Acostumbrado a que le cuiden, su ordenada vida doméstica se desmorona cuando Tao se jubila y tiene que ocuparse de la casa. Se da cuenta que no sabe hacer nada (ni cocinar, ni poner la lavadora, ni ocuparse de la gata…) porque ella siempre ha estado allí.
La película nos va descubriendo, a la vez que al protagonista, lo importante que ha sido Tao en su vida, tanto a nivel doméstico como afectivo. Por exigencias de su trabajo siempre ha tenido que viajar mucho y cuando volvía a casa siempre estaba ella con todo dispuesto y a su gusto (la casa limpia, la comida preparada, la ropa dispuesta…) para que él no percibiera casi su presencia.
Las cosas que se tienen no se valoran hasta que se pierden, y Roger descubre que esa mujer ahora frágil ha sido el soporte invisible de su vida, alguien que se ha mantenido siempre fiel a su lado (en la sombra) cuidándole como a un hijo, sin que él se haya percatado, de forma consciente, de su valor. Por eso, son los demás (sus amigos de la universidad recordándole lo guapa que era Tao de joven y lo bien que cocinaba, y su hermana confesándole que él fue siempre su preferido) los que en cierta forma le ayudan a desvelar la importancia de la eficiente Tao en su vida.
Lo que al principio cree hacer como un deber, como agradecimiento por los servicios prestados, descubre que también lo hace por afecto. Después de tantos años, Tao es mucho más que una criada, por eso, ante los demás, se presenta y la presenta como un familiar.
Él dignifica el tiempo que Tao permanece en la residencia, haciéndola sentirse querida y necesaria: la visita con frecuencia, conversan, bromean, salen a pasear, a comer, la invita al estreno de su película… e, incluso, la incorpora a la cena de Navidad familiar como si fuera un miembro más. Una generosidad que toda la familia comparte.

Dos espacios emocionales
La acción transcurre en dos escenarios fundamentales que por contraposición representan dos espacios emocionales, muy distintos, en la vida de Tao. El piso de Roger ha sido su hogar, hasta que enferma; un lugar digno, privado, íntimo (tiene su propio cuarto donde guarda la maleta de sus recuerdos) y personal, donde se ha sentido útil (cuidando de Roger y de su gata) y respetada; un espacio que la ha potenciado como ser humano libre e independiente, a pesar de su posición servil.
La residencia, por el contrario, es un lugar tan aséptico como deprimente, desde que se entra por la puerta. En este espacio, Tao es la clienta, la servida, una nueva posición que no le otorga dignidad, privacidad o respeto. Su habitación es un cubículo prefabricado de paredes móviles (adaptables al precio que se paga), que no llegan al techo y donde cualquiera entra siempre que quiere.
Sólo la calidad humana de algunas personas dignifican este espacio mercantilizado donde se comercia con la vejez (cobran por cualquier servicio extra y la calidad que se oferta no siempre está a la altura de su precio), exhibiéndola y utilizándola, hipócritamente y sin escrúpulos, cuando lo requieren las circunstancias (hacen regalos a los residentes, durante el Festival de Otoño, para salir en televisión, y luego se los quitan cuando se van las cámaras).
La residencia es un recinto masificado donde viven aparcadas personas mayores enfermas, solas, abandonadas, dependientes… o, simplemente, jubiladas que son tratadas como pura mercancía (alimentados en serie), sin demasiado respeto ni sensibilidad, como si fueran tontos, niños o locos, y aunque muchos de ellos se comportan así (se pegan entre ellos, se cambian la dentadura…) un trato tan impersonal chirría.
Tao, que vive con dignidad su vejez y su enfermedad, tratando de ser autónoma mientras puede, entra a formar parte de este pequeño microcosmos y asiste atónita a este espectáculo cotidiano donde se representa la función del final de la vida, en la que cada personaje se interpreta a si mismo (el engreído, el caradura, el viejo putero, la cotilla…) como puede y hasta que puede.

Transfondo social
Anexo al tema central de la película subyace una mirada crítico-irónica al entorno social de los protagonistas. La más relevante, expuesta más arriba, es la visibilización que se hace de la mercantilización de la vejez, a través del negocio de las residencias (“Pronto habrá más que supermercados”, se dice en un momento determinado de la película), donde envejecer con dignidad es casi imposible. La autora hace una exposición incisiva sobre su coste (adaptado a cada bolsillo o subvencionado por el Estado para quien no tiene familia), su trato y las condiciones de vida que ofrecen a sus residentes.
Hui aborda, también, la escrupulosa posición de la juventud ante el mundo laboral (la entrevista de Tao a las candidatas a cubrir su puesto es muy significativa al respecto), los valores familiares, la emigración a América… y cierta mirada desmitificadora sobre el mundo del cine, que es tratado como una profesión más.
A través del personaje de Roger y su entorno profesional la autora deconstruye la actividad cinematográfica: los viajes constantes (causa, quizás, de la soledad en que vive el protagonista), las negociaciones para financiar una producción y las argucias que se utilizan para conseguirlo, la fiesta del estreno de la película (mezcla de hipocresía y glamour, que se disuelve cuando Roger le dice a Tao que la película en realidad es muy mala), etc.
Ser actor tampoco es tan rutilante -cuando conocemos al dueño de la residencia, un tipo mediocre, sin ningún atractivo, reconvertido en empresario de éxito, gracias al negocio de la tercera edad-, y ser productor aún menos. Roger es un tipo normal y corriente que vive su profesión con naturalidad, sin arrogancia. Su sencillez se manifiesta en su comportamiento y en su forma de vestir, lo cual provoca varias situaciones cómicas, como cuando es confundido con el técnico del aire acondicionado o con un taxista, precisamente por su convencional atuendo.
Si no fuera por el sentido del humor y la ironía con la que se tratan temas tan sensibles socialmente, la película sería un auténtico drama. Su enfoque de comedia hace que algunas situaciones que expuestas objetivamente, resultarían dramáticas, esperpénticas o escandalosas, puedan arrancar la sonrisa del espectador, sin por ello, dejar de incidir sobre su conciencia.
Una película impresionista, globalizadoramente empática, sencilla y sincera; repleta de valores humanos (generosidad, lealtad, amor, honestidad…), y algún que otro contravalor (también humano), que deja un buen sabor de boca; aunque habrá que esperar algún tiempo para saber si el recuerdo mantiene su gusto evocador.
Escribe Purilia
