Discípulo aventajado
Con sólo dos películas, el australiano Greg McLean se convirtió en una leyenda del cine de terror: Wolf Creek (Wolf Creek, 2005) y El territorio de la bestia (Rogue, 2007).
Tras un silencio de seis años, McLean revisa su primer film con más medios, más humor, más gore, más mala uva y un sano afán de homenajear al cine que le gusta mientras va desmontando una a una todas las expectativas del espectador, que nunca acierta a adelantarse a los giros de la trama.
Un divertimento no apto para almas cándidas y estómagos ligeros que, eso sí, le ha permitido retomar su carrera y rodar en 2014 su primera aventura en Hollywood: 6 Miranda Drive.
Dos cults movies
En Wolf Creek, McLean se tomaba su tiempo para presentar a un grupo de jóvenes que recorría el desierto australiano para llegar al cráter que da título al film.
Luego introducía la duda, el misterio, y finalmente la certeza: un psicópata campaba a sus anchas por un desierto tan enorme y agresivo como la América profunda de La matanza de Texas (The Texas chainsaw massacre, 1974) de Tobe Hooper.
Precisamente Hooper ha sido la fuente de inspiración de McLean en cuanto a estructura de sus primeras películas: una larga presentación, casi morosa; la amenaza que primero acecha y luego se convierte en algo demasiado pegajoso; y ese brutal desenlace que deja al espectador desvalido en su butaca, con sus certezas trituradas y con la duda rondándole la cabeza.
Un cine cuyo planteamiento responde al terror de los años 70 y en donde no se renuncia a la sangre e incluso el gore. Un cine que hoy no se exhibe en los cines, por resultar políticamente incorrecto, sólo en festivales y videoclubs, aunque en la mayoría de los casos con muchísimo menos talento.
Si La matanza de Texas era el modelo de Wolf Creek, la segunda película de Hooper iba a serlo de El territorio de la bestia: hablamos de Trampa mortal (Death trap, 1976).
Con su segundo film, Hooper y McLean siguen manteniendo carreras paralelas.
Ambos coinciden en un paisaje pantanoso como escenario y un hambriento cocodrilo como invitado de honor de la función, al cual se enfrentaba una final girl a la que daba vida la australiana Radha Mitchel (breve musa del terror con títulos como Pitch Black o Silent Hill).
Estructuralmente, ambas películas partían de enormes paisajes despejados para ir concentrando cada vez más la acción y cerrando las posibles escapatorias de los protagonistas. La parte final, literalmente en la guarida de la bestia, ofrecía a los protagonistas pocas alternativas… además de servir de plato principal en el menú del enorme cocodrilo.
En este punto, Hooper apostó por la secuela (La matanza de Texas 2, cuál si no) y también por el cine de Hollywood de la mano de Spielberg (Poltergeist, el mayor éxito comercial de su filmografía). Y después casi, casi desapareció.
McLean continúa repitiendo los mismos pasos Hooper y apuesta por la secuela y el cine mainstream: Wolf Creek 2 y, ya en Hollywood, 6 Mirada Drive. Confiemos en que logre mantener el tipo y no le suceda lo que a Hooper, sólo ocasionalmente recuperado en algún título para televisión.

Vuelve el cazador
El plano final de Wolf Creek planteaba el carácter mítico del psicópata protagonista, el cazador Mick Taylor: el personaje se alejaba de la cámara adentrándose en el desierto, con el que acababa fundiéndose hasta desaparecer. ¿Realidad o leyenda? Una atractiva forma de despedir las primeras aventuras de un personaje basado en hechos reales, pero convertido ya en un mito, algo así como el hombre del saco del desierto australiano.
Wolf Creek 2 comienza con un rótulo que habla de miles de personas desaparecidas en Australia cada año: “Al 90% las encuentran en menos de un mes. Algunos no aparecen nunca”.
Un enlace perfecto con la primera película, continuidad que se mantendrá también en la forma de narrar de McLean: doce minutos utiliza el director para mostrar —con una narrativa impecable y una elegancia desconocida en el cine de terror actual— cómo una pareja de policías se burla de nuestro cazador y acaban multándole en una solitaria carretera en mitad del desierto sólo por matar el aburrimiento… escena que concluye con nuestro cazador acabando con ambos policías sólo por matar… sólo por matar cerdos, porque él viene de lejos precisamente a cazar cerdos.
El toque gore de este prólogo ya avisa que este no va a ser un film cómodo ni gratificante para el espectador. Fin del prólogo.
Al ritmo de Born to be wild (la canción emblemática del film Hell’s Angels, a finales de los 60) comienza una nueva trama, que no se diferencia mucho del primer Wolf Creek: tras una noche de fiesta, una pareja de turistas alemanes hace autostop para adentrarse en el desierto, camino del cráter Wolf Creek, el territorio de la bestia.
Logran llegar al cráter, aunque durante su viaje —además de almas caritativas— tropiezan con dos vehículos que les ignoran y no aceptan llevarlos… entre ellos Mick Taylor, nuestro cazador.
Turistas alemanes jóvenes, desvalidos en un paisaje perdido en mitad del desierto, una presa fácil para un cazador experto en trocear cerdos y cualquier otro cuerpo que se ponga a tiro… incluidos los humanos.
Nuevamente nos movemos en el territorio de La matanza de Texas: la heroína solitaria huye en plena noche del experto cazador que la persigue a lomos de una camioneta todoterreno. Huida imposible.
Y el desfile de citas y homenajes comienza a sucederse en pantalla.
Persecuciones en coche a lo Mad Max, un punto de humor negro inspirado en las aventuras de Freddy Krueger y una ferocidad ya anunciada en el prólogo: olvídense de los clichés, nuestro cazador va a ir liquidándolos uno a uno.
Si aparece un chico guapo con un jeep dispuesto a salvar a la heroína de turno, ahí está Mick para demostrar su pericia con el rifle. Si parece que algún personaje secundario va a poder escapar, tranquilos, las apariencias engañan.

