Mucho valor y mucho sentimiento

Empecemos con un gran nombre, el de Ingmar Bergman, quien —por todos es sabido— nos ha brindado algunos de los estudios psicológicos más celebrados de la historia del cine.
Si bien ha sido reverberado por otros realizadores como Bille August o Woody Allen, por citar sólo un par de nombres, es ahora Joachim Trier quien recoge su testigo y su destreza para emular al maestro sueco en una suerte de intensísimo ejercicio de cine y arte.
Para ello, Trier se une otra vez a Renate Reinsve para volver a enamorarnos. Esta vez con Valor sentimental, una obra que es composición y a la vez observación de un núcleo familiar deshecho.
La cinta se inicia con un montaje de planos prodigiosos en los que, a través de una narradora omnisciente, nos da a conocer la peripecia cronológica de una familia, la de los Borg, mediante el relato de la pequeña Nora. La casa que los acoge es quien verdaderamente contempla a los personajes; los quiere y los juzga en silencio, y ve toda una serie de acontecimientos concatenados que dejarán una huella imborrable en su sino, aunque también en los actores de la función. Porque la casa funciona a modo de teatro de marionetas, el teatro de la vida, además de funcionar como catalizadora del porvenir de sus personajes.
En la siguiente secuencia somos partícipes de otro gran teatro. Nora, ya sobrepasando la treintena, afronta una noche de estreno con una explosión de inseguridades en un grácil ataque de pánico escénico. Se ha convertido en una reconocida actriz que carga sobre sus espaldas una serie de conflictos no resueltos que la hacen incapaz de ser feliz. Será en el teatro de la propia casa familiar, la del inicio, donde entren en escena los dos vértices del triángulo familiar que completan a Nora.
Su padre cineasta, Gustav, vuelve a entrar en la casa para asistir al funeral de su exmujer, pero, sobre todo, para empezar a perfilar la que muy posiblemente sea su última obra cinematográfica: quiere que Nora tenga el papel protagonista en la película que habla de sus propias vidas y revela el verdadero trauma de Gustav.
La geometría se completa con Agnes, la hermana más joven, quien ha conseguido formar un hogar y una familia y ve en el regreso de su padre una oportunidad de recuperarle. Este equilátero transformará sus lados cuando entre en escena Rachel Kemp, una joven actriz estadounidense, admiradora del trabajo de Gustav, sobre la que recaerá el papel de la madre del realizador. Sin duda, una oda a algunas de las cintas más bergmanianas.
Sonata en familia
Valor sentimental es un absorbente drama familiar que despliega, aparentemente desde la quietud, toda una cascada de lecturas diversas que pueden afectar a los espectadores de maneras diferentes.
Tópicos como la depresión, el peso del pasado familiar, las esperanzas y deseos ocultos, el abandono de la figura paterna, la libertad del individuo, las diversas y posibles formas de amor o el arte como terapia redentora son sólo algunos de los temas que se suceden en pantalla a modo de eclosión emocional. Pero el estallido siempre es a modo sensible y telúrico, plasmado con la inteligencia de un gran autor.
Porque Trier nos muestra unos personajes al límite, pero lo hace con una sensibilidad subterránea pocas veces vista en el cine reciente. Cada secuencia ha sido perfectamente planificada para atraparnos en la dilucidación de un poderoso fresco de silencios que deben aspirar a la apertura emocional.

Los personajes optan por desechar el estruendo y elegir la introspección para aceptar su propio abismo. También para desarrollar sus particulares binomios de persona-personaje. Para Reinsve y Stellan Skarsgård, la desesperación emana de sus palabras, gestos y ademanes, cristalizando en una angustia existencial que queda perfectamente estructurada y encajada en el puzle familiar de los Borg.
También su carácter metalingüístico nos obliga a introducirnos en este juego de espejos y dolores, entre el proceso de creación y lo creado. No en vano, tenemos momentos en los que el realizador nos dibuja varias líneas de escape del drama principal (el relato de la propia casa, el filme en el que Agnes fue protagonista, su secuencia final) que terminan por ser parte esencial del entramado de los personajes, o lo que viene a ser lo mismo, de la concatenación entre vida y arte.
Es en este punto donde su guion brinda alguna idea que queda a mitad de desarrollo y queda como mero apunte a pie de página. Aunque esta es una película a la que le podemos decir que nada de lo que muestra en pantalla resulta superfluo.
La historia no pretende ser innovadora ni iconoclasta, pero Valor sentimental es una obra matizada y precisa, preciosista y conmovedora, con una atención milimétrica por el detalle, que consigue quebrarte paulatinamente por dentro conforme avanza su metraje.
Es en todo ese magma de turbulencias subterráneas —mediante el uso de primeros planos sostenidos, con uno de los guiones más inteligentes del año y con un elenco soberbio— donde reside su triunfo.
Escribe Ferran Ramírez | Fotos Elástica films
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