Parodiabilidad fascinante
Contracuerpo. Alumbramiento. The End. Éstos son los títulos que componen la trilogía de cortometrajes A Contraluz del madrileño Chapero-Jackson. Un epílogo de lo que parecerá conformar una verdadera montaña rusa en el mundo del largometraje. Ya fue vertiginoso el recorrido de los cortos mencionados, y Verbo, la película con la que ha decidido dar comienzo a dicha carrera también supone una, digamos, desbocada atracción.
Una atracción en la que, como pasa siempre con estos cacharros, algunos saldrán vomitando y otros exclamarán su deseo de repetir la experiencia. Verbo, por otra parte, parece una extensión de su primer cortometraje, Contracuerpo. Ambos tratan mediante personajes femeninos el mundo de los desequilibrios y las inestabilidades personales.
Dicho vínculo parece aún más fuerte cuando Macarena Gómez, protagonista del corto, forma parte del elenco de secundarios. Y me atrevería a decir, que su personaje en Verbo, Prosak, podría ser perfectamente la prolongación de su personaje en Contracuerpo. Son los pequeños detalles como estos los que crean la imagen de marca de un director y Chapero-Jackson poco a poco está haciendo más sólida dicha marca.
¿Fascinantemente parodiable o parodiablemente fascinante? Es una duda que asalta en todo momento. Y aunque parece que la película ha arrancado de la mano de la primera opción, posiblemente la alternativa acabe imponiéndose.
Verbo se caracteriza por ser difícil de categorizar dentro de los esquemas de un género determinado (aventuras, ciencia ficción, drama, comedia… ¿musical?,) por la controversia que genera tanto en las reacciones del público como de la crítica, por la aspiración a romper límites.
Sí, el proceso de convertir una historia sobre las inseguridades de la adolescencia en una fábula urbana con una oscura fantasía es arriesgado. Y un elemento muy importante, por su paso desapercibido en la taquilla. Aunque parezca una locura, estos son todos los ingredientes necesarios para que Verbo pueda acabar perteneciendo a ese poco definido grupo de filmes llamado “películas de culto”.
Para la aclaración de este último punto, un ejemplo: Donnie Darko. Película que pasó sin pena ni gloria por las salas de proyección pero que ha terminado como una insignia de culto del cine juvenil alternativo. ¿La fórmula secreta? Hacer sentir diferente, insuflar con una dosis de autoestima a ese joven que posiblemente sea el que se encargue de promover el bizarrismo que lleva consigo este tipo de cinematografía. Los paralelismos entre ambas películas parecen, al menos en el contenido, evidentes (personajes que retratan el mundo interior de los protagonistas y los ponen a prueba). Alguna que otra similitud en cuanto a la forma termina de confirmar el parecido (la escena en la que Sara, nuestro personaje principal, divisa algo extraño más allá del espejo de su cuarto de baño).

Ingenua y valiente, como la propia adolescencia
¿Merece la pena que Chapero-Jackson monte semejante festín de fuegos artificiales para hablar del suicidio en la adolescencia? La respuesta es afirmativa. Se ha podido comprobar a través de los cortos de este director cómo es capaz de manejar distintos tonos en sus producciones, algunos de ellos realmente crudos y muy alejados del que se puede apreciar en Verbo.
Por eso sorprende cómo la película cambia tan radicalmente cuando cruzamos junto a Sara, de quince años, al otro lado del espejo y nos extendemos en “ese definitivo instante en el laberinto interior de Sara”, como dice Medussa (Verónica Echegui).
Así, la película es iniciada por una primera parte más anclada en el género del realismo social (curiosamente la mayor parte de películas con este tono tratan el tema de los jóvenes pero no son películas dirigidas a ellos). Aquí se presenta a nuestra quijotesca y tecno-rap protagonista y el mundo que la rodea, el cuál la retrata como un ser plano, superficial, que no ve en ella ninguna virtud, y que la quiere alejar de la fantasía que hay dentro de ella (figuras representadas por el cargante profesor y los hastiados padres). Todo ello provoca una apatía en ella que la conlleva al suicidio.
Es la segunda y la tan criticada segunda parte, en la que el clan liderado por “El Duque” pone a prueba a Sara en una engorrosa aventura, lo que hace que esta película sobre jóvenes haga que sea también una película para ellos. No porque sientan que tienen las mismas aficiones que la protagonista, sino porque tienen más presente que esta cultura, estos gustos están asentados en un cierto núcleo de la juventud, ello es ineludible y podrán reconocer esa figura si no en ellos, en alguien de su entorno.

Es muchísimo más fácil reírse de los extravagantes looks de los conocidos rostros, de cómo Miguel Ángel Silvestre intenta convertir sus intervenciones en rap dando vida a Liriko, o de cómo asalta el temor a que esas cuatro siluetas que aparecen en el inicial fondo negro del mundo interior de Sara se pongan de repente a bailar al estilo de los anuncios de Nike.
Sin embargo, ese artificio es necesario para que aquéllos a los que van dirigido el mensaje vayan a ver la película. No importa si resulta sonrojante el uso de la cultura del graffiti, del rap, o de los videojuegos para el público general si verdaderamente ello consigue arrastrar al target al que va dirigido el mensaje del filme, un mensaje que pese a todo, resulta brutalmente honesto.
La intuición de Chapero-Jackson a la hora de enlazar visualmente las escenas o crear mundos es admirable, aunque a veces se le vaya la mano con el “sazonador Spy Kids 3D”. El caso es que detalles como la mancha roja como nexo de secuencias o el colorido empacho final demuestran esa creatividad y cierta empatía con el ya mencionado target.
Verbo además inicia a Alba García en el mundo de la interpretación, la cual fue elegida para el papel en su propio instituto. Tiene una imagen cautivadora, una voz atractiva y no lo hace mal interpretando. Y aunque se desgañite con su “Yo soy verbo”, no es difícil intuir que aún le quedan muchos papeles a los que dar vida en pantalla.
El dudoso pero a la vez absorbente uso de la animación, el gran poder visual, Najwa Nimri alzando más de lo común su voz, el videoclip de Nach a lo Guitar Hero durante el desarrollo de la película, el juego con la sopa de letras, la imagen de unos neumáticos desparramados en un paisaje desértico, personajes como Tótem, Medussa, Prosak y Líriko (dignos de figuritas de merchandising), el quijotesco y orgásmico discurso final. Nada mejor que la inestabilidad y el caos para retratar el redundantemente inestable y caótico mundo juvenil.
¿Y el mayor éxito de todos? Que este cóctel de elementos que individualmente serían completamente horteras acaben en un conjunto extravagantemente elegante.
Escribe Juan Bernardo Rodríguez (Mr Jotabe)

| Título | Verbo |
| Título original | Verbo |
| Director | Eduardo Chapero-Jackson |
| País y año | España, 2011 |
| Duración | 87 minutos |
| Guión | Eduardo Chapero-Jackson |
| Fotografía | Juan Carlos Gómez |
| Música | Pascal Gaigne, con la colaboración de Nach |
| Distribución | Aurum |
| Intérpretes | Alba García, Miguel Ángel Silvestre, Verónica Echegui, Víctor Clavijo, Macarena Gómez, Adam Jezierski, Manolo Solo, Nasher Saleh, Fernando Soto, Najwa Nimri |
| Fecha estreno | 04/11/2011 |
| Página web | http://www.verbolapelicula.com/ |