Urchin (3)

Published on:

Mi vida como un perro

Este primer largometraje contiene varios puntos que nos llevan a observar con interés la posible futura carrera como director de Harry Dickinson (actor conocido por proyectos como Triángulo de la tristeza o Babygirl), y a no considerarla como flor de un día. Incluso bajo la apariencia de un debut, Urchin conserva algunas peculiaridades propias de un principiante.

Se nos presenta un Londres que orbita entre las localizaciones de postal o los clichés que el cine siempre ha utilizado; lo que vemos, sin embargo, es otra cara de la ciudad, una que se despliega en círculos, como si el espacio no quisiera al personaje Mike (Frank Dillane) dentro de sus entrañas (en ese aspecto no es casualidad que el título se pueda traducir como erizo de mar).

El filme demuestra un nivel decente de estilo y sustancia. Es una película que resalta la pobreza y cómo esta tiene una influencia negativa en la psique.

La desafortunada realidad de que nadie se preocupa por los demás y, en cambio, cada uno se preocupa por sí mismo. La dura realidad de que vivimos en una de las peores épocas de la Tierra, si no la peor.

Además, la película transmite con extrema extensión un contexto simbólico, y ahí es donde entra en juego el enfoque estilístico. Es un poco difícil descifrar las metáforas que se presentan, pero como ya se tiene una buena pieza de sustancia de antemano, no molesta en absoluto.

Lo cierto es que nuestro protagonista es emocionalmente difícil, un perdedor en el sentido narrativo de su propia construcción. Cuando el espectador lo conoce, lo ve como un hombre sin hogar, adicto a las drogas y al alcohol, que comete un robo violento que lo lleva a la cárcel y luego a un programa de rehabilitación.

En estos primeros momentos, Dickinson explora algunas similitudes con ciertas películas de la Hermandad Safdie, que recuerdan a la infravalorada y muy reivindicable Heaven Knows What (2014): el apogeo de esta idea de extraer un realismo sucio y crudo, convergente con una cámara de mano temblorosa que refleja provocativamente este mismo simulacro.

Es una realidad escenificada lejos del virtuosismo académico o industrial, una creíble sensación de caos espacial que transmite la imprevisibilidad de la vida, o lo que sea.

Solo hay una sensación de transición, y en ella volvemos a nuestro antihéroe social, a su rehabilitación, a las falsas mejoras en su desgracia. La película establece otra perspectiva: se pierde el caos estetizado o, al menos, el intento de invocarlo, y llegamos a un caos diferente, el inscrito en el personaje de Dillane.

Allí, anhelamos su recuperación, pero Harry Dickinson emerge perverso y cruel en lo que vemos. Este mendigo de bolsillo se ve obligado a vivir como un peón de su propia miseria, y el espectador se convierte en testigo de su inminente caída.

Un realismo sucio y crudo, con una cámara de mano temblorosa que refleja provocativamente este mismo simulacro

Su arco narrativo es una montaña, quizás de vendavales, cuya cima del éxito nunca se alcanza. Hay espejismos, o algo similar, pero Urchin destila muy mala uva: la existencia de un hombre consciente de su propia muerte, y en los interludios, el vacío de su viaje vital. Sin embargo, no hay que tomar esto como un spoiler ni como un adorno de la finitud; llegamos a la decadencia y desde allí avanzamos hacia otros territorios que aquí no vamos a comentar.

Una vez más, Dickinson intenta engrandecerse, inflándose como tal, ofreciendo un epílogo esotérico que puede llegar a recordar a los túneles alucinógenos y temporales de 2001: una odisea del espacio. No nos corresponde descifrarlo; sobre todo porque el final, en posición fetal, indica este nacimiento hasta el fin, este viaje de sufrimiento que culmina en un salto de fe kierkegaardiano, o en la ilusión de este. El fracaso de lo insatisfecho, la existencia inexistente, sin huella, sin alivio: vida sin vida, destrucción del propósito.

Esta es, por supuesto, una mera interpretación; uno no puede imaginar que Dickinson tenga tal intención en una ópera prima, más allá de la firme adhesión a un camino autodestructivo. Quizás aprendió a provocar de un referente como Östlund, pero dejó que el actor escapara más allá de la representación, y en eso nos satisface reconocer lo que la realidad le niega.

Escribe Francisco Nieto | Fotos Karma Films