The horror show
El paisaje horizontal, desierto, sólo cruzado por alguna carretera, con la imposibilidad de esconderse subrayada por el uso de la pantalla ancha… y ese grito desesperado de alguien atemorizado porque no le paran los coches.
Aunque, creedme, es mejor que no le paren, no sea que te recoja el cazador, tras haber cambiado oportunamente su furgoneta todoterreno por un camión y durante unos minutos la película se deslice a la sombra de El diablo sobre ruedas (Duel, 1972), la primera película de Spielberg.
No sólo la imagen aporta ideas conocidas. También la banda sonora.
Como ejemplo, el uso irónico de la canción El león ruge en la selva esta noche queda como fondo de la alucinante escena en que los coches lanzados en plena persecución van atropellando canguros que intentan cruzar la carretera. Uno de esos momentos inolvidables del cine de McLean.
Pero el show no estaría completo sin unas gotitas de Hitchcock, en este caso de la mano de Psicosis: ¿recordáis cómo una de las grandes novedades de aquel clásico era que la heroína acababa en una ducha mucho, mucho antes del final? En fin, ya me entendéis.
Y hablando de Psicosis. Tras un intercambio de protagonista la nueva víctima —o quizá un héroe en potencia— va a caer a una casa perdida en la noche, con multitud de animales disecados, símbolos religiosos y una pareja de ancianos con cierto aire familiar… quizá esos ancianos no sean tan tiernos como parecen.
Aunque tampoco es lo que estáis pensando.
McLean juega con ideas y momentos de multitud de títulos que los aficionados al género ya hemos visto, casi siempre para ofrecer al espectador un punto al que agarrarse… pera desmontar sus expectativas con un giro casi siempre sangriento.
Nos deja ir por delante, que imaginemos lo que viene a continuación… y casi siempre nos equivocamos.

En el camino, estos jóvenes extranjeros en busca de adrenalina y un poco de emoción —que son tratados como cerdos, descuartizados y desmembrados— son invitados de honor en un concurso con sierra mecánica incluida, en una secuencia que habría hecho las delicias del primer Sam Raimi, el de su saga Posesión infernal, o del James Wan del primer Saw…
Y así podríamos seguir enumerando ideas e imágenes que, más allá de su carácter de cita o de homenaje, forman un todo coherente en sí mismo.
Un festival del horror que sólo decae en la última parte del film, quizá la más rutinaria, con apuntes de La casa de los horrores (uno de los títulos menos reconocidos del propio Tobe Hooper), aunque esa sensación tampoco impide que McLean vuelva a dejarnos KO con un final demoledor, que se ríe por enésima vez de nuestras expectativas.
Y ese plano final que cita, cómo no, al primer Wolf Creek: nuestro protagonista vuelve a fundirse con el desierto, cerrando el círculo de ese rótulo inicial que hablaba de las víctimas nunca encontradas en Australia y otorgando a nuestro cazador el simbólico título de “hombre del saco” oficial del desierto australiano.
Un personaje reaccionario, en contra del progreso, que odia a los extranjeros, atado a su tierra y sus tradiciones. Un individuo no tan difícil de encontrar en cualquier nación. Australia incluida. Aunque, como ya sucediera en clásicos como Harry, el sucio de Don Siegel, mostrar a un individuo detestable no significa que el film lo sea.
Si acaso genera dudas. Inquieta al espectador. Y se ríe de él.
Lo triste es que un cineasta como este australiano apenas haya logrado llegar a los cines españoles con sus tres títulos, limitándose a ser carne de festivales especializados y acabando distribuido en pocas salas y muchos videoclubs.
Un film a contracorriente en el cine de terror actual, sólo apto para estómagos bien amueblados, que consagra a Greg McLean como un clásico del panorama del terror del siglo XXI.
Escribe Mr. Kaplan
