Violette (3)

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La vida y el arte de una mujer no convencional

violette-1En un escenario de enorme riqueza literaria del Paris de la mitad del 1900, Violette es una película que homenajea a la libertad cultural que se respiraba en aquellos años, procurándose de proponer la biografía de una escritora provocadora y por ciertos aspectos incómoda que influenció el aire y las ideas revolucionarias respecto a la condición de la mujer de aquellos tiempos.

Martin Provost, director de Seraphine, otra película biográfica sobre la homónima pintora, se dedica a este trabajo cinematográfico metiendo en escena el sabor agrio y asfixiante de Violette Leduc, escritora y novelista, autora de La batarde e hija ilegítima de una mujer burguesa y deprimida.

El filme transporta al espectador directamente al ambiente malsano en el que Violette se mueve oprimida y sola, sin salidas. Acostumbrada a sobrevivir durante la guerra vendiendo comida de contrabando, sigue en el escualor de este “trabajo” sin creer en otras posibilidades hasta que se deja convencer por personalidades como Maurice Sachs o Simone de Beauvoir a que tiene un gran talento para la escritura.

Es este el momento en el que el personaje de Violette empieza a “desnudarse” en una serie de pequeños actos que se revelan poco a poco y nos permiten conocerla y reconocerla en sus virtudes y debilidades. Provost pinta la vida de una mujer y una artista en el perfecto equilibrio que las une y las separa a la vez. Si por un lado Violette es una mujer desilusionada, traumatizada por la familia y los acontecimientos que ha sufrido, conduciendo una vida “fracasada”; por el otro este aspecto representa el input que le permite crear a través de las palabras su refugio personal, su mundo de desahogo y de esperanza.

La historia de Violette se desarrolla como delante de un espejo, sin nada que esconder, sino marcando los momentos sobresalientes de una creación literaria. Lo único es que el espejo es opaco y manchado así que toda la trayectoria que la protagonista sigue para llegar a tener éxito y realizar sus proyectos la enfrentan con su pasado y con su presente.

Violette es un personaje  muy bien estructurado, no tiene carencias, sino es completo hasta su mínimo detalle. En su complejidad, es el centro por excelencia de la película. Provost narra el film de manera que todos los demás personajes que instauran una relación con ella sean en cierta forma la parte que le falta para completarse.

Maurice Sachs es, en ese sentido, el amor de Violette, el hombre que querría, y posiblemente que también querría ser.

Simone de Beauvoir, su mentora, personalidad de gran relieve en la Francia de los años 60, representa el estímulo y el deseo, el respeto y la pasión.

Berthe, la madre de Violette, antídoto y oxímoron, odi et amo, relación carnal y de rechazo.

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No es extraño, por tanto, que el director haya querido utilizar algunos de estos nombres para dividir en capítulos el filme, dándole una estructura literaria, como si fuera una novela narrada por la propia protagonista y definir los momentos más salientes de su existencia y de su producción literaria.

No sólo la estructura estilística, también el contenido ha de estar bien definido en la película: de hecho Provost se encarga de afrontar la tortuosa vida de Violette como marcada por la filosofía existencialista, debido al ambiente que frecuentaba en esa época. Así, asistimos a una impactante utilización de la imagen, a través de la cual nos damos cuenta de que Violette busca un significado a su existencia, jugando con sus pensamientos, sus recuerdos, sus problemas y sus deseos.

A partir del pequeño y escuálido cuarto donde vive, donde el ojo del espectador no puede evitar fijarse en una maceta de flores cada vez diferente pero siempre marchitas y que hacen referencia a su nombre de flor, se define el espacio donde Violette busca un sentido a su dolor, hasta llegar a perderse en los campos de la Provenza y dejarse bañar por la lluvia de verano para que su mente y su corazón liberen a la auténtica Violette, a sí misma y sus remordimientos.

Una película intensa e impactante que da la posibilidad de entrar en contacto con una cultura literaria que es espejo histórico de una época que se insinúa también en nuestros tiempos, que regala la frescura y, al mismo tiempo, la amargura de tener que cambiar de vez en cuando, no sólo para progresar sino también por pasión.

Y eso sí que merece la pena.

Escribe Serena Russo

